Mar Oliver Mogaburo
“Es inviable” reducir la ratio en las aulas de los colegios andaluces para el próximo curso (declaraciones de Javier Imbroda, Consejero de Educación y Deportes de la Junta de Andalucía). Inviable, imposible, inimaginable, por supuesto desde un punto de vista productivista de la utilidad de las escuelas y las personas que conviven en ellas.

El ecofeminismo, como corriente de pensamiento y enfoque alternativo al neoliberalismo, no precisa ser citado como tal para estar presente en las transformaciones que son imperativas acometer. Y un ejemplo de ello es el sistema educativo en general, aunque me remita al andaluz en particular por ser el que más conozco.

Hace unas semanas, en la conversación Rumbo Verde organizada por EQUO Verdes Andalucía, a la que asistieron representantes de todos los brazos de la comunidad educativa, pudimos concluir que no queremos volver a la normalidad escolar pre-COVID-19, por ser aquélla profundamente injusta por su incapacidad sistémica para la inclusión y anacrónica por no responder a los nuevos retos que el mundo presenta.

Hablamos de bajada de ratio, de aumento de profesorado, de apertura a la sociedad de los espacios escolares e implicación del entorno en la educación que no debe encapsularse en las aulas, de formación conjunta y cooperación entre familias y escuelas, de desvincular la conciliación laboral del hecho educativo, de rehabilitar edificios y estructuras obsoletas e insostenibles para la vida social y natural, de dar importancia al patio y a su carácter social que influye directamente sobre la igualdad y la convivencia, de dar la vuelta a los comedores escolares y hacerlos autogestionados, de bioclimatizar espacios para vivir bien y aprender a convivir de forma respetuosa con el planeta, de revisar el currículo en favor de otro menos burocratizado y más cercano a lo que realmente sirve y es útil para ejercer la ciudadanía y ser persona…

En ningún momento se pronunció el término “ecofeminismo”, ni siquiera los conceptos “ecología y feminismo” por separado; no era necesario. Si nos detenemos en las propuestas compartidas, observamos que cada una de ellas cumple con el requisito de poner en el centro la vida de las personas y su entorno eco-social (local y global), por justicia y por su potencial transformador. Veamos algunos ejemplos:

La disminución de la ratio actual es una medida esencial para cumplir, no sólo con las advertencias de la ciencia para vivir con seguridad ante el coronavirus (distancia social, higiene constante, no compartir objetos, etc.) sino además con uno de los principios que, si bien ya queda reflejado en la legislación educativa vigente, no tenía cumplimiento en la práctica “pre-covid” ni mucho menos la tendrá en septiembre; se trata del principio de equidad y su consiguiente atención a la diversidad. Estos elementos, que forman parte de la visión violeta del mundo, fueron reivindicados como indispensables para desarrollar un nuevo modelo educativo más respetuoso con las diferencias, más proactivo, más inclusivo, más igualitario, más feminista (sin decirlo).

Íntimamente relacionada con la propuesta anterior, la mayor contratación de profesorado no sólo genera empleo de calidad, sino que propicia dinámicas de cooperación entre compañeros y compañeras de profesión, y entre estos y las familias y el alumnado. De este modo ganamos tiempo para desempeñar bien el trabajo y atender a nuestros niños y niñas como merecen; ganamos recursos humanos y la necesaria valoración social de la docencia; ganamos ocasiones para repensar la competitividad, las prisas burocráticas que no dejan tiempo para compartir y aprender con las familias sobre qué hacemos, cómo y para qué. “Ganancias” para el bien común, clave ecofeminista de primer orden (sin decirlo).

Repensar cómo son nuestras escuelas (espacios que mayoritariamente vuelven la cara al entorno, el local y el global), la habitabilidad de sus espacios, la calidad de los servicios complementarios que presta o la consideración de los recursos naturales y sociales municipales como elementos con una inmensa potencialidad educativa, fue otra de las grandes conclusiones que abrazaban medidas diversas aunque todas ellas profundamente relacionadas. Así, el huerto escolar, los comedores autogestionados para una alimentación saludable y respetuosa con el medio ambiente, la “ocupación infantil” de bibliotecas, teatros o parques, la “invasión escolar” de personas no docentes relevantes por su trascendencia social (mayores que saben cuidar el huerto o contar historias o profesionales que saben mucho de cosas que no aparecen en los libros de texto) o la participación del alumnado en el proceso de bioclimatización y reverdecimiento de su escuela, su casa, son propuestas que educan para la vida y su conservación; son propuestas eminentemente ecologistas (sin decirlo).

Los dos primeros ejemplos citados, disminución de ratio y aumento de plantilla docente, requieren de una mayor inversión en educación, no así el tercero, que sería fruto más bien de voluntades compartidas entre instituciones y sociedad. El cambio de mirada que repetimos hasta la saciedad aquella tarde es verde y violeta, aunque no precisa de etiquetas que en muchas ocasiones generan incomprensión, rechazo o el sentimiento de “esto no va conmigo, yo no me considero ecologista, feminista, ecofeminista ni nada que acabe en `ista’ “.

Nadie puede negar que sus hijos o hijas recibirían una mejor educación si se atienden a estas y otras propuestas de transformación, pero sí pueden no querer escucharlas si nos empecinamos en catalogarlas en una línea de pensamiento concreto. El cambio de rumbo hacia el bien común también nos invita a repensar nuestras etiquetas visibles, como si fueran las de una prenda de vestir. El ecofeminismo no puede ser recogido en un trocito de papel y colgar de una manga; el ecofeminismo está en las cosas que hacemos y proponemos, dejemos que hable por sí mismo.

Mar Oliver Mogaburo Maestra de Educación Infantil y Primaria e integrante de la Mesa de Coordinación de EQUO Verdes Sevilla y de la Red EQUO Mujeres.