La ideología dominante se cuela en todas partes y lo impregna todo, y nuestras relaciones personales no son una excepción que escape a ello. El neoliberalismo extiende sus características a todos los ámbitos de nuestra vida, condiciona nuestra forma de ver el mundo, de pensar sobre nuestro entorno y, además, anula nuestro pensamiento crítico. Aún más grave si cabe: disminuye nuestra empatía al enseñarnos que lo normal es actuar de forma individualista. Las dinámicas neoliberales son reproducidas por los distintos agentes de socialización (los medios de comunicación, el grupo de iguales, la familia, la educación, etc.), lo cual acaba dando forma en nuestras mentes a las concepciones que tenemos de las relaciones, del afecto, del amor, del sexo. Como cabe esperar, esto se traduce en una aplicación de estas dinámicas en todos los aspectos de nuestras vidas, entre ellos nuestras relaciones, sean del tipo que sean. Hoy, en concreto, hablaremos de cómo se manifiesta en las relaciones sexuales y afectivas.

La lógica del capitalismo es la de producir y consumir de forma exponencial, sin fin, sin límites, sin control. De forma completamente insostenible. Siempre se quiere más. Todo ha de crecer de un modo completamente desmesurado. Cuando nos ofrecen un producto nuevo, ya se están preparando para convencernos de que el siguiente también nos hará falta, que será mejor (por muy imperceptibles que estas supuestas “mejoras” sean). En una sociedad que nos educa para ser egoístas, para competir y para buscar la felicidad a través del consumo, hemos acabado por concebir así a las personas, como objetos a consumir, como un medio y no como un fin. De este modo, las relaciones en la posmodernidad están mutando y adecuándose a las lógicas del capitalismo. Todo son prisas. Prima la rapidez, la impaciencia. Impera un ansia por el cambio constante, por reemplazarlo todo. No existe voluntad de pararse a cuidar, de pararse a apreciar. No existen la horizontalidad, el compromiso, la reciprocidad.

Estamos, pues, frente a un escenario en el que está cada vez más normalizado entender las relaciones y a las personas como productos. Un producto en serie, del cual no importan las características, sino su naturaleza de novedad. Queremos el siguiente modelo, el último. Queremos usar y tirar. Estamos obsesionados/as con vivir todas las experiencias posibles, no vaya a ser que nos estemos perdiendo algo. También la competencia está siempre presente: nos preocupamos por no estar teniendo tanto sexo como el resto, por no estar probando tantas cosas en la cama como el resto, por no innovar. A este afán obsesivo por la acumulación, por el cambio constante y por la “mejora” infinita se suman, además, ese individualismo y egoísmo propios de una ideología que nos trata de convencer de que no somos seres relacionales e interdependientes, sino de que somos individuos sin más. En contraposición a esto, la sociedad nos empuja a no estar solos y solas. No sabemos estarlo y disfrutar de ello, nos sentimos siempre como si buscáramos a alguien, por el simple hecho de tener compañía, precisamente anhelando suplir esa soledad, lo cual nos lleva a apreciar a las personas por la función que cumplen, y no por quiénes son. Vemos a las personas y las relaciones como parches, como una solución a nuestro malestar, al fin y al cabo, como algo que utilizar para curarnos de ese sentimiento de soledad. Solo forjamos vínculos frágiles porque no nos tomamos en serio las relaciones, porque no nos comprometemos con la otra persona, y es que no nos importan como seres humanos, porque lo que nos preocupa es que haya alguien llenando ese “vacío”. Esto queda patente cuando, por ejemplo, reducimos a los y las demás a su físico, o cuando lo anteponemos a las conexiones genuinas. Es evaluar a la gente por su belleza, como ocurre con Tinder, ese escaparate de personas a las que juzgamos de forma superficial, por su imagen, como quien observa un catálogo y elige qué producto quiere obtener. Una vez más, las personas son vistas como objetos, como algo que existe para satisfacernos. Una vez más, la compatibilidad, la química, y todo aquello que realmente une a las personas queda olvidado.

Ilustración de Javier F. Ferrero

Lo cierto es, sin duda, que el capitalismo nos aísla y nos aleja entre nosotros/as. Todo son obstáculos a la hora de construir lazos: el estrés, la falta de tiempo, la imposibilidad de conciliar, la falta de descanso. Este vacío que nos genera el comportarnos como robots, como elementos desconectados entre sí, da lugar a la necesidad de suplirlo, como es natural. El problema radica en intentar llenar vidas vacías, despojadas de afecto, con numerosas de relaciones superficiales, creyendo que ello va a darle sentido a nuestras vidas. Es la filosofía de la cantidad por encima de la calidad. Para no sentirnos solos no tenemos que mirar escaparates de personas y evaluar sus físicos y sus biografías de 200 caracteres, buscando un consolador humano (física y psicológicamente). Necesitamos lazos afectivos sólidos, con un grado de compromiso y responsabilidad que haga posible alcanzar el grado necesario de estabilidad que todo ser humano necesita, y que contrarreste la volatilidad que caracteriza todos los aspectos de la vida de la clase trabajadora. La soledad no se acaba con insustancialidad, no se combate con la falsa sensación de tener una compañía siempre cambiante. Remediarlo es cuestión, precisamente, de construir confianza (cosa que se hace con tiempo y con dedicación, no con desentendimiento), de aportar seguridad. En un mundo que nos niega cualquier tipo de estabilidad, ¿es de verdad sano rehuir de todo vínculo a largo plazo? ¿De toda conexión real y profunda? Buscar ansiosamente gente nueva no va a llenar nuestras vidas precarias. No tenemos que acumular infinitas personas que le vayan a dar sentido a nuestra existencia, y es que, a nivel psicológico, esto solo genera un mayor malestar.

¿A qué se debe, por ejemplo, el auge del poliamor? ¿Realmente nos hace más libres, como defienden algunos, o nos estamos enfrentando a un modelo que se nos quiere mostrar como liberador pero con el que, en el fondo, no estamos más cómodos/as? ¿Provoca un dolor que nos estamos callando porque es la última moda progre y estás anticuado/a si no la sigues? ¿Cuánto sufrimiento callan las personas que, por seguir esta tendencia, se someten a estas normas pensando que es lo correcto? Tal vez venga todo precisamente del egoísmo y de esa creciente denostación de la responsabilidad afectiva. Si ya reproducimos conductas machistas en relaciones monógamas, reproducirlas con más gente a la vez no es una solución al amor tóxico y romántico. ¿Cómo puede una mayor incertidumbre resolver la ansiedad causada, precisamente, por la inestabilidad a la que este sistema nos somete? Además de todo ello, el poliamor es un chollo para los machistas: pueden continuar haciendo todas aquellas cosas que ya hacían anteriormente y justificarse. Es la excusa perfecta. Pueden no cuidar, desentenderse de la otra persona, ser infieles, y alegar a que se es libre, sin ataduras, y a que la monogamia es algo que ya no se lleva. Cuando algo reproduce dinámicas propias del neoliberalismo y, además, es funcional y beneficioso para el patriarcado, resulta evidente que no tiene nada de revolucionario, y normalizar el egoísmo y la falta de empatía, desde luego, no lo es.

¿Qué alimentan todas estas dinámicas cargadas de liberalismo? El “gestiónatelo tú”, el “todo vale”, el falso consenso (porque se cede, aunque no se esté cómoda con lo acordado, y es que no podemos olvidar que a las mujeres se nos enseña a agradar y a satisfacer). ¿Y quiénes salimos peor paradas con todo esto? Evidentemente, nosotras, que somos quienes más sufrimos las consecuencias del neoliberalismo y, cómo no, del patriarcado (que a veces se contradicen y a veces se retroalimentan). Nosotras, que nos vemos obligadas a cumplir la función de psicólogas, de objetos sexuales, de cuidadoras, de limpiadoras, de cocineras, en relaciones en las que la reciprocidad es nula, en las que la responsabilidad afectiva resulta inexistente.

Frente a esta creciente dinámica, hemos de tener claro que, del mismo modo que debemos oponernos al consumo de cuerpos mediante instituciones como la prostitución, también hay que oponerse tajantemente al consumo no solo físico, sino también afectivo, en todo tipo de relación. Ambas conductas nos anulan a las mujeres. Bajo ningún concepto podemos legitimar la visión de las personas como cosas, como objetos. Sabemos ya que el consumo se impone en las sociedades neoliberales como la principal fuente de satisfacción de las personas sometidas a este, y que acabamos aplicando esto a los seres humanos, pero lo cierto es que las personas no somos pasatiempos, no somos un entretenimiento, y es nuestro deber luchar contra esta visión. Es hora de que tomemos conciencia de que no podemos usar la excusa del malestar generado por el capitalismo para utilizar a la gente a nuestro antojo, para cargar a las personas con expectativas nada realistas e idealizarlas. De que la idea de que un clavo saca otro clavo es egoísta. De que es nuestra responsabilidad lidiar con las consecuencias resultantes de nuestras decisiones, que no deben ser tomadas a la ligera. El probar por probar no va a solucionar nuestro desasosiego, y puede provocar un daño profundo e innecesario. En definitiva: es irresponsable no enfrentarnos a todas estas ideas deshumanizantes que hemos aprendido a lo largo de los años. Necesitamos paciencia, más humanidad, más comunicación, más empatía, más solidaridad (y no, la empatía no consiste en fingir preocupación por los/las demás para sentirnos buenas personas y creernos que ya lo hacemos todo bien). Es importante que nos planteemos qué queremos y que seamos sinceras/os con nosotras/os mismas/os para no provocar dolor a otras personas, pero también para no caer en conductas autodestructivas, para no frustrarnos buscando la felicidad de una forma poco realista. También de que no nos engañemos. Empecemos por respetar, conocer y comprender de verdad a las personas, por hacer un poco de introspección para autoconocernos y por interiorizar la idea de que estas dinámicas, asimiladas en una sociedad neoliberal y machista, han sido aprendidas con el tiempo, y por tanto también pueden desaprenderse. Es un trabajo diario, y es nuestra responsabilidad como sociedad, como seres relacionales que somos. Recordad siempre: los cuidados son revolucionarios.