Mariana Robichaud Castillo
Militante de Izquierda Unida y del PCE


Llevamos semanas confinadas/os. Confinadas/os de forma indefinida. El aislamiento se prolonga una y otra vez. Estamos haciendo una cuenta atrás para la cual no hay fecha fija. La vida ha cambiado, pero el sistema, la cultura, no, y es que no podemos, en unos días, combatir la socialización que llevamos años viviendo y desprendernos de los hábitos que hemos desarrollado para adaptarnos, por obligación, al ritmo de trabajo al que estamos sometidos/as en el sistema capitalista. Esa búsqueda de los empresarios por la productividad inhumana de las/os trabajadoras/es, por el crecimiento desmesurado de forma no planificada, es una dinámica que acaba por condicionar nuestra forma de vivir y de entender la realidad. Es una lógica que se cuela en nuestras vidas, aunque no seamos conscientes de ello, que nos lleva a aplicar a todos los ámbitos esa ansia por producir a un ritmo desorbitado que se nos inculca desde que nacemos. Acabamos reproduciendo estas conductas en nuestro día a día, no únicamente en lo estrictamente laboral. 

Las personas asalariadas, a quienes se nos inflige el miedo a no “dar la talla” en nuestro puesto de trabajo, que tememos el despido, que nos hemos acostumbrado a que se nos exija el máximo rendimiento en condiciones precarias, sin darnos cuenta acabamos incorporando a nuestra subjetividad este modo de ver el mundo, y eso se deja notar en todas las esferas que conforman nuestra existencia, al igual que se deja ver cómo asumimos el discurso de la competencia por la competencia. Al igual que esto, interiorizamos esa idea individualista de que tenemos que superar a otros y otras en todo, sin razón alguna. En el caso de las mujeres, con una autoestima que el capitalismo y el patriarcado se encargan de destruir desde que nacemos, para poder “vendernos” los remedios a dichos problemas (dietas, complementos alimenticios para adelgazar, cirugías estéticas), el vernos las unas a las otras como competencia es algo aun más extendido si cabe, y el buscar de forma desesperada formas de sentirnos realizadas y validadas se vuelve algo obsesivo. 

Por otro lado, tenemos el hecho de que las mujeres hemos sido educadas en un sistema machista que nos enseña que tenemos que vivir por y para otros. Que nos enseña a cuidar sin que se dé una mínima reciprocidad, sin que esos cuidados sean mutuos. Acostumbradas a realizarnos a través de estar siempre pendientes de otras personas, de darlo todo a cambio de poco o nada, de sentir que solo valemos según lo que hacemos por y para otra gente, nos olvidarnos de nosotras mismas. Y cuando nos encontramos solas, aisladas, cuando nos toca estar en casa durante un tiempo indeterminado, podríamos pensar en tomarnos un tiempo, en relajarnos, en parar… Pero nos sentimos culpables si nos concedemos caprichos a nosotras mismas, si pensamos en qué queremos por y para nosotras. Nos sentimos egoístas si, por una vez, pensamos en nosotras mismas. Esto en el caso de que tengamos esa posibilidad. En el caso de que no estemos aguantando en casa a hombres que se niegan a que haya un reparto equitativo de las tareas domésticas, que exigen reconocimiento si en algún momento se hacen cargo de algún tipo de cuidado, o que aun piensan, aunque no lo reconozcan, que todo el trabajo reproductivo ha de recaer sobre las mujeres. Y, sobre todo, en el caso de que no nos veamos confinadas con hombres que ejercen violencias machistas aun más graves contra nosotras. 

¿Cuál es el resultado? Llevamos semanas sobrecargándonos en mitad de una pandemia mundial. Llevamos semanas desquiciadas/os por llenar todas las horas del día con cientos de actividades. Nos sentimos perdidas/os si nos enfrentamos a nosotras/os mismas/os, porque apenas nos conocemos, porque apenas nos paramos a pensarnos. Nos aterra la idea de la soledad, a veces ni nos soportamos sin compañía. No nos damos permiso para descansar. No nos permitimos cuidar de nosotras mismas. Nos odiamos si no hacemos lo suficiente, si no somos suficiente. Queremos demostrarle al mundo y demostrarnos a nosotras mismas, con una sensación de necesidad casi patológica, que no estamos perdiendo el tiempo en absoluto. 

Está bien aprovechar las circunstancias para aprender nuevos idiomas, para desarrollar nuevas habilidades, para hacer el plato más elaborado, para practicar esos hobbies que habíamos abandonado, para apuntarnos a cursos online, para hacer ejercicio siguiendo directos de Instagram, para ayudar y apoyar a nuestros seres queridos en la distancia… Pero también podemos darnos un respiro y permitirnos perder el tiempo un rato. Mantenerse en forma, entrenar la mente o tener una buena dieta son todas cosas positivas, siempre y cuando no se conviertan en algo obsesivo, siempre y cuando no nos ahogue la ansiedad al decirnos a nosotras mismas que, tal vez, nos merecemos un descanso. Si no estás inspirada, no te obligues a crear. Si, aunque estés confinada en casa, no te sientas en todo el día, plantéate por qué. No tienes que salir de esta cuarentena habiendo aprendido a tocar la guitarra, ni siendo experta en ucraniano, ni con diez kilos menos y las piernas más tonificadas del mundo. Respeta tus ritmos. Cuídate. Cuidarse de forma no egoísta también es un acto feminista. Pongámoslo en práctica y reivindiquémoslo.

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