Alicia Palmer


Sin intención previa, se podría decir que este artículo conecta de forma directa con las magníficas reflexiones que aportaba nuestra compañera Eva del Fresno en “La Negación Machista Del Cambio Climático” (publicado en mayo). En él apuntaba a esa actitud egocéntrica caracterizada por  “la ambición más desmedida y la ausencia de empatía”, como responsable de llevarnos al punto de colapso ecológico y civilizatorio en el que nos encontramos.

Esta actitud la vemos de forma evidente en ciertos dirigentes que por desgracia disponen de gran poder de decisión en asuntos que afectan al planeta y al conjunto de sus habitantes; pero ¿Y el resto? ¿Cómo influye la actividad humana en el mundo que habitamos y compartimos? Y, en especial, ¿Qué impacto ecológico genera la actitud demandada a los varones en el marco de un sistema patriarcal y capitalista?

La masculinidad hegemónica aprendida, se ha revelado tóxica porque se construye fomentando la competitividad y el éxito por encima de otros valores, como la empatía y la ternura. Los mensajes que reciben los niños desde la más tierna infancia tanto en su entorno familiar y escolar como en la TV, las canciones, los cuentos, los juegos, el deporte (en definitiva en todo lo que conforma la socialización temprana que marcará su forma de vivir y actuar como adulto)  son mandatos del tipo: “Demuestra quien es el que manda” “No seas nenaza” “Tú tienes el control” “Eres un chico valiente” “No muestres debilidad”…

Esto, como ya sabemos, a la larga envenena las relaciones humanas; pero ahora se ha demostrado que también contribuye a envenenar el medioambiente.

Mostrar (demostrar) virilidad exige dominación y esto incluye el control y sometimiento de la Naturaleza, a veces justificado como manera de conseguir cierta aportación a la comunidad (siempre cuestionable), pero otras muchas, sin más motivo que acreditar la propia hombría como único objetivo.

Por una parte, la construcción patriarcal de la masculinidad exige mostrarse como un triunfador o, al menos, aparentar éxito social; eso conlleva actividades de riesgo y/o agresivas, como la  práctica de deportes o tradiciones concebidas como reto que ponen a prueba el valor y por tanto la hombría; pero también implica actitudes cotidianas nocivas para el medioambiente como, por ejemplo, competir por comprarse el coche o la moto más potente.

Por otra parte, estudios recientes con población muy diversa, muestran que cuestiones como las emisiones de carbono, el impacto del plástico en ecosistemas o las conductas que cuidan el medioambiente se perciben en muchos casos como “preocupaciones femeninas”  y todavía bastantes hombres se sienten incómodos con hábitos saludables de reciclaje o ahorro de recursos porque ponen en entredicho su virilidad (literalmente las califican de mariconadas).

Hasta tal punto la construcción de género impacta en las conductas vinculadas al reciclaje que se venden bolsas de tela con la leyenda «Uso esta bolsa porque a mi esposa le importa el medioambiente».

A esto se añade cierto rechazo interiorizado por hombres, fuertemente patriarcales, hacia las economías solidarias porque, tal vez de forma inconsciente, sienten que son desplazados de su rol principal de proveedores.

Afortunadamente esta masculinidad hegemónica tóxica también está en crisis. Algo como la construcción de género que hasta hace unos años se asumía como inamovible, sobre todo en lo referente a los niños; está siendo cuestionada por un sector amplio de la sociedad que está reclamando como necesario y urgente colocar la Vida en el centro, propiciando la entrada de los hombres en lo privado y en lo afectivo y dando un valor, que hasta ahora no tenía, a los cuidados (reproducción) sobre la economía (producción).

Cada vez más hombres, bien desde un compromiso ecológico y de justicia social o simplemente como una necesidad vital de rechazar una imposición de comportamientos que les impide vivir como personas plenas y con los que no se sienten identificados, deciden explorar otras maneras de interpretar y vivir la masculinidad. Prueba de esto es la cantidad de chicos que se están incorporando a movimientos contra la crueldad y en defensa de los animales, un espacio hasta hace poco mayoritariamente femenino.

Y este escenario, son muchos, cada vez más, los que desde una inquietud ecológica se interesan por el Feminismo, en este caso Ecofeminismo; tal vez por esto, en algunos medios, a este cambio de actitud que cuestiona sin ambages esos comportamientos supuestamente viriles que resultan dañinos para el planeta y sus habitantes, lo denominan “ECO-MASCULINIDAD”.

Se trata, en definitiva, de transitar desde una masculinidad depredadora del medioambiente, territorios, personas y otras especies hacia una masculinidad empática, igualitaria y cuidadora de personas y Naturaleza.

Sabemos de muchos hombres que han emprendido ya este Viaje sin retorno y en este cómic editado por la Fundación Cepaim con dibujos de J.J. Mínguez contamos lo que ellos nos contaron.



 

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