Redacción

Jesus González Pazos, miembro de Mugarikgabe

Recurrentemente en los últimos años se ha escrito mucho sobre la pretendida sociedad de la información en la que vivimos. La extensión hacia los últimos rincones del planeta de internet y las redes sociales nos han llevado a esa percepción. La prensa tradicional escrita, radial o televisiva, aquella que en las últimas décadas nos proveía de la información necesaria para saber qué ocurría en nuestro mundo inmediato y en el más lejano, parece que se aboca a su desaparición o, en el mejor de los casos a su radical transformación. La modernidad informativa nos lleva a nuevas cotas donde ya no hace falta esperar a la mañana para comprar el periódico, o a los noticieros horarios para, bien en radio bien en televisión, tener cumplida información de los hechos más relevantes de la jornada. Ahora en cualquier momento podemos acceder a la prensa digital y a una multitud aplastante de datos sobre lo que ocurre en el mundo o sobre el más inimaginable abanico de temas relevantes o irrelevantes.

Por eso se afirma que vivimos en la sociedad de la información aunque, y a pesar de lo extraño que pueda parecer, quizás podamos convenir también que esa es una afirmación que contiene una paradoja evidente, pues tal cúmulo de información nos desinforma. Para sostener esta idea hay dos razones inmediatas que nos llevan a ello. De una parte, la gran abundancia de información que, en simple apariencia, nos asegura que la sociedad está necesariamente informada; de otra parte, la manipulación y concentración de la información que limita brutalmente las fuentes posibles que nos acercan esa información en términos de cierta objetividad y diversidad de puntos de vista.

En el primer caso, en relación a la abundancia de información, hoy en día ésta es de tal magnitud que nos sentimos abrumadas por su cantidad y por su velocidad. Así, dar seguimiento a una noticia o temática nos lleva a estar en constante conexión para acceder a todo lo que se puede publicar, decir, comentar sobre la misma. Todo ello hasta el punto de que posiblemente esa misma abundancia de información nos hace alejarnos de la misma en una especie de saturación y hastío. Y por eso mismo, la posible contradicción que radica en decir que este cúmulo de información nos empuja a la desinformación, no necesariamente es tal.

Respecto a la manipulación y concentración, esta característica es más evidente. La información que hoy manejamos nos llega en la inmensa mayoría de las situaciones filtrada, manipulada, utilizada o tergiversada desde aquellas fuentes que hoy son controladas por cada vez menos grupos mediáticos. Los consejos de administración de los grandes medios, en la mayoría de las ocasiones controlados a su vez por consejos de administración bancarios y financieros, establecen las líneas editoriales de estos grupos, restringen o eliminan fuentes, y crean y recrean verdades en base a sus intereses políticos y económicos. Casi se puede hablar ya de latifundios mediáticos. Condicionan de esta forma las fuentes y las líneas editoriales de los pequeños medios y, en suma, consiguen así manejar, orientar, encauzar la casi totalidad de la opinión pública de cualquier sociedad. De esta forma, cuando interesa centrar el interés de esa opinión en un sentido concreto, o desviarla de otro, generarán la cantidad necesaria de información controlada que nos orienta en el interés que a ellos más interesa.

Tomemos un tema con el que podamos ejemplificar claramente lo expuesto hasta aquí y veamos cómo funciona esa hipotética sociedad de la información. Se puede afirmar que en los últimos años asistimos a una continua y constante manipulación sobre la migración de las personas hacia Europa. Ésta se produce por parte de la inmensa mayoría de los medios de comunicación, al servicio de intereses políticos y económicos, en cuanto a la presentación y orientación de la información se refiere.

Hace unos tres años que se inició un amplio desplazamiento migratorio de personas refugiadas de las guerras en Siria o Afganistán, de la miseria en Eritrea o Sudán; miles de mujeres y hombres que llegaban hasta las puertas de Europa en busca de una vida más digna que la que les obligaba a abandonar sus respectivos países. La reacción inmediata en la sociedad europea fue de una enorme solidaridad y exigencia a los estados para que, en ejercicio de los derechos humanos, proveyeran las políticas necesarias para responder política y humanamente a estas personas. La sociedad empatizaba directamente con la situación de los y las refugiadas y simpatizaba con sus demandas, derechos y necesidades; al mismo tiempo, empezaba a cuestionar las responsabilidades de los gobiernos europeos en las causas últimas de la generación de esos empobrecimientos en África o de las guerras en el medio oriente que originaban a su vez estas migraciones de millones de personas.

La alarma salta inmediatamente en las élites políticas, económicas y mediáticas y cada cual pasará a cumplir su rol para desactivar esta situación que calificaron rápidamente como peligrosa para el status quo dominante. Pero, al mismo tiempo, esto que ocurría a las puertas de Europa, les serviría también para desviar la atención de la sociedad de otros graves problemas internos como la situación del sistema neoliberal y el desmoronamiento de la idea de la unidad continental, que atravesaban una de sus crisis más duras y cuyas consecuencias traían una ola de privatización de lo público, precarización de la vida y pérdidas de derechos de estas mismas sociedades europeas que siempre se pensaron a salvo. Y todo ese cuestionamiento suponía igualmente el resurgimiento de los movimientos de protesta social que habían permanecido adormecidos durante décadas en la aparente comodidad y seguridad del estado de bienestar que ahora desaparecía.

A partir de ahí se inicia el bombardeo informativo de noticias sobre la emigración, al tiempo de la manipulación más burda sobre sus peligros para las esencias europeas. Interesa construir en la población la sensación de peligro a su bienestar, aunque éste realmente esté causado por las medidas neoliberales y no por los flujos migratorios. Esto es, crear y recrear las condiciones idóneas para el populismo conservador o, directamente fascista, poniendo en el punto de mira a estas personas en vez de a las élites, verdaderas causantes de la crisis que Europa atraviesa en múltiples sentidos. Y para ello juega un papel determinante el uso y abuso de la información. Por ejemplo, cuando se presentan informaciones periodísticas sobre la situación de las personas que migran hacia Europa cruzando el Mediterráneo, de Libia hacia Italia o de Turquía a Grecia, y seguidamente otras informaciones que hablan del funcionamiento de las mafias que trafican con estas personas. Aunque parezcan informaciones directamente relacionadas y, por lo tanto, bien presentadas, en realidad lo que se pretende es trasladar la imagen, y así se empieza a percibir por la población, de que tanto quienes migran como quienes trafican con migrantes son parte del amplio mundo de la delincuencia. Se consigue así incidir en las sociedades europeas en la pérdida de la solidaridad y que ésta sea sustituida por la preocupación por la seguridad ante la ficticia y amenazadora invasión. Son millones y millones quienes pretenden entrar en Europa y, además, son delincuentes. De donde se desprende que más vale cerrar fronteras, levantar alambradas y respaldar las políticas restrictivas de derechos de los gobiernos que mantener la crítica al modelo y la solidaridad entre los pueblos.

Podemos afirmar así que en esta sociedad de la información una gran parte de los medios de comunicación masiva controlados, como ya se ha dicho, por las élites económicas contribuyen a asentar una mentalidad localista en la que, bien no importa lo que ocurra fuera de nuestro entorno más inmediato, con la consiguiente despreocupación por el otro, bien aceptamos sin cuestionamientos lo que nos cuentan de los otros y los políticas dirigidas contra ellos. Todo para hacer más manipulable la mentalidad social (ideología), lo que tiene como resultado directo una fascistización de las sociedades europeas desde un sistema hegemónico que cada día que pasa ve su dominio más amenazado.

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