Cynthia Duque Ordoñez

Memorias del Apartheid

Mi intención es apartar la podredumbre viscosa, vertida, que impide ver el océano azul, que nos impide analizar sus claras aguas bajo el fango. Lo cual se debe hacer desde la rabia paciente de quien conoce a su adversario y no dispara sin antes analizar sus posibilidades de éxito. De esta manera debemos analizar el Genocidio de Palestina, contextualizando los sucesos de los últimos días en una represión que dura 70 años y no en hechos puntuales y anecdóticos de un Estado de guerra sino de una operación de limpieza racial.

“En Gaza pruebas métodos no letales y no funcionan” dice Benjamin Netanyahu refiriéndose a los más de 60 muertos y 3000 heridos que dejaron las fuerzas y cuerpos de seguridad de “Israel” al disparar, maltratar y gasear manifestantes palestinos en Gaza -una Gaza ocupada, perteneciente a la Autoridad Palestina-, al tiempo que culpaba a Hamas de la masacre.

Curioso criterio de imputación de la culpabilidad el utilizado por quien ordena al ejército abrir fuego contra civiles. Curioso aquel que culpa a un partido político de sus propios crímenes cuando carga y apunta con su arma a familias enteras. El mundo lleva décadas haciendo la vista gorda a las masacres de los sionistas en Palestina y ahora ellos se han creído sus propias mentiras una y mil veces repetidas. Nosotros se lo hemos consentido.

Cada niño muerto, joven mutilado o bebé gaseada son parte de una estrategia económica y política que empezó incluso antes de 1948 y cuyo último episodio ha sido la matanza de manifestantes palestinos mientras a escasos kilómetros Ivanka Trump inauguraba la nueva embajada de EE.UU en Jerusalén, la histórica capital de Palestina, quebrada por el Sionismo con el beneplácito de Occidente para su mejor ocupación y expulsión de los “no judíos”. ¿O acaso alguna potencia europea ha sancionado económicamente a “Israel”? Más bien les temen en el mejor de los casos.

Nada, ningún ataque, es producto del azar, ni mucho menos el cambio de emplazamiento de la embajada norteamericana responde a la calentura de un loco. Desentrañemos lo oculto.

Se llama supremacismo blanco

El 2 de noviembre de 1917 el ministro de Relaciones Exteriores británico Arthur James Balfour dirigía una “carta de intención” al diputado conservador y banquero Lionel Walter Rotschild, para que éste se la hiciera llegar a su amigo de Haim Weizman, líder de la rama británica de la Organización Sionista Mundial y futuro primer presidente de Israel. El 8 de noviembre la carta se publicó en la prensa británica. Sería conocida como la Declaración Balfour a partir de entonces, en ella se acordaba la creación de un Hogar Nacional Judío en Palestina.

La Declaración Balfour, un documento de 67 palabras, inició el entramado geopolítico que culminó con la creación del ficticio Estado de Israel. En ella el gobierno británico declaraba su compromiso con el sionismo: “El gobierno de Su Majestad considera favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y utilizará sus mejores esfuerzos para facilitar la consecución de este objetivo”. Poco le importó a Gran Bretaña el derramamiento de sangre que vendría después como poco le ha importado matar de hambre a sus colonias y hacer todo lo posible para desbaratar su autodeterminación y descolonización, obligación que se consolidó tras la Resolución 1514 XV (1960) para todas las colonias y países ocupados.

El Estado de Israel era y sigue siendo fundamental para los proyectos occidentales en Oriente Medio, de ahí su beligerancia contra sus vecinos árabes a los que bombardea e invade en guerras apoyadas por EE.UU. El documento prueba la artificialidad de Israel y su falta de legitimidad sobre Palestina. Es un ente creado de la nada para servir de satélite de Occidente en una zona desde la que se controla Europa, Asia y África.

En 1917, la población judía de Palestina era inferior al 10% del total de su población. La Declaración Balfour toma la política colonial racista de la denegación, negar la existencia de un Estado existente, de una forma de gobierno preestablecida y armónica y de un pueblo que habitaba su territorio (Palestina era un Estado a todos los efectos, contenía los tres elementos esenciales de todo Estado: un territorio, una nación y una forma de gobierno).

Un error habitual inducido por el Sionismo en el subconsciente europeo y norteamericano es aquel que identifica a los palestinos con “musulmanes rabiosos que idean formas de acabar con los judíos por motivos religiosos”. En Palestina durante siglos han convivido cristianos y musulmanes, es más, esos cristianos y musulmanes descienden de las tribus hebreas (semitas) que primero se convirtieron al cristianismo y después al islam por el devenir de la historia. Sería más correcto afirmar que la población árabe palestina -autóctona- fue desplazada como resultado de un maquiavélico plan para ser sustituidos por europeos judíos.


El pueblo palestino era propietario de más del 97% de la tierra que Reino Unido pretendía regalar. La Declaración se refería a los palestinos cristianos o musulmanes como “las comunidades no judías que existen en Palestina” al tiempo que omitía por completo sus derechos nacionales y políticos.

La Declaración es típica del estilo supremacista blanco de la época y encaja con la noción ficticia, como he demostrado antes, de “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, creada para justificar la colonización europea y la negación de los derechos fundamentales de los palestinos. Reino Unido como acostumbra a hacer se comportó de manera egocéntrica y narcisista, cediendo por motivos económicos y partidistas un país ajeno mientra “vigilaba” que Palestina por mandato expreso de la Sociedad de Naciones adquiriera su total independencia del Imperio Otomano quien mantuvo el control de Palestina desde 1922, hasta finales de la Segunda Guerra Mundial.  

Al estallar la Primera Guerra Mundial, Inglaterra prometió la independencia de las tierras árabes bajo el yugo otomano, incluida Palestina, a cambio de su apoyo contra Turquía, aliada de Alemania.


En enero de 1919, el sionista británico Chaim Weizmann, respaldado por la Declaración Balfour, acudió a la Conferencia de París para defender una Palestina “tan judía como Inglaterra es inglesa”. En dicha Conferencia Palestina se opuso frontalmente a la declaración porque contravenía el acuerdo que ellos habían firmado con Gran Bretaña para conseguir su plena autonomía. Esta artimaña política propulsó las ideas políticas de un reducido número de judíos, más bien una secta, denominada Sionismo, que no era actual ni mucho menos, sino que se remontaba a 1878. A partir de esa fecha procedentes del este de Europa 25.000 inmigrantes ilegales judíos se asentaron en Palestina financiados por el barón francés Edmond Rotschild.

La Liga de las Naciones en 1922 por mandato avaló la creación del Hogar Nacional Judío. Pese a las manifestaciones, huelgas y movilizaciones de la población local la tierra fue confiscada y aumentó la inmigración ilegal, con el objetivo de aumentar la escasa población judía y justificar sus aspiraciones territoriales.

Esto sucedió en un momento en el cual el principio de “autodeterminación para los pueblos del Imperio Otomano” estaba consagrado en los “Catorce Puntos” del presidente estadounidense Woodrow Wilson. Lloyd George abrazó estos principios al tiempo que negaba este reconocimiento internacional del pueblo palestino.

Una enseñanza de dignidad

El fin de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo la aprobación por Naciones Unidas de la Participación de Palestina en la Asamblea (Resolución 181). Los palestinos que constituían el 70% del total de la población y tenían el 92% de la tierra, fueron reducidos al 43% del territorio. El resto fue entregado a la población inmigrante judía que constituía el 30% de la población y sus propiedades alcanzaban al 8% de la tierra. Jerusalem, hoy en conflicto, sería el 1% que se consideraría como zona internacional.

El gobierno británico publicó el Libro Blanco para restringir la inmigración judía y desplegarse del territorio a lo largo de diez años al cabo de los cuales Palestina sería independiente. Los sionistas rechazaron el acuerdo y se organizaron en milicias, lanzando una sangrienta batalla contra palestinos y británicos que acabó el 9 de mayo con la invasión de Deir Yassin.  Un destacamento organizado por Menahem Begin de la organización paramilitar Irgun entró en la ciudad, barrio por barrio, calle por calle sacaron a los hombres, mujeres y niños de sus hogares con lo puesto. Los que se resistieron a abandonar sus pertenencias y sus casas fueron puestos en fila y ejecutados. Varios centenares de hombres fueron fusilados como escarmiento y advertencia para que otros pueblos no se resistieran. Si Hitler los hubiera visto la “hazaña” de los sionistas se hubiera sentido orgulloso de ellos. Solo un bando tenía armas de fuego.

Familias a punto de montarse en los vagones que los llevarían a los campos de concentración nazis.
Familias huyendo de los sionistas para no ser encerrados en campos de concentración israelies.

Otros pueblos vendrían después siendo invadidos frente a la pasividad y “neutralidad” internacional. Cuando las milicias sionistas llegaron con sus banderas blancas a la aldea de Iqrit  – aldea cristiana de la frontera con el Líbano– entraron abriendo fuego. Sus habitantes que hasta entonces habían escuchados rumores de lo acontecido en Deir Yassin temieron por sus vidas y corrieron sin nada, sin recuerdos, sin ropa, sin nada. Algunos pudieron llevarse algunos animales. Eran aldeas dedicadas a la agricultura y la ganadería.

Los que se resistieron fueron arrojados a camiones militares y llevados a campos de “refugiados” creados por el nuevo “Estado de Israel” para los palestinos.

La población civil de un campo de trabajo en Ramleh, julio de 1948. (Foto: Salman Abu Sitta, Palestina Sociedad de la tierra).

 

Una vez no quedaban habitantes en las aldeas, éstas en 1951 fueron derrumbadas por Israel, sobre ellas construyeron lo que hoy conocemos como asentamientos ilegales. Solo quedó en pie su iglesia a la que se arriesgan a ir en alguna ocasión, a pesar de que si los cojen los encerrarían en los campos de “refugiados”, para enseñar a sus hijos y nietos sus orígenes.

La mayoría de aquellos palestinos expulsados de sus aldeas prefieren no huir a otros países, porque si huyen perderían la única herencia que pueden transmitir: su historia y dignidad.

El 14 de mayo de 1948 los judíos proclamaron el Estado de Israel. Al día siguiente estalló la guerra en Oriente Medio. Palestina fue dividida en tres partes, Cisjordania, Gaza y la ocupada por los sionistas -Israel-, sin embargo a día de hoy toda Palestina está ocupada y los que se resisten a dejar sus tierras son perseguidos y detenidos al punto de tener que operar en la clandestinidad.

Según Naciones Unidas solamente en el mes de mayo 750.000 palestinos fueron desplazados, obligados a huir de sus hogares a punta de fusil. Muchos acabaron en campos de refugiados viviendo durante décadas en tiendas de campaña rodeadas de alambradas y otros muchos se exiliaron en los países vecinos soñando con el día en el que se haga justicia.

No se les permitió volver legalmente, habían perdido su nacionalidad, algo prohibido en el Derecho Internacional, pero algunos volvieron para que el sangriento crimen perpetrado no se convirtiera en el derecho a ocupar una tierra “deshabitada”.

Palestinos emprendiendo el éxodo masivo de Deir Yassin. Más tarde el éxodo sería conocido como Nakba.

Ayer me preguntaba si el Derecho Internacional Público servía de algo, hoy tengo claro que sirve a los intereses del más fuerte, pero no al más justo: que sirve al que puede comprar gobiernos, que sirve al opresor, pero que no sirve al oprimido. Tengo claro que la ONU es cómplice del Holocausto de Palestina y que su rechazo a la masacre de palestinos de los últimos días a manos de Israel solamente responde a intereses propagandísticos. Conviene que el mundo piense que pararán las masacres que no han parado en cien años, pero antes de que la mayoría recuerde a Palestina sangrando habrá aparecido una nueva noticia que ocupe los titulares y por ende nuestras mentes.

¿Qué podemos hacer para que no caiga en el olvido el genocidio sobre Palestina?

Informarnos a diario, presionar a empresas y gobiernos para que sancionen al falso Estado de Israel y boicotear la economía israelí y a todos los que hagan negocios con ellos. El antiguo código de barras de los productos “israelies” obtenidos de la ocupada Palestina empezaba por 729, hoy por 871 . No quiero mis manos manchadas de sangre. ¿Y tú?

Un mundo justo es posible si luchamos todas juntas.

 

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