Rubén Caravaca Fernández
Desde hace tiempo se vienen publicando ensayos sobre diferentes escenas de nuestra cultura de proximidad. Unos de carácter general, Culturas de cualquiera de Luis Moreno-Caballud (Machado Libros), Culpables por la literatura. Imaginación política y contracultura en la transición española (1968-1986) de Germán Labrador Méndez (www.akal.com ) o CT o la cultura de la transición. Crítica a 35 años de cultura española de Guillem Martínez (Me gusta leer). Otros relacionados con el arte contemporáneo: Alta cultura descafeinada de Alberto Santamaría (www.sigloxxieditores.com ) o Teoría de la retaguardia de Iván de la Nuez (www.consonni.org/es ) y algunos que analizan espacios, situaciones y tiempos más concretos. Entre estos señalar un par de ellos: el primero de José Luis Moreno-Ruiz La movida modernosa. Crónica de una imbecilidad política (https://lafelguera.net ) y Espectros de la movida: Por qué odiar los años 80 de Víctor Lenore (www.akal.com ), títulos bastante explícitos para percatarse de qué van.

Todos muestran tanto desavenencias como complicidades, entre el rigor, lo genérico, lo concreto, lo anecdótico y lo personal, generan múltiples controversias que deberían ser habituales y no relegadas a determinados medios digitales y/o a las redes sociales, donde los que se alejan de la ortodoxia establecida suelen ser vilipendiados. Estos ensayos darían para comentarlos cada uno de ellos individualmente, pero en esta ocasión me centraré en el de Montero Glez (http://www.monteroglez.com ), La imagen secreta (www.pepitas.net ). 

“pertenecíamos a un mundo donde reinaba lo invisible”

Hablamos de un escritor madrileño, migrante al sur, laureado con varios premios literarios, entre ellos el Azorín de novela, el Ateneo de Sevilla y el Bodegas Olarra & Café Bretón, galardón obtenido el año pasado por el título que da pie a esta referencia. El autor pone voz a una serie de situaciones que coincidieron en la capital a principios de los noventa y que raramente son mencionadas en la vida cultural de la ciudad, “pertenecíamos a un mundo donde reinaba lo invisible”, comenta. Ocurría también con el hip hop de Villaverde, el rock vallecano, el carabanchelero, el de La Elipa, y los centros sociales ocupados, los gitanos de la Plaza Vara de Rey o las escaleras próximas de Ribera de Curtidores, lugar de cita de los crassistas seguidores del anarcopunk británico de The Crass, que por una cuestión de pertenencia nunca se mostraban en la cercana Bobia de la calle San Millán, siempre mencionada cuando se habla de aquellos años.

Montero Glez

Su relato es un mapa tan real como imaginario, que nos sitúa en determinados momentos y lugares, próximos y desconocidos. Crónicas que transcurren en primera persona alrededor de la Plaza de Santa Ana “donde el camello fue siempre impuntual”, recordando a los que patearon aquellas calles: Valle-Inclán, el alarife Omar, Juan Álvarez Gato, el cronista de la ciudad Pedro de Répide… A colmaos como Los Gabrieles, bares como La Venencia y tabernas donde tomar Soldaditos de Pavía, el típico aperitivo madrileño. Guitarrerías y tablaos como el Villa Rosa que reabrió para el rodaje de Tacones Lejanos de Pedro Almodóvar, recuperando parte de la historia flamenca de la ciudad, en cuya cercanía vendía boquerones un Miguel de Molina buscándose la vida cuando llegó a la ciudad.

En una de las fachadas de esas calles un cartel medio roto tiene a un burro como protagonista, imposible no fijarse. No es un rucio cualquiera, se trata de la portada de Potro de rabia y miel, la última grabación de estudio de Camarón de la Isla, donde se acompaña, entre otros, de Paco de Lucía y Tomatito. Pintura original de Miquel Barceló que impactó al cantaor cañaílla, no sería ni la única portada flamenca, ni discográfica del balear. En otra pared próxima otro afiche pegado, también a medio arrancar, anuncia un concierto de Ray Heredia en la Sala Revólver el 6 de junio de 1991. Nadie podía prever que aquel joven que se había presentado en Rock-Ola con la banda Sonakay nos abandonaría para siempre poco después de esa actuación, dejándonos su Alegría de vivir

“capitalismo artístico puesto al servicio de la cultura”

En tiempos en que solo se recuerda la parte más banal de aquellos años Montero Glez nos hace viajar a Umbrete, lugar de residencia de Ricardo Pachón donde se fraguaron algunos de los mejores momentos de nuestra música popular. Al sevillano Club Don Pelayo, a la misma capital andaluza. Al madrileño Sonido Caño Roto. A la Venta Vargas pasando por el Cabaret Voltaire de Zurich, la barcelonesa Sala Zeleste, sin olvidar el Manifiesto de lo borde, una de las escasas referencias teóricas de nuestra música popular, publicado años antes y del que hablaremos en otra ocasión. El autor evidencia que la modernidad olvida, silencia y soslaya –franquismo en estado puro– a personas como Sabicas, que en su exilio neoyorkino acogía a nuestros artistas más viajeros, lo hizo con Paco de Lucía y con otros muchos. Mientras aquí se le ignoraba The Doors le homenajearon en Spanish Caravan, grabando, con su guitarra flamenca, dos discos roqueros. Alude a una industria musical que apostaba por El bote de Colón arrinconando a Veneno, Paco de Lucía, Dolores o al mismo Camarón, mientras The Cure invitaban a Raimundo Amador. La misma industria privatizaba la cultura convirtiéndola en artículo de compra-venta, ninguneando a músicos y creadores elogiando a un Andy Warhol que había convertido “la bohemia en mercancía” y un dibujo de Joan Miró, para La Caixa, en “capitalismo artístico puesto al servicio de la cultura”, algo que también recuerda Alberto Santamaría “cuando las herramientas críticas se convierten en suave crema reparadora y regeneradora, quizás debamos estar alerta” en el mencionado Alta costura descafeinada.

La imagen secreta | Pepitas de calabaza

Montero Glez viaja con Alberto García-Alix “con él nació la literatura fotografiada”. Ven torear a Curro Romero en Las Ventas acompañados de amigos como Mariscal. Recuerdan a un Picasso que se movilizaba en Francia en defensa de La fiesta nacional mientras que un tal Barón Rojo ordenaba bombardear Gernika “un acto terrorista que se les olvida a los políticos cada vez que sueltan cadáveres por la boca en nombre de las víctimas del terrorismo”. Amigo de Barceló, que vive a caballo entre España y Francia, señala con acierto que “todos los pintores que pasaron por París caben en Ceesepe”, definiendo lo que distingue al pintor madrileño de todos los demás: “fue el único en llevar la música a la pintura”. Un Ceesepe que sufrió en su propia carne el proceder de esa industria cultural cuando un día acudió a un centro comercial y comprobó que una de sus ilustraciones era portada de un disco sin su permiso y por supuesto sin recibir céntimo alguno. La misma persona que nos encontramos en las plazas en mayo de 2011 afirmando “solo nos indignamos los dignos” y qué con solo 18 años se acercaba al umbral de La Vaquería donde un cartel maltrecho invitaba a pasar: “Pasen y vean / Pasen y beban / Pintura, music & poesía / Güisqui y bocadillos”. Evidentemente pasó y se citó con personas que propugnaban una ruptura cultural con el franquismo. Escritores, pintores, músicos y propuestas editoriales como La Banda de Moebius puesta en marcha por Juan Luis Recio, letrista de Glutamayo Ye-Yé. El historiador Emilio Sola relata en primera persona lo vivido en aquellos tiempos (1). Aquel local, ubicado en la madrileña calle Libertad, voló por los aires un 2 de junio de 1976 tras una bomba de Goma-2 colocada por los Guerrilleros de Cristo Rey. El explosivo no pretendía acabar simplemente con un local, deseaba fulminar un movimiento cultural poco cómplice con la hoja de ruta oficial, virus peligroso ante su posible expansión. Por cierto, muy recomendable la lectura Cervantes libertario, Cervantes antisistema del propio Sola, editado por Corazones Blindados y Fundación Anselmo Lorenzo (https://fal.cnt.es/libreria/

“habíamos aceptado no tener derechos. El derecho a colocarse fue el único que estaba permitido

Montero Glez, enumera aquellos días pensando bien, sintiéndose bien y expresándose bien, de igual forma a como define la escritura de Stendhal “la sencillez es lo más difícil” reseñando: “habíamos aceptado no tener derechos. El derecho a colocarse fue el único que estaba permitido. De esta manera, caímos en la trampa. Nuestra juventud era la única fuente de cambio social. Por eso envenenaron la fuente con heroína. Era fácil”. Cayó mucha gente pensando que engancharse era subversivo. El cine quinqui, tantos tiempo olvidado y desprestigiado, mostró las realidades excesivas de aquellos años.

En paralelo nos cuentan y recuenta, una y otra vez, año tras año, lo mismo, aunque hayan pasado cuatro décadas, silenciando lo que no interesa o es incorrecto políticamente. La movida tuvo un arranque rompedor, con ciertos toques libertarios, poco a poco se fue mercantilizando, de alguna manera se convirtió en uno de los mejores aliados del posfranquismo, al ser instrumentalizada por los que afirmaban que en nuestro país era donde con más rapidez uno se podía enriquecer, sirviendo de pretexto para silenciar otras muchas situaciones como las relatadas por Montero Glez. 

Nos dejamos engañar. Nos sumergimos en nuestra propia autodestrucción, estábamos convencidos de que el consumo era revolucionario, mejor reconocerlo tarde que nunca.

  1. Del movimiento a la movida: una nonovela azarosa y refractaria es el título de una publicación de Emilio Sola que amablemente nos ha dejado usar el título.

http://www.archivodelafrontera.com/wp-content/uploads/2012/06/DEL-MOVIMIENTO-A-LA-MOVIDA.pdf