Iria Bouzas

Necesito empezar este artículo recomendándoles el último programa de Salvados sobre la depresión “Uno de cada cinco“.

Parece mentira que a estas alturas de la película todavía tengamos que estar normalizando los temas de salud mental cuando deberían estar ya plenamente integrados en nuestras vidas como algo que viene implícito en la condición que tenemos como seres humanos.

Si hubiésemos nacido dioses probablemente no tendríamos que preocuparnos de caer enfermos o de encontrarnos mal, pero como somos personas, tenemos que aprender a vivir con nuestros problemas y para ser lo más felices posible, necesitamos aceptarlos.

Me resulta curioso que nos cueste tanto aceptar como normal la enfermedad de las personas, cuando vivimos en una sociedad que está profundamente enferma. Enferma de vanidad y de mentira. Enferma de hipocresía. Una sociedad en la que cada día se premia con más intensidad la falsedad de mantener frente al mundo una imagen distorsionada de nosotros mismos para ser aceptados y sentir por un segundo, el reconocimiento de los demás.

Las redes sociales, los medios de comunicación o los anuncios. Hacia donde quiera que miremos estamos rodeados de personas perfectas que viven vidas perfectas. Seres más próximos al plástico que a la carne y al hueso. Personas captadas en imágenes rebosantes de felicidad, salud, éxito, juventud y belleza.

Después de ver tanta perfección, cuando nos quedamos a solas, nos encontramos a nosotros mismos. Nos encontramos con unas personas llenas de problemas. Personas que a veces enferman, personas que envejecen, que lloran y que muchos días no saben ni como seguir adelante con sus vidas.

Y como los seres humanos tenemos esa necesidad ancestral de ser aceptados por el grupo, comenzamos a esforzarnos para sentirnos integrados. Así que cuando nos vamos con un amigo a tomar un café, en vez de abrir el alma para permitir que entre a darle calor el cariño de quienes nos quieren, nos dedicamos a hacernos fotos compulsivamente para subirlas a nuestras redes sociales y que el mundo sepa lo felices y perfectos que somos también.

Hacemos dietas, nos ponemos cremas y nos metemos en quirófanos mientras nos repetimos una y otra vez que así nos sentiremos mejor. Pero en esta vorágine de ser guapos, alegres y perfectos, no existen ni el tiempo ni el lugar para estar enfermos. No hay espacio para la debilidad humana en un mundo donde la propia humanidad se considera un lastre.

Si en algún momento caemos derrotados, la sociedad nos gritará que es obligatorio hacernos fotos sonriendo ante nuestra adversidad. Así el resto del mundo podrá definirnos como “héroes” y podrá olvidarse a reglón seguido de nuestro sufrimiento y de lo mucho que le incomoda.

¡A nuestra sociedad enferma le incomodan nuestras enfermedades!

Lo que me parece más terrible de toda esta situación es que hayamos llegado al punto en el que, al sufrimiento intrínseco de cualquier enfermedad, le tengamos que añadir un sufrimiento tan gratuito y evitable como es el de la incomprensión de los demás. Cuesta entender el sistema de valores que hemos creado que responsabiliza al enfermo presionándole para que oculte a nuestros ojos  su “molesta enfermedad”, cargándole así con una mochila al añadir a su, ya pesada carga, un extra de culpabilidad.

En este viaje hacia la tumba que se llama vida, hay que ser muy gilipollas para despreciar o culpabilizar a alguien por ser vulnerable. Gilipollas y un aprendiz de infeliz crónico además.

Estoy convencida de que el último programa de Salvados ha sido una cura de comprensión y alivio para muchísimas personas que además de sufrir por sus problemas, lo hacen por la sensación de marginación y olvido al que se sienten sometidos.

Si tú que me estás leyendo tienes depresión, ansiedad, fobias, TOC, bipolaridad, esquizofrenia o cualquier otra enfermedad, solo te voy a pedir que cuando vayas a sentirte peor por lo que creas que piensan los demás recuerdes esto:

“Eres una persona perfectamente normal. ¡Tú eres de verdad!. Ellos, los que te juzgan, solo son una gran mentira”

 

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