Julio Ortega Fraile Siglo XVII: La Santa Inquisición torturaba y mataba con absoluta impunidad. La peste, presente ya desde hacía más de doscientos años, seguía asolando a toda Europa y las razones que se aducían variaban desde un castigo proveniente de la ira de Dios hasta la conjunción de los planetas Marte, Júpiter y Saturno en la Constelación de Acuario. Los señores medievales ejercían la violencia sexual como si de un derecho se tratase. Aun prohibidos por la ley los duelos a primera sangre o a muerte, en función de la “afrenta”, eran una práctica muy corriente y aceptada. Los barberos realizaban sangrías a enfermos…

La revista cinegética Jara y Sedal intenta utilizar a su favor la afición a la caza del protagonista de una novela publicada a comienzos de ese siglo: Don Quijote de La Mancha. Pero es que convencida de haber encontrado en esa filia del hidalgo la kryptonita para debilitar y anular al movimiento por los derechos de los animales, se permite ironizar asegurando que así es “Queramos o no los animalistas, ecologistas de salón y anticaza varios”.

Yo comprendo que a falta de justificaciones avaladas por la razón y la ética en el Siglo XXI deban rebuscar entre las supersticiones y atrocidades que estaban vigentes en el pensamiento y en los actos cuatrocientos años atrás, y entiendo que no son capaces ni de darse cuenta de que esa misma estrategia les deja en evidencia, porque demuestra que en el presente no son más que vestigios morales y conductuales de un pasado que si entonces podría explicarse por los conocimientos y circunstancias de la época, hoy es tan anacrónico y absurdo como quemar vivo a un gato negro por considerarlo la encarnación del demonio.

Al final, con este tipo de declaraciones no hacen sino refrendar lo que venimos diciendo: que son seres primitivos en lo que a sus apetitos se refiere,pero como no pueden alegar enajenación mental porque cuando en alguno de sus frecuentes accidentes de caza les descerrajan un cartuchazo bien que dicen sí al helicóptero para el traslado y a los últimos avances en medicina para su atención, también están respaldando lo que no dejamos de solicitar: que su actividad violenta entre en la categoría de delito y que a esta gente sin escrúpulos, sin compasión y empachada de crueldad, mentira y cobardía, no se les permita portar armas, que por cierto nada tienen que ver con la lanza de Don Alonso Quijano, sino que se compran lo último en rifles y miras telescópicas.

Para terminar y ya que ellos mismos hacen mención a esa gran Obra tratando de obtener coartadas para su sangriento pasatiempo en sus páginas: recordarles que su escudero, Sancho Panza, que en ella representa la sensatez y la opinión de la mayoría del pueblo sencillo, se refiere así a la caza en uno de los capítulos después de asistir como espectador a una cacería: “un gusto que parece que no le había de ser, pues consiste en matar a un animal que no ha cometido delito alguno”.Y no sólo eso, iba a más en cuanto al maltrato animal. Escribe Cervantes que cuando Sancho ya había renunciado a gobernar las Ínsulas ordenó cosas tan buenas, que hasta hoy se guardan en aquel lugar, y se nombran Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza. Entre ellas estaría la prohibición de la caza y de las corridas de toros.

Cazadores, otro tiro que os sale por la culata.