Por Javier Cortines
Ni la marquesa, ni “el hijo del terrorista”, ni el Parlamento, convertido en una gallera donde combaten (sin sesera) frenéticos gallos de pelea y gallinas de lidia, permiten al pueblo -que pide urgente atención y solidaridad transversal- prepararse para la crisis  que se avecina y que dejará en el paro y en la hambruna a millones de compatriotas que necesitan unirse para matar “al monstruo global” que construyeron, cual aterrador Frankenstein, “los robots” que mueven la maquinaria de la economía mundial.

Da la sensación de que la gente corriente está predestinada a pagar el pato (los recortes vendrán con las oscuras golondrinas). De que los trabajadores están a la deriva, dejados de la mano de dios, y condenados a repetir “in perpetuum” el castigo de Sísifo y a reengancharse al adagio esclavista y consumista del “burro, el palo, la noria y la zanahoria”.

Este Gobierno de izquierdas, tan opaco como progresista, encaja a la perfección con la mediocridad de la derecha, cuyas hordas están dirigidas en la sombra por José María Aznar (siempre pegado a la Botella, ahora en Marbella), y por VOX, que rebrotó y se multiplicó, cual gigantesco hongo tóxico, cuando los rojos sacaron al caudillo (al padre de todos y todas), del Valle de los Caídos. El espectro del dictador -que no se adapta a Comala-1- sigue planeando sobre las urbes y lanza semillitas desde el dron de ultratumba “que pilota su alma coronavira”.

En el hemiciclo parece que hay ganas de llevar la guerra que se vive en las bancadas a la calle para que la gente “imponga su voluntad a la fuerza” y para que gane “el más bruto”, el que sepa seducir (los medios es lo que menos importa) a los “poderes fácticos”.  Ya dijo Unamuno que mil cañones valen más que mil razones. Eso siempre ha sido y fue “el argumento de peso que inclina hacia un lado u otro la balanza de la Historia”.

¿Los penosos enfrentamientos que vemos estos días (que estamos de luto) tienen algo que ver con los que se produjeron en España en “los prolegómenos” de la guerra civil? No lo sé, no viví esa época (padecí sus consecuencias), y además pienso que no se puede analizar el pasado “con los ojos del presente”. En ese sentido soy fiel a la creencia orteguiana de “yo soy yo y mi circunstancia”.

Como ustedes sabrán el mundo se mueve, entre otras cosas, por la Tercera Ley de Newton, la que habla de acción-reacción, la que dice:

Por cada fuerza que actúa sobre un cuerpo, este despide una fuerza de igual intensidad, pero en sentido contrario, al cuerpo que la produce.

Esta “sencilla” ley de la física se puede aplicar también a la política. Es decir “si tu me insultas y me sacas un ojo, yo también te insultaré y te sacaré otro ojo”. Si todos actuamos por ese principio y concentramos “esa energía negativa” en el Parlamento, que debería ser un lugar sagrado donde lo más importante es el pueblo, volvemos a la gallera, a “alejarnos de los ciudadanos” que lo están pasando mal y gritan ¡Basta!

Y en momentos de incertidumbre, de tanta niebla o verdades borrosas, te puede asaltar “como un ladrón de sueños en un callejón sin salida”, la duda unamuniana, esa que  decía en una epístola titulada “los hunos y los hotros”:

En este estado y con el que sufro ver el suicidio moral de España, esta locura colectiva, esta epidemia frenopática (…) figúrese como estaré. Entre los unos y los otros -mejor los hunos y los hotros- están ensangrentado, desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo España.

No sé si los hunos y los hotros intentan emular el “día de la marmota”, pero ¡cuanto anhelan los buenos un mundo regido por la honestidad, la verdad, los principios morales, la democracia de un pueblo “con derechos reales”, no con la pantomima del voto cada cuatro años y promesas que, la mayoría de las veces, se hacen para “conquistar el corazón del pueblo”, y luego “destrozarlo”.

A estas alturas ya sé que en la izquierda hay gente adorable y despreciable (aborrezco todo tipo de dictaduras tanto de un signo como de otro) y que en ciertas derechas también hay personas nobles y repulsivas. Es un error meter a todos en el mismo saco.

Es el momento de dejar la “farsa del lenguaje políticamente correcto”, “la doble lengua”, y atrevernos a decir “lo que pasa por nuestra cabeza y corazón” (p. ej “todos somos un poco racistas y machistas”, la diferencia la marcan los grados). Focault defendía lo que los griegos denominaban “la parresía”, es decir, ser valientes para hablar libremente, para pensar en voz alta, a pesar de que ello pueda acarrearnos “el exilio” social.

Tal vez haya llegado la hora, en estos tiempos de agobio planetario, de la sustitución en masa “del hombre por la máquina”, las peleas callejeras con banderas y los guantes y mascarillas en el fondo del mar, buscar “desde una base humanista” puntos esenciales (aunque sean unos pocos) que compartan “la mayoría de los partidos políticos” y construir otro mundo en el que el otro sea más importante que el yo, y en el que la libertad, justicia, dignidad y reparto equitativo de la riqueza, animen a los pueblos, “al considerarse queridos y no explotados”, a arrimar el hombro para reconstruir una Tierra donde el mar sea azul, el cielo infinito y las estrellas nunca dejen de brillar.

-1- Pueblo fantasmagórico de la novela Pedro Páramo del autor mexicano Juan Rulfo.