Iria Bouzas

En todas las profesiones existe la endogamia en mayor o menor medida. Supongo que este fenómeno viene dado por aquello a lo que Durkheim llamaba la “solidaridad orgánica”, es decir, que las personas tendemos a crear lazos de unión y solidaridad entre nosotros en función de nuestras actividades y de lo que necesitamos de los demás, en vez de hacerlo en función de un sistema de valores compartido.

La endogamia es como cualquier otro defecto, algo inherente al ser humano y algo que es por tanto inevitable.

Pero no por inevitable me parece algo que debiéramos aceptar sin cuestionárnosla y tratar de corregirla como el lastre que para el progreso eso supone.

Y parecería desde fuera, que el oficio este de las palabras debería encontrarse a salvo de este mal vicio de cerrarse en banda ante los “extraños”, ya que a lo de juntar letras desde siempre se le ha presupuesto una creatividad que debería ir acompañada de una elevada amplitud de miras, pero la realidad es que no, es tan o más endogámica que cualquier otra profesión.

En cualquier profesión, el hecho de consagrarse no debería implicar más que el paso del tiempo sobre el trabajo bien hecho. No tiene ningún sentido que entendamos que el reconocimiento laboral le asigna a un escritor o a un periodista el estatus de “portero universal de discoteca” del oficio y que les permite ser ellos los responsables de decidir quien entra y quien no.

El reconocimiento no les asigna tampoco, ninguna categoría especial como jueces de las palabras más allá de la que tiene cualquier otro lector de las mismas. El único juez de un texto es la persona que lo lee, independientemente de que la profesión de dicho lector sea la de fontanero o la de director de un periódico.

Otra cosa bien distinta es el estatus de profesor. No existe una sensación de gratitud mayor que la que provocan la atención y los consejos de aquellos a los que consideras tus referentes. En ese caso sí, su talento, su trabajo y el tiempo les otorgan la condición de maestros. Condición que pueden y que deben ejercer con todos los honores del mundo.

Últimamente leo demasiadas columnas y demasiadas críticas en las redes de autores consagrados ante lo que ellos consideran una invasión de una pandilla de advenedizos a los que sienten que deben de poner en su sitio. Sitio, por cierto, que prefiero no saber donde consideran su excelencias que está ubicado.

Para los que amamos las historias y las palabras casi por encima de cualquier cosa, las puertas abiertas que nos han traído los nuevos tiempos en las actividades relacionadas con la escritura nos han supuesto un avance estupendo por la entrada de aire fresco.

Nuevos autores, nuevas firmas, nuevas historias y nuevas opiniones que no restan un ápice de mérito ni de valía a las que ya existían, simplemente que se suman.

La vida nos pone zancadillas constantemente y para muchos, entre los que me encuentro, las palabras son el bastón del que nos ayudamos para seguir adelante. No tiene sentido pretender que nuestro punto de apoyo sea algo raquítico solo por mantener a salvo ciertas inseguridades y algunos egos muy mal gestionados.

En la facultad tenía una profesora que intentaba humillarnos a los alumnos constantemente recordándonos lo poco que sabíamos de todo. Un día, harta de tanto desprecio me planté y le dije que “lo único que nos diferenciaba a ella y a nosotros era, que nosotros no habíamos tenido tiempo de llegar a estar sentados en la silla en la estaba ella dándonos clase”

Es cierto que no todo el mundo puede llegar a donde están los autores consagrados, pero es que tampoco es necesario.

Aquí, lo verdaderamente importante, debería ser que todo el que tenga algo que contar y quiera contarlo tenga la oportunidad de hacerlo. Luego ya decidiremos los lectores si nos gusta no, y ya le daremos nosotros a su autor un sitio en la Historia o en el olvido.

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