La primera vez que leí sobre el término impotencia aplicado a los movimientos sociales fue hacia el año 2000 leyendo el libro Surplus Powerlessness: The Psychodynamics of Everyday Life and the Psychology of Individual and Social Transformation (1991)1. El autor, Michael Lerner, explica en el libro su experiencia en movimientos sociales desde el punto de vista psicológico. En los años de la guerra de Vietnam, él era un activista pacifista y al mismo tiempo estudiaba la carrera de psicología.

Le llamó poderosamente la atención que en la mayor manifestación que se produjo contra aquella guerra –un millón de manifestantes, algo nunca antes visto en Estados Unidos–, había gente que le restaba importancia a tal logro: «Bueno, total, para lo que va a servir»; ¡y estamos hablando de activistas que no solo participaron de la manifestación, sino que la habían organizado! Esta actitud le causó tanta impresión que decidió seguir el rastro en los diferentes movimientos en los que militó activamente: ecologismo, sindicalismo, feminismo… En todos encontró actitudes de «exceso de impotencia». Siempre se topaba con personas de talante derrotista. Además, se dio cuenta de que esa actitud traía consecuencias negativas, sobre todo por que solía repercutir en la falta de éxitos de esos grupos. Su mayor sorpresa fue que, al indicarle a los mismos activistas cuando tenían esa actitud, estos no se daban por aludidos, como si ellos no tuvieran ese exceso de impotencia. El resto de su vida se dedico a aprender maneras de potenciar los movimientos sociales en los que participaba.

En la época que hice esa lectura me empezaba a cuestionar ciertas conductas en el movimiento verde, en el que militaba. Me afilié hacia el 2000 en Els Verds del País Valencià y milité de forma activa de 2010 a 2016 en Els Verds Esquerra Ecologista (partido fundador de Compromís ) y VerdsEquo. En los años duros de las mayorías absolutas del PP en el País Valenciano, había compañeros del partido verde en los que notaba ese tipo de actitudes derrotistas. Además, me sorprendía preguntándome a mí mismo: «Si este compañero piensa que no se puede hacer nada para tener un gobierno decente, ¿qué hace aquí?».

En esa época yo llevaba años haciendo psicoterapia, coaching ejecutivo e impartiendo formación en habilidades cuando pensé que mi experiencia profesional podía ser útil en política. Un punto de inflexión en mi profesión fue cuando empecé a trabajar individualmente con candidatos y a impartir formación grupal en EQUO y Compromís. Observé que, con algo de ayuda profesional, el sentimiento de impotencia se revertía gradualmente y, a la vez, conseguíamos presencia institucional. Todas estas ideas se concretó en el momento en que, tras haber trabajado con años de antelación con Joan Ribó, de Compromís, este alcanzó la alcaldía y acabó con veinticuatro años de gobierno de Rita Barberá.

Empoderamiento

El empoderamiento como concepto intelectual

Digo que dejemos de hablar de empoderamiento por que, como muchas veces ocurre, hablamos del concepto pero no lo operativizamos, es decir no nos empoderamos. Es un fenómeno que lo he visto con otros conceptos potencialmente interesantes y útiles, como horizontalidad en los partidos (como opuesto a funcionamiento jerárquico) o resiliencia (la capacidad humana de superar circunstancias difíciles) que suelen quedarse en conceptos huecos y teóricos.

Estamos tan acostumbrados a manejar términos intelectuales, que frecuentemente, confundimos hablar de la cosa con integrar en nuestra conducta la cosa. Como si por el mero hecho de hablar de ir en bicicleta, aprendieses a ir en bicicleta.

El asunto importante no es tanto qué es y porqué es importante es el empoderamiento, sino más bien cómo se desarrolla el empoderamiento. Y en esto suelen ser útiles las nuevas disciplinas psicológicas. Se que en el movimiento verde y ecologista hay personas que desprecian todo lo que huela a “pensamiento positivo”. Es cierto que hay “vende humos” en este campo, como en muchos otros. Y también es cierto que hay metodologías sólidas que ayudan a avanzar a los movimientos políticos y sociales.

Hay personas que desde su pensamiento racionalista, les encaja en su visión del mundo preguntarse más por el qué y el porqué del empoderamiento que preguntarse sobre el cómo una persona se empodera.

Si ponemos como inicio de la ciencias “duras” (química y física) modernas en el siglo XVII, estas llevan tres siglos de desarrollo hasta llegar a los modelos tan precisos a los que han lllegador hoy en día. En cambio las ciencias sociales (psicología, sociología, etc.) tienen solo un siglo de desarrollo, lo que supone que todavía no tienen el grado de solidez que la otras. Eso implica que los conceptos como “empoderamiento” muchas veces se manejen como fenómenos teóricos y no como un proceso que potenciar en los movimientos sociales.

Esa tendencia a hablar de las cosas racionalmente viene del Siglo de las Luces y ha llegado hasta nuestros días. Tiene que ver con el sesgo exclusivo al conocimiento intelectual. En cambio las habilidades y actitudes quedan fuera de la ecuación. Y conceptos como empoderamiento no encajan con esa visión de de la Razón.

Y es perfectamente compatible el conocimiento intelectual con desarrollar habilidades y actitudes potenciadoras.

Un ejemplo de empoderarse en situaciones duras

Uno de mis ejemplos favoritos de empoderamiento es Wangari Maathai, premio Nobel de la Paz, conocida por su movimiento de repoblación forestal Movimiento cinturón verde en África.

En su libro Con la cabeza bien alta, explica su experiencia de vivir en Kenia en los años 80, que no era un ejemplo de estado democrático. Iba a las aldeas y preguntaba a mujeres y hombres cuáles eran sus problemas y al final de tomar nota de una larga lista de dificultades les preguntaba: “¿Y de dónde creéis que vienen todos estos problemas?” Casi todos culpaban de sus males al gobierno. Y estaban bastante en lo cierto. El gobierno vendía las tierras públicas a sus “amigotes” lo cual les perjudicaba a las personas que vivían allí por que talaban bosques con consecuencias nefastas: no tenían acceso a árboles frutales, las fuentes se secaban, etc. Y afirmaba: “Sin embargo, la gente debía de entender que el gobierno no era el único culpable.” Las poblaciones no protegían sus intereses, no le reclamaban nada al gobierno y estaban permitiendo la erosión del suelo lo que dificultaba producir sus alimentos. Y les motivó para que asumieran su responsabilidad, que empezaran a hacer algo para mejorar sus condiciones de vida. Y así la gente se empezó a implicar el Movimiento cinturón verde y se dedicaron a aprender a plantar árboles, saber cuales eran más apropiados para cada tipo de terreno, época del año, etc. En pocos años los árboles enraizaron y dieron resultados fructíferos: las fuentes empezaban a brotar agua, tenían leña cercana y empezaron a recoger frutos silvestres. Es decir, en una situación dificultosa donde las poblaciones permanecían pasivas, la población aprendió a activar su capacidad de acción para mejorar su situación con la sensación de manejar su vida.

Ahora bien, Wangari Maathai, aprendió a influir en sus conciudadanos para que se empoderasen “naturalisticamente”, eso significa que ella lo aprendió por si misma, no lo aprendió formalmente, como cuando aprendes matemáticas o alemán, que hay una serie de lecciones que facilita que vayas aprendiendo los diferentes aspectos.

Afortunadamente, en las últimas décadas se han empezado a desarrollar metodologías que estructuran los procesos mentales, para que sea más probable que otras personas puedan integrar varias capacidades y actitudes como el empoderamiento en el activismos social.

“No pienses en un elefante” aplicado al empoderamiento

Hay muchas maneras de desempoderarse/empoderarse. Ahora un ejemplo real a nivel individual con una candidata verde con la que trabajé. Le guié para que se diese cuenta cómo se desempoderaba y como le guié para empoderarse. Describiré someramente cuál fue su proceso mental para tener alguna pista que desempoderase no es un proceso tan racional como podría parecer.

Estábamos hablando de su actitud cuando hacía un discurso y me suelta: “No quiero parecer agresiva, ya que tengo miedo a perder los papeles.”. Una frase así, parece natural y en principio parece no tener ninguna consecuencia negativa.

Ahora bien inconscientemente ella se imaginaba “parecer agresiva” cosa que le recordaba a un líder de la izquierda que no le gustaba nada por, precisamente, su expresión dura que iba en contra de su manera de entender la política, suave, lo que la paralizaba. Ese pensamiento “No quiero parecer agresiva” es un ejemplo del fenómeno mental “No pienses en elefante” popularizado en comunicación política por George Lakoff en su libro No pienses en un elefante. Esa tendencia  es algo que está muy presente en el mundo verde y ecologista; es más fácil saber lo que no quieres que lo que si quieres.

Si no lo conoces este fenómeno comunicativo te lo presento una experiencia breve. Por favor, tómate un minuto para atender cómo reaccionas a las siguiente frases. Si te digo que no pienses en lo contaminado que está la ciudad y no recuerdes lo que te molesta  el humo de los coches y por favor no te imagines la incomodidad de que haya tantos coches que ocupan el espacio. ¿En qué estás pensado? Como la mayoría de la gente que sigue el proceso, acaba imaginado hileras de coches, lleno de humo y sintiéndote molesto. Para pensar en lo que NO quieres, necesariamente tienes que pensar en ello, por lo menos un momento. En el caso de “No quiero parecer agresiva” se centraba, involuntariamente en parecerse agresiva y además, para más inri lo tenía conectado con un político que detestaba.

Y por otro lado “tengo miedo de perder los papeles” lo que le hacía imaginarse que perdía los papeles, imaginándose que estaba alterada y daba respuestas vehementes y se sentía aterrorizada.

La consecuencias de esas maneras de pensar para esta persona era que cuando hablaba en público se mostraba retraída, poco resolutiva, casi pidiendo permiso para hablar.

Ahora vamos a ver cómo revertir ese proceso de desempoderamiento. Le pregunté: “Si no quieres parecer agresiva, ¿Cómo quieres expresarte?” A lo que contestó:  “Con con firmeza, con ilusión” lo que le permitió empezar a abrir un nuevo escenario mental y hacer nuevas conexiones donde, practicándolo a partir de aquel momento empezó a ganar aplomo y soltura hablando en público.

Y por otro lado le pregunté: “Si tienes miedo a perder los papeles, ¿qué es lo que quisieras conseguir?” a lo que respondió: “Modular mi pasión y centrarme en las respuestas más adecuadas al contexto”.

Al final se dio cuenta que esos miedos formaban parte del problema.

Esto puede parecer con algo lógico, pero no es así, tiene que ver con cómo funciona la mente, y cómo damos significados a las cosas. No de una forma teórica, sino experiencial, notándolo por ti mismo cómo opera la subjetividad, especialmente la parte del proceso inconsciente.

Empoderamiento para visibilizarse

Ahora quiero mostrar los resultados de empoderarse con otro caso real.  En este caso pongo el foco en un problema grave que he observado en muchos verdes: su autoinvisibilización. Estaba trabajando con una concejala que evitaba los conflictos, con lo cual rehuía de todo enfrentamiento. Las consecuencias negativas eran numerosas. En la coalición donde estaba, ella era la “cenicienta”, la sirvienta que tenía que asumir cosas que no le correspondían y que los otros no querían. Y en áreas que quería participar, no se atrevía a pedirlas o si las pedía, lo hacía con la boca pequeña.

En la consulta asumió sus inseguridades cuando le planteé preguntas como: “Si tu tuvieses tu propia voz, ¿cómo te sentirías?” empezó a darse cuenta que se había se había autolimitado, sin darse cuenta. Y entonces se comprometió con el reto de tener su propia voz y consiguió diferentes resultados. Unos esperados y otros inesperados. Entre los esperados fue capaz de renegociar sus tareas dentro de la coalición, lo que le permitió cuestionar el papel que a ella le “otorgaron” sus compañeros y ahora sabe decir “no” con aplomo y tranquilidad.

Y como consecuencias inesperadas, ahora planifica mucho mejor, priorizando y cuando tiene mucho trabajo ha dejado de sentirse desbordada. Y una cosa políticamente muy útil, amplió mucho su zona de confort de manera que fue capaz de relacionarse mucho más allá de su círculo habitual: con los miembros del partido del gobierno, con gremios “poco cómodos”, etc.

Y por supuesto empoderarse no es una cuestión de género.

Aprendamos a empoderarnos aquí y ahora

Viendo los resultados prácticos, te invito a experienciar alguna metodología que te ayude a empoderarte. La que yo uso la que estoy aprendiendo desde hace años y resulta muy fructífera2. Te invito a que explores esas metodologías por ti mismo.

Con cierta frecuencia supone un tipo de autoconocimiento al que no estamos acostumbrados y requiere un esfuezo inicial a aprender a escucharse a si mismo, a notar las implicaciones de nuestros pensamientos, a gestionarnos emocionalmente, asuntos que van mucho más allá de la lógica intelectual.

Como vemos empoderarse tiene que ver con desarrollar determinadas actitudes vitales para crecerse en las dificultades y transformarlas en retos que nos ayuden a avanzar para crear una sociedad justa y sostenible.

Es por todo ello que te invito a dejar de hablar de empoderamiento y, en cambio, aprendas a empoderarte efectivamente. Y si lo hacemos colectivamente, potenciaremos muchísimo más nuestros movimientos políticos y sociales.