Del Neolítico al Biolítico

Odile Rodríguez de la Fuente
Bióloga. Directora de la fundación Félix Rodríguez de la Fuente


El movimiento ecologista ha sido y es sumamente importante para la defensa de la naturaleza pero parte, a mi juicio, de una premisa errónea. La de que el ser humano es un cáncer para el planeta y  que inevitablemente acabará por devastarlo. Desde esta perspectiva el enemigo a combatir, utilizando una estrategia eminentemente  defensiva, es la humanidad y su voraz e insaciable apetito por los recursos naturales. Y la metodología establecida, la de tratar de evitar la expansión del cáncer a “tejidos y órganos” sanos. Toda acción conlleva una reacción y como tal el movimiento ecologista trata de contraponerse a la explotación ilimitada e inconsciente de la Vida, propia de la sociedad de consumo actual. Pero como suele ocurrir en dinámicas desintegradas de polaridad, el resultado es un círculo infinito de lucha entre extremos. A veces un extremo gana y otras lo hace el contrario en una danza ciega que nunca llega a obtener resolución.

Hoy día estamos siendo testigos del florecimiento o renacer de otra forma de estar en el mundo. Digo renacer, porque este nuevo planteamiento emana de nuestro ser más esencial; ser cuyas características están recogidas y reflejadas en casi todas las tradiciones espirituales del mundo, así como en cosmovisiones indígenas y paleolíticas. Sin embargo, hoy, este renacer se manifiesta de forma aleatoria, en todas las ramas del saber y del hacer, sin que pueda ser interpretado o poseído de forma exclusiva por ninguno. Es, digamos, una corriente que nos afecta  y une a todos por igual. La investigación científica, la medicina, la educación, la economía, la estructura social por nombrar algunas, están esbozando nuevas propuestas que parten de una visión holística que pone el foco en el vínculo y las relaciones entre las partes, mucho más que en los propios sujetos de forma aislada. Una visión sistémica, biomimética e integradora. El salto cualitativo de esta nueva visión o paradigma es enorme y sus consecuencias insondables, pero me atrevería a decir que estamos en la antesala de una nueva etapa de mayor madurez y armonía para la humanidad, que me gusta denominar como Biolítico.

Dando varios pasos hacia atrás y si analizamos la historia de la humanidad desde sus albores, veremos que el paleolítico –etapa prehistórica en la que los seres humanos eran cazadores/recolectores- tiene una duración aproximada de unos 2 millones de años.  La transición hacia el Neolítico –etapa en la que el hombre domestica  las plantas y los animales- comienza unos 10.000 AC y se expande hasta unos 3.500 años AC momento en el que comienzan la Edad Antigua de la Historia hasta llegar a la Edad Contemporánea actual. El paleolítico o infancia de la humanidad, supuso un periodo 150 veces mayor que todo el neolítico y la Historia reciente juntas. Durante aquella etapa, podemos inferir  tanto por los restos prehistóricos como por las características de los pueblos indígenas cazadores/recolectores que aún pueblan nuestro mundo, el ser humano se sentía como parte indisoluble de un todo animado e inanimado y como una hebra más en la urdimbre del tejido Sagrado de la Vida. Nuestra naturaleza humana arcaica, mucho más cercana a nuestra verdadera esencia -como es la de los niños frente a la de los adultos-, queda reflejada en el universo simbólico de nuestros ancestros. Estos reverenciaban la Madre Tierra, tenían una comprensión holística de la existencia y la certeza de que la realidad se manifestaba a través de un eterno ciclo de regeneración y equilibrio entre fuerzas opuestas. El Neolítico representa la etapa en la que el hombre, no sólo domestica la naturaleza y a sí mismo, sino que se escinde de ella. Poco a poco nuevas creencias, van sustituyendo a las antiguas, hasta que estas últimas quedan veladas y olvidadas salvo por los vestigios que quedan en los textos sagrados esotéricos de la mayoría de las religiones. Y así llegamos a la Edad Contemporánea que afianza los valores de los que emana, en Descartes y Newton, en la Edad de la Razón y la Ilustración. Prospera la etapa del desarrollo científico, tecnológico e industrial, de la explosión demográfica, de la abundancia, el despilfarro y el consumismo; de la explotación bélica, económica, ideológica y política del pueblo y de la crisis ambiental. Una etapa en la que prevalece una visión mecanicista, reduccionista, extractiva y lineal del mundo, dominada por el raciocinio, la competitividad y la dominación.

Pero en este contexto es importante recordarnos que la actual visión es coyuntural, fruto del actual sistema socio económico al que conviene establecer unas creencias y valores que anulen cualquier atisbo de inconformismo, cooperación, autosuficiencia o liberación. Digamos que el sistema nos atrapa como a drogadictos haciéndonos creer que, dentro de lo malo, es lo mejor, y que cuestionar o cambiar las reglas del juego es igual o peor que el exilio a la pobreza, el anonimato y el rechazo. Apenas 300 años de esclavitud  frente a más de 2 millones de años de libertad.

Para dar el salto cualitativo de cambio de perspectiva necesario, es fundamental contextualizar, en el tiempo y el espacio, los pasos de la humanidad por la historia de la Vida. Estas referencias nos hacen entender mejor nuestra verdadera naturaleza y encontrar inspiración, más allá de los anclajes intelectuales que nos brinda nuestra cultura como únicos paladines de “la Verdad”. Con esto en mente podemos empezar a darnos cuenta que este periodo moderno, postindustrial, tecnologizado de enormes avances, es, en realidad, algo similar a la pubertad de la humanidad. En la infancia se sientan los cimientos de nuestra identidad  y se aprende a vivir y a entender la relación de lo que somos en relación a lo demás. En la pubertad ganamos independencia, cuestionamos lo que somos y nos empoderamos hasta tal punto, incluso, de arriesgar nuestras propias vidas por pura inconsciencia. Es lo que corresponde a esta etapa, pero sólo, si la sobrevivimos, nos adentramos en la madurez. Periodo en el que recuperamos el vínculo con la familia y los valores que nos fueron depositados, en el que extraemos lecciones de los errores y aciertos de la juventud y en el que vivir adquiere otro significado, más profundo y atemperado.

En esta pubertad de la humanidad nos hemos rebelado frente a la madre tierra, nos ha arrastrado la vanidad y egolatría del que cuestiona todo, sintiéndonos por encima del mal y del bien; nos ha cegado el egoísmo del que no ha sufrido lo suficiente como para empezar a asumir las consecuencias de sus actos y a entender que nada ocurre de forma aislada. El Biolítico, como indica la propia palabra, será la etapa, no de la piedra vieja (paleolítico), ni de la piedra nueva (neolítico) sino de la piedra viva. Una etapa en la que el ser humano recupere el vínculo con su verdadera naturaleza a través de su reflejo, en una tierra exuberante con la que viva en armonía. Una Etapa en que la Vida en toda su diversidad y magnitud sea el centro neurálgico de TODO; como fuente de inspiración, de alimentos, de salud, de sabiduría, de conexión, de libertad, de profundidad, etc…

Y, ¿cómo llegar al Biolítico? Ahora que estamos sumidos en un momento de crisis que nos afecta en todos los niveles, un momento en que la sensación de impotencia y fragilidad ante un sistema voraz es mayor que nunca, parece imposible hasta imaginarse poder salir de este callejón sin salida. Además, muchos de los movimientos que surgen como respuesta a las dinámicas agresivas y destructivas de la inercia actual, como el ecologista más radical y politizado, solo son otra expresión de lo mismo. Una reacción a una acción pero partiendo del mismo movimiento.

La forma de salir no es desde la lucha, igual que la forma de sanar una enfermedad, no es desde la atenuación de sus síntomas. La lucha sólo nos frustrará, desgastará e incluso consumirá. La fórmula está en dar un salto cualitativo hacia otro espacio enteramente nuevo. Alimentarse del modelo actual para aprender, para ver con claridad las consecuencias de andar el camino equivocado, de reforzar aquello que ya nos dice nuestra intuición y sabiduría innata. Desde ahí se trata de crecer, de construir, de tejer redes y unirnos a otros que compartan una misma sensibilidad y llamada al cambio., de tender puentes, de facilitar la transición a los que vienen detrás. De hacer mucho trabajo interior, de perdonarnos, de darnos otra oportunidad, de querernos y de confiar en que aquello que es perverso, opresivo y contra natura, acabará cumpliendo su ciclo, dando pie a un nuevo comienzo cuyas semillas hibernan pacientes a su oportunidad para germinar.

Entonces, ¿cómo creo que debería ser este nuevo movimiento ecologista? Para empezar, prefiero denominarlo, como ya lo hiciera mi propio padre: La Nueva Conciencia. Esta nueva conciencia no parte de la premisa de que el ser humano es un virus o un enemigo a batir y a extirpar de la naturaleza que, una vez liberada de nosotros, podría crecer a sus anchas. Más bien parte de la base de que la naturaleza no es el foco del problema. El fenómeno vital continuará, se reinventará y es mucho más que todas las especies y ecosistemas que hoy pueblan nuestro pequeño y asombroso planeta azul. Somos una mota de polvo, tan pequeños y a la vez tan extraordinarios e ilimitados. Se trata de cómo la naturaleza nos puede salvar a nosotros y no al revés. Luchar contra la desaparición de especies, tratar de mitigar el cambio climático, frenar la desaparición de los bosques solo trata los síntomas, los atenúa pero no trata la raíz de la enfermedad del planeta. Y la raíz somos evidentemente nosotros: una humanidad sumida en una pubertad que podría tornarse suicida. No digo que parte de nuestro esfuerzo a corto plazo no debería ir orientado a paliar los síntomas y evitar que el paciente muera en la mesa de operaciones, pero a medio y largo plazo, debería estar orientado a cómo recuperar el vínculo, cómo construir un nuevo sistema en cuyo centro pivote la Vida -cuya máxima expresión está en el funcionamiento sistémico, auto-organizado y resiliente del planeta Tierra-. Cómo reorientar la educación para la libertad, la creatividad, la curiosidad y para que en definitiva pueda brotar todo nuestro potencial. La naturaleza es el mapa de vuelta a casa, es el espejo que puede, de nuevo, hacernos recordar quiénes somos y como debería ser la Vida. La Nueva Conciencia es la transición a la madurez, no la vuelta a la infancia. Se trata de preservar todo lo bueno que nos ha traído la juventud pero enraizado en valores que orienten y pongan límites a nuestra forma de relacionarnos con el mundo y nosotros mismos. De redescubrir la fuerza ilimitada del Ser.

Creo que cómo parte indisoluble del sistema Tierra, serán los propios límites del sistema los que nos hagan despertar. Creo que esta crisis sistémica, sin parangón en la historia de la humanidad, será nuestra gran aliada para que lo mejor de nuestra especie, tome las riendas y nos libere de nosotros mismos. Sueño, cómo mi padre, con ser un lobo que viva en una tierra no contaminada. El adalid de lo libre y lo salvaje. El símbolo de un pasado que anhelamos y de un futuro que sí es posible.


 “Yo quiero ser un lobo y vivir en una tierra no contaminada, con bisontes pastando en las praderas como aquellos que quedaron pintados en la cueva de Altamira; y cantaría a la luna por la felicidad infinita de vivir en un mundo así

Félix Rodríguez de la Fuente


 

Este artículo, aquí revisado y ampliado. fue originalmente publicado el 24 de agosto 2014 en Mente Sana

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