¿Y por qué es necesaria esta ironía específica en estos momentos? Porque no es una ironía que intenta relativizar lo que nos pasa, sino que permite hablar, ver, pensar sobre la oscuridad en las relaciones de pareja.

En un mundo que ha puesto su mirada en el maltrato a la mujer, este libro aparece como un texto escrito por alguien dispuesto a hablar del origen de ese maltrato. No se trata de un maltrato físico, sino del cierre a la comunicación real. Lo primero es reconocer el problema en la relación, la falta de comprensión de lo femenino, incluso llega a hablar del miedo a lo femenino. Lo segundo, pensar en aquellos momentos de la infancia y adolescencia que crearon de forma inconsciente una postura no natural ante la mujer, una especie de actitud de defensa.

Esta idea de miedo del hombre a la relación de pareja, que se ha visto muchas veces como síndrome de Peter Pan o como necesidad de sentirse superior simplemente para no desestabilizarse, aparece en Las mujeres que amé como una realidad. Porque no se trata de llegar a ese diagnóstico desde la observación, sino que es el propio hombre, como ser masculino incapaz de mantener una relación de pareja, el que escribe para encontrarse a sí mismo y liberarse de esa alienación.

La humillación a la que me sometió mi terror infantil, de adulto me forzó a desarrollar un simulacro de valentía para ocultar el patético secreto; una especie de hipertrofia de oferta física en mi vínculo con el sexo opuesto_el macho que está para todas_ que contiene en su seno el cáncer de la imposibilidad real.

Cuando el narrador, protagonista y autor, porque estamos ante un libro de autoficción, escribe esto, estamos hacia el final del libro, en el momento de la reflexión después de parar la imagen en los acontecimientos reales y en los sueños, ficciones o divagaciones sobre esa realidad. Porque el texto es una mezcla de realidad y ficción, de depresión ante el pasado y ansiedad ante el futuro que sólo pueden solucionarse en la construcción de un presente con sentido.

Entonces: Irma aceptó la oferta de viajar con mi padre y conmigo. Era obvio. Ella me quería, sin duda yo era su alumno favorito. Pero también debía sentirse atraída por mi padre. Pese a su altura promedio y a un accidente automovilístico que le había arruinado la regularidad del andar, mi padre era elegante, estaba en buena forma, y su rostro de facciones agradables se veía mejorado por un bigote que recortaba todos los días y que lo asemejaba a Alberto Rufino, un cantante de tangos de antaño. Con esto no estoy diciendo que ella le coqueteara ni que mi padre hubiese realizado su propuesta de transportarnos con el propósito de levantársela ante mis propios ojos. Todo transcurría dentro de la máxima corrección, pero yo, único chico sentado en el asiento trasero del Peugeot, yo, rodeado por cajas de madera que se sacudían con el traqueteo y me pinchaban con sus aristas, sus clavos oxidados, yo, mientras en la radio José Larralde seguía desparramando las sentencias camperas de su nuevo disco Herencia pa´un hijo gaucho y el vehículo devoraba los kilómetros, yo sentía de alguna forma que el eje de gravedad iba desplazándose en dirección de mi padre.

Así narra Daniel Guebel cuando asume el pasado como una serie de vivencias que van construyendo su yo. Ese sentido de ser alguien al que duele algo va construyendo una personalidad que más tarde, en el momento de construir una vida en pareja, que es lo que cuenta el libro, incapacita. De alguna manera la construcción de la masculinidad tiene que ver con todas esas situaciones vividas en silencio, asumiendo su contenido como un choque, como algo doloroso e inteligible que no se puede compartir. En estos pasajes de narración del pasado, los recursos expresivos son de gran potencia, la elección de imágenes y de sensaciones que van creando la personalidad es muy afinada. En estos momentos se construye un texto de gran profundidad psicológica.

¡Es mi momento y no puedo hablar! Es como si fuera poniendo un ladrillo tras otro en la pared, pero yo estoy del lado de adentro. Soy un obrero de la construcción contratado en negro, un paraguayo que se creyó escritor y que ahora se suicida detrás del muro que se derrumba encima de él. Por amor de Dios, Montresor, susurro y agito la cabeza donde suenan las campanillas de mi gorro de bufón. Ronco como un animal, brillante como una medusa, me resisto a ese fin: yo soy yo. Echo mi cabeza hacia atrás y exclamo:  ¡Suéltenme idiotas! ¿Acaso no saben quién soy? ¡Suéltenme les digo! ¡Yo soy… un autor inimitable! Ese es mi momento absoluto, el mundo debería detenerse, prosternarse, congelarse en mi eternidad. 

Y es en estos textos de presente ficcionado, de ironía que abre las puertas de lo oscuro sin filtro, cuando aparece el verdadero resultado de ese pasado sin comprender y sin compartir, y de ese futuro incierto y angustioso por una falta de encuentro consigo mismo. La profundidad psicológica del relato se une a la fantasía desatada que imagina el yo que debería ser y que no tiene nada que ver con el que es, con la forma de vida que le es permitida.

Por eso la frustración, la falta de éxito, de reconocimiento como escritor, que está en la base de todo el texto también es uno de los elementos que construye esa masculinidad negativa, que teme a la mujer, que obliga al personaje a tomar actitudes duras, que va constituyendo poco a poco una personalidad incapaz de crear un vínculo.

Apoyo los pies en el piso, freno la oscilación de mi hamaca y me vuelvo hacia ella: “Teresita, ¿vos querés salir conmigo?”. No voy a cometer la petulancia de asegurar que recuerdo plano a plano los cambios de su expresión, pero sí tengo la certeza de que la luz viene de su interior cuando ella sonríe y me dice que sí.

Al ver esa sonrisa advierto que lo que estoy por decir me costará mucho, estaqueándome para el resto de mis días en una posición ingrata, ya que solté la pregunta menos por deseo de conquista que llevado por el impulso de amputar la posibilidad que la pregunta abre: Mi propósito es decirle que yo no.

Las mujeres que amé es un texto sin filtro que responde a la pregunta que siempre se hacen las mujeres: ¿por qué los hombres reaccionan de esta manera en estas circunstancias? Daniel Guebel hace un ejercicio de búsqueda en su pasado de una construcción de una masculinidad incapaz de abrazar lo femenino. El amor se convierte en una guerra, el amor aparece cuando la amada ya está perdida.

“Donde me busques me encontrarás”, dice por fin Mariana, convertida en objeto puro de mis pensamientos. Veremos qué ocurrirá luego de que el barco arribe a puerto o me deposite en el cielo. En mis auriculares estalla la música. Es música sacra, la música de las palabras.

Este texto de Daniel Guebel es otro texto fundamental en la colección de De Conatus ¿Que nos contamos hoy?. Uno de los temas fundamentales de los libros publicados en esta sección de literatura contemporánea es la imposibilidad o la posibilidad de la salida del yo y el encuentro con el otro. En este caso, Daniel Guebel, el escritor, está encerrado en las palabras y quizás sea esa una fuerza centrífuga que no permite la relación.

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