“El día que comes y tu vecino no, la comida ni siquiera sabe a nada”


Imagen: Sani Ahmad Usman en Wikimedia Commons
Desde el aire es tan hermoso: pliegues de verde y lunares de agua, lunares de verde y pliegues de agua, y alrededor todo sequía y arena. Es el lago Chad: un ecosistema de vida en retroceso, amenazado por el desierto… y por la guerra.

Es el lago que ha dado nombre a una de las grandes crisis humanitarias de la última década, la que enfrenta a las fuerzas de seguridad de varios países (Chad, Nigeria, Níger y Camerún) con los grupos yihadistas, que también están enfrentados entre sí.

Sufren los que no se movieron y también los que huyeron. Aquí, la población local, ya vulnerable, debe hacer un gran esfuerzo para acoger a los que escapan del conflicto.

Bol es una ciudad pegada al lago. Bol es una ventana a ese laberinto de islotes que se abre paso en esta región del lago Chad. Sentados en la orilla, los militares miran relajados el horizonte. Es noviembre de 2017. Los niños se bañan, chapotean, juegan y salen del agua con las espaldas relucientes. Hay canoas aparcadas en la orilla y ropa mojada y mochilas escolares secándose al sol.

Ruido de motor. Los niños gritan. Es una de las canoas motorizadas que Médicos Sin Fronteras usa para asistir a la población en dos islas del lago: Fitine y Bugrumi. Se eligieron estas islas porque después de 2015, el peor momento del conflicto, miles de personas huyeron y la gente que no se movió se quedó en una situación complicada, sin casi acceso a ayuda humanitaria. Los obstáculos logísticos son enormes. La cantidad de medicamentos que se puede cargar en la canoa es obviamente limitada. El equipo tarda una hora en llegar a la isla de Fitine, pero según el momento pueden ser dos horas o más.

Es uno de los dilemas humanitarios clásicos. ¿Vale la pena perder tanto tiempo para ayudar a un número limitado de personas? ¿Vale la pena la inversión económica para llegar a un lugar recóndito de Chad? ¿Se podría emplear mejor ese esfuerzo en otro lugar? Se deben hacer cálculos. A veces con la cabeza. A veces con el corazón. Pero siempre sabiendo que la ayuda que va a un lugar no va a otro.

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Hay lugares en los que pasa algo parecido. Para lanzar una operación de ayuda humanitaria en un país que, como Sudán del Sur, tiene muy pocos kilómetros de carreteras asfaltadas, hace falta un importante esfuerzo logístico. Los vuelos encarecen la misión. Los periodistas tienen un problema similar: es difícil convencer al editor de que un reportaje sobre Sudán del Sur vale la pena, y es mucho más difícil convencerlo cuando sabe cuánto le va a costar. Reportear desde Sudán del Sur es caro. Yemen es otro caso extremo: puede haber motivos geopolíticos por los que se habla menos de esta guerra, pero la dificultad de acceso (visados y logística) y el bloqueo a oenegés y medios por parte de los actores en liza lo complican todo más aún.

Son algunos de los rincones del mundo donde más se sufre y donde es más difícil llegar: una ciudad del norte de Yemen controlada por los hutíes, una ciudad de Sudán del Sur en disputa con reservas de petróleo por medio, una isla del lago Chad.

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En Kulkime, a las orillas del lago Chad, decenas de personas esperan su turno bajo una tienda de campaña para entrar en una clínica móvil. Uno de ellos es Alaji Dongol, de 60 años.

“Boko Haram atacó nuestra aldea y tuvimos que venir aquí. Llevamos nueve meses en el campo. Vinimos sin nada, con lo puesto”, dice Alaji.

Parece otra historia más de desplazamiento humano, pero la historia de Alaji tiene una particularidad: su pueblo, Garai Ron, era una isla. Alaji es pescador: su sustento, como el de miles de personas, era la pesca, tanto para alimentarse como para hacer negocio. Ahora se halla fuera de su hábitat y no se atreve a volver a casa, porque los yihadistas buscan refugio entre las islas y las zonas frondosas, donde los ejércitos tienen más complicado el acceso.

“Aquí nos vemos obligados a pedir comida a la gente. Y no hay utensilios para cocinar. Antes pescaba y ya no puedo. Ni siquiera hay redes de pescador”.

A su lado está Dungu Maskena, de 60 años. También es de una isla: la de Uro. Lleva un chal negro y rosa. “Boko Haram mató a tres de mis hijos y a mi marido en Uro. Me ataron con una cuerda para que no los ayudara”, dice mientras muestra cicatrices en las muñecas y en los brazos. Le quedan cuatro hijos y ahora está en el campo de Kulime con su cuñado. “Aquí tengo que ir a buscar comida, dependemos de la ayuda humanitaria por completo. Pedimos comida en otros pueblos… Jamás volveré. Tengo miedo de volver”.

Si alguien aterrizara aquí de golpe, le sería difícil, entre el calor desértico y las dunas, adivinar que el agua del lago está aquí, muy cerca de aquí. A pocos kilómetros se halla un campo de desplazados que se cobijan bajo árboles grandes y sabios. Hay niños que juegan entre los árboles, hay cabañas de paja con vistas al lago. Desde allí se pueden adivinar, en el horizonte, esas evocadoras islas que la guerra les ha robado.

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Nuestras cabezas están compartimentadas. Pensamos en tantas cosas del mundo contemporáneo por separado. Por ejemplo: el clima, los conflictos y los movimientos de población. Una relación que no había explorado de verdad hasta que llegué al lago Chad y vi el desierto implacable alrededor de una zona de islas castigada por la guerra.

Desde el lago, si se sigue la ruta de los comerciantes, se va dejando atrás el verde y empiezan los arbustos y las dunas, camellos y más camellos y a veces cabras. Ni rastro de vida humana. Hasta que, de repente, como si fuera un oasis, aparece el campo de Diameron, donde había más de 10 000 desplazados a causa del conflicto en el momento de mi llegada.

Aquí no hay tiendas de campaña: solo casas humildes construidas con ramas y cañas. Como la de Yande Omar, que está dividida en dos ambientes. En la sala de estar cuelgan ollas tiznadas de las cañas, hay un juego de té y sacos y botellas en el techo. Al otro lado, una estancia más oscura, que usa de dormitorio y cocina: los utensilios y las ollas están perfectamente ordenadas, la pulcritud es extrema.

“Boko Haram nos atacó en plena noche. Usaban a niños para hacerlo, que quemaron nuestras casas”, dice Yande. “Vivíamos en Kofia, en una isla del lago Chad. Huimos a este campo. No teníamos camellos ni asnos, así que vinimos a pie. Tomé a mis hijas de la mano y vinimos caminando, con el equipaje en la cabeza. Tardamos dos días”.

¿Por qué toda esta gente se refugia en el desierto? La respuesta que todo el mundo repetirá: porque solo aquí se sienten seguros. La mayoría proviene de pueblos que están en las islas del lago Chad, que se convirtieron sobre todo desde 2015 en un escondite yihadista y en un lugar donde las fuerzas de seguridad lanzaban ofensivas.

“Dos tercios de la comunidad del campo no tiene comida. Por eso hay incluso gente que intentó irse otra vez a trabajar el campo, pero volvió sin nada”, dice Yande.

Cerca de la cabaña de esta mujer vive el líder comunitario (boulama) Mbo Chari. Cuenta que primero fue un ataque de Boko Haram lo que hizo huir a su gente de una isla del lago Chad. Llegaron a otra isla y entonces fueron las autoridades militares las que pidieron que abandonaran la zona. Y así llegaron a Diameron.

“Fueron dos días a pie. Algunos de nosotros vinimos en camellos”, dice el boulama. “Ahora mismo la situación de seguridad en el campo es buena, pero no tenemos nada para comer. No hay campos para cosechar, no hay nada”.

No hay nada. Y no solo es por la guerra. La desaparición del hermoso lago Chad es imparable: ha perdido un 90 % de su superficie desde la década de 1960. Antaño uno de los grandes lagos de África, ha pasado a tener menos de 1500 kilómetros cuadrados de superficie, algo que se debe a la sequía causada por la falta de lluvias y también al desarrollo de sistemas de irrigación modernos para la agricultura industrial. Un desastre ecológico que hace que las millones de personas que viven en la región, muchas ya desplazadas por el conflicto, vean cómo desaparecen recursos naturales y posibilidades de pesca. La degradación del suelo cultivable afecta directamente a sus vidas. Fuente de agua para millones, el lago Chad ha pasado de una dimensión oceánica por la cual transitaban barcos de pesca a ocupar una superficie mucho menor y marcada por el conflicto. Los mercados de pescado han sido sustituidos por asentamientos de gente huyendo de la guerra. Aquí no se puede ya separar una cosa de la otra: la desertificación está ligada al conflicto y a los movimientos de población, ya que las personas que huyen de los combates lo tienen mucho más difícil para reconstruir sus vidas.

Vamos hacia un mundo en el que ya será imposible ignorar la intersección entre clima, conflicto y medioambiente. Como en el lago Chad.

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En el campo de desplazados de Diameron oigo la misma historia en boca de tantas personas durante mi visita a la zona: la de una huida hacia el desierto. Una huida hacia la nada, pero que es la única posible, porque en las islas los yihadistas tienen mucha presencia.

Kane Adam, de 45 años, es uno de los residentes del campo. Lleva una gran túnica blanca: es alto y fuerte. Es de Talea, una de las islas del lago. Kane explica el éxodo de su familia.

“Dos de mis hermanos fueron asesinados en el conflicto. Tuvimos que salir todos de aquí. Salimos en piraguas de la isla y después vinimos a pie y en camellos. Cuatro de mis hijos ya son grandes, así que se echaron al cuello a los más pequeños”, dice. Fue un amigo que tenía en tierra firme quien trajo camellos para la familia e incluso les dio alimentos una vez llegaron al campo de Diameron.

“Cuando estábamos en la isla, éramos agricultores y pescadores y vendíamos los productos en Nigeria. Pero cuando Boko Haram llegó, se acabó. Huimos. Fuimos en piragua a otro pueblo. Nos instalamos allí, pero Boko Haram también llegó y nos fuimos otra vez”.

Como otros miles, huyeron esta vez más lejos, desierto adentro, hasta el campo de desplazados de Diameron. La historia de Kane ilustra por qué es tan importante fijarse en ese espacio donde se tocan las consecuencias de la guerra (la huida) y de la emergencia climática (la desaparición progresiva de un lago). Kane huyó hasta el campo de Diameron, ese que parece un espejismo en medio del desierto, para salvar la vida. Pero hay algo más. Dice Kane que sus abuelos vivían en esta misma zona hace décadas. No se habían refugiado aquí de la guerra, sino que vivían aquí… porque el lago llegaba hasta aquí. ¡Aquí pescaban!

Donde antes había agua dulce, ahora solo hay dunas y camellos. La familia de Kane pertenece a una comunidad de pescadores, y este es uno de sus paraísos perdidos. En el desierto no se saben desenvolver: están aquí a causa de los combates, ese es el único motivo. Sin ningún otro sustento, su dependencia de la ayuda humanitaria es absoluta en el campo. Necesitan más ayuda, me insiste. Pero en medio de la explicación de la catástrofe, Kane dice una frase que me deja pensando largamente. Me imagino la escena que describe: es tan real que casi la puedo ver allí mismo, en este campo lleno de personas que huyeron del desierto. Una escena que explica el concepto de solidaridad de una forma bella, cruda y directa.

“El día que comes y tu vecino no, la comida ni siquiera sabe a nada”.

Artículo redactado por Agus Morales, escritor y director de 5W.

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