Jesús Sánchez Rodríguez

Es habitual, especialmente en ciertos círculos de la izquierda, referirse a la tesis que apunta al declive de los EE.UU. como potencia hegemónica, en realidad se trata más de una expresión de deseos que una opinión basada en datos de la realidad. A lo sumo se puede hablar de una disputa a su hegemonía, lo cual, por otro lado, ha sido una situación habitual en cualquier período histórico en el que hayan existido potencias hegemónicas en el mundo, desde la antigüedad hasta nuestros días.

En el caso de EE.UU., una vez asentada su hegemonía tras la segunda guerra mundial, ésta fue disputada por la otra gran potencia mundial del momento, la Unión Soviética. Dentro de la teoría del sistema-mundo, otras potencias anteriores, como Holanda, España o Inglaterra, también vieron disputadas su hegemonía hasta que, en un momento histórico determinado alguno de los candidatos a nueva potencia hegemónica reemplazaba a la potencia declinante anterior. Este fue el caso de Gran Bretaña respecto a Holanda o de EE.UU. respecto a Gran Bretaña.

La teoría del sistema-mundo toma en consideración estos reemplazamientos dentro del período histórico de los últimos cinco siglos más o menos, de manera que esta disputa por el papel hegemónico entre potencias se realizaba en el seno del modo de producción capitalista, desde sus primeros inicios como capitalismo comercial hasta su período maduro de capitalismo industrial y financiero.

La última disputa que tuvo lugar, entre EE.UU. y la Unión Soviética, rompía un poco el esquema de la teoría del sistema-mundo, pues el enfrentamiento superaba el objetivo de un simple reemplazamiento de potencia hegemónica dentro de un mismo modo de producción para situarse en un combate entre modos de producción diferentes. Sin entrar ahora a discutir si el de la Unión Soviética correspondía a un modo de producción socialista, lo cierto es que tampoco era capitalista (libre mercado, propiedad privada de los medios de producción, etc.). En esa época, desde el campo comunista se señalaba que, inevitablemente, la historia condenaba al fracaso al capitalismo y la derrota de EE.UU. estaba, por tanto, establecida por la historia. No fue así, pero constituyó un dogma de fe en el campo comunista hoy desaparecido.

Desde otro punto de vista, las disputas anteriores por el mantenimiento o reemplazo de la potencia hegemónica adquirieron un carácter de guerras inter-imperialistas en las que los distintos países luchaban por extender su poder mediante la conquista de territorios extra-occidentales primero y, después, también de mercados. Esas guerras inter-imperialistas alcanzaron su cénit en el largo período de guerras mundiales que se extendieron entre 1914-1945.

La consolidación de los principios anticolonialistas después de la segunda guerra mundial llevaron a un intenso proceso descolonizador que acabaron con los viejos imperios europeos y dieron lugar a lo que se ha conocido como neocolonialismo, caracterizado no por el control territorial en sí, sino por el control político y económico de otros países. Este era el caso prototípico de la actuación de EE.UU. a partir de 1945. La Unión Soviética no ejerció este tipo de neocolonialismo pero también maniobró por extender su influencia por distintas partes del mundo. Si el objetivo de EE.UU. era mantener su influencia política, defender los valores del sistema capitalista y extraer los recursos que necesitaba, facilitando la extensión de sus empresas multinacionales; el objetivo de la Unión Soviética era expandir su influencia y su modelo político y socioeconómico, pero sin extraer recursos de otros países, que habitualmente más bien representaban una carga económica para la URSS.

En medio de esa pugna durante la guerra fría apareció otro bloque que ensayó mantenerse al margen de ambas potencias con una política independiente, fue lo que se conoció como Movimiento de Países no Alineados que, durante una época, tuvieron una cierta influencia en la escena internacional.

Con el hundimiento de la Unión Soviética, los EE.UU. aparecieron como la potencia hegemónica indiscutida durante más de dos décadas. En ese período un superviviente del hundimiento del campo comunista, China, inició un cambio trascendental en su sistema económico con la adopción de una gran parte de los mecanismos de funcionamiento del capitalismo, aunque sin terminar de homologarse a él completamente. No es que no se hubiesen dado otros éxitos de desarrollo capitalistas desde Estados dictatoriales, como ocurrió en otras partes de Asia, al menos durante un tiempo, los tigres asiáticos o Japón, pero lo característico de China son dos elementos que no estaban presentes en los otros casos, el primero es que el Estado chino seguía controlado férreamente por un, al menos nominalmente, partido comunista, el segundo es el enorme tamaño de China.

El rápido éxito económico de China, tras las transformaciones introducidas a partir de finales de los años 1970, añadido a la enormidad del país la convertían en el candidato indiscutible para terminar disputando la hegemonía a EE.UU., a ello se añadía que, no siendo su modelo económico totalmente homologable al capitalismo occidental, la disputa tomaba una fisonomía nueva respecto a las anteriores.

La disputa no versa sobre conquistas coloniales como en el  viejo imperialismo, pero tampoco sobre modelos socioeconómicos totalmente opuestos como durante la guerra fría. La diferencia de sistemas políticos – democracia liberal versus dictadura comunista de partido único – tampoco es un elemento que impulse el enfrentamiento actual. Las potencias occidentales han mantenido unas buenas relaciones económicas con China con apenas algunas referencias puntuales a los derechos humanos, más de cara a sus opiniones públicas interna que otra cosa. Así que el conflicto es puramente hegemónico.

Durante estas décadas pasadas China fue engrandeciendo su economía y extendiendo su influencia a lo largo del mundo mediante acuerdos comerciales e inversiones en tanto que los países occidentales,  especialmente EE.UU., miraban con preocupación al nuevo competidor en el mercado mundial y le exigían una mayor adecuación de su modelo económico a los estándares de funcionamiento del capitalismo en occidente. Esta situación, sin embargo, dio un vuelco con la elección de Donald Trump a la presidencia. Su extremo nacionalismo orientado a recuperar el papel de potencia indiscutida llevaba inevitablemente al choque con China.

Trump ganó la presidencia con un discurso que, en relaciones exteriores, parecía que iba a guiarse por dos objetivos, renegociar todos los acuerdos y alianzas económicas, y tender al aislamiento apartando a EE.UU. de intervenciones en otras partes del mundo. El primer objetivo se mantuvo, concretándose las amenazas en el rechazo al acuerdo con los países del Pacífico, la renegociación del acuerdo con Canadá y México, y la guerra de aranceles con Europa, China y otras partes del mundo. Esto apunta a una cierta desglobalización, al menos en el sentido multilateral que se había desplegado hasta ahora. El segundo objetivo fue un espejismo, crecientemente la administración Trump fue extendiendo de nuevo las tendencias intervencionistas norteamericanas, tendencias que se agudizaron con la recuperación para el gobierno de antiguos neocons de la era Bush. La ruptura del acuerdo nuclear con Irán o las amenazas a Venezuela han sido dos de las expresiones más claras de esta tendencia.

Conforme el enfrentamiento con China se desarrollaba se fueron desenmascarando los auténticos objetivos que la administración Trump está buscando, el argumento del desequilibrio del déficit comercial entre ambos países se mostró como una simple excusa con el objetivo de incrementar los aranceles e intentar obstaculizar al máximo posible el desarrollo económico chino. Pero la batalla no era solamente en el aspecto general económico, el avance tecnológico de China también ha sido objeto de la guerra de Trump tomando a la principal compañía tecnológica china, Huawei, como campo de batalla. Compañía avanzada en la tecnología para las nuevas redes 5G, con gran penetración en todo el mundo, fue señalada como el objetivo a batir. Y este aspecto tecnológico de la guerra ha servido para hacer saltar todas las alarmas en el mundo, no solo en China.

Efectivamente, tras poner la administración Trump a la compañía china en una lista negra para evitar que otras compañías norteamericanas negocien con ella se ha producido una reacción en cadena rápida de estas compañías y otras no norteamericanas para romper relaciones y quebrar a Huawei. Más allá del impacto concreto en esta compañía lo realmente importante a resaltar son dos aspectos. Primero, ha salido a la luz con total claridad el dominio que un puñado de compañías tecnológicas norteamericanas (Google, Microsoft, Facebook, etc.) tienen sobre sectores vitales hoy en el mundo como la economía, las comunicaciones, la seguridad, etc., y se ha puesto al descubierto el enorme poder que EE.UU. ejerce o puede ejercer a través de estas compañías, mostrándose como el aspecto más novedoso del neocolonialismo actual. En segundo lugar, también se ha puesto de manifiesto que dichas compañías norteamericanas han respondido de manera unánime y rápida a las órdenes emanadas desde Washington, desenmascarando, de esta manera, las falsas filosofías neoliberales del mercado libre y sin intervención gubernamental, ninguna voz neoliberal se ha levantado para denunciar la grosera intervención del gobierno norteamericano, como tampoco se levantaron cuando en la crisis económica iniciada en 2008 los gobiernos de todo el mundo se volcaron en ayudas gigantescas del sistema financiero que terminaron pagando los contribuyentes.

EE.UU. y el resto de los países occidentales siempre han denunciado al gobierno chino, en el aspecto económico, porque interfería continuamente en el desarrollo del libre mercado, pero resulta que en este enfrentamiento con China la administración Trump está actuando exactamente como el gobierno chino, poniendo a sus empresas nacionales al servicio de la lucha por mantener su hegemonía mundial.

Es pronto para pronosticar cuál será el desarrollo de esta guerra comercial y tecnológica, que no es más que un aspecto de la abierta guerra por la hegemonía mundial en este siglo. No está claro si Trump está dispuesto a llegar a provocar una recesión económica mundial, de continuar la guerra, con tal de conseguir sus objetivos de quebrar el crecimiento chino; ni de si China tiene capacidad para aguantar el desafío norteamericano cuando aún no ha terminado de consolidar sus potencialidades económicas y de otro tipo o, por el contrario, se verá obligada a ceder tácticamente. Pero hay a la vista dos cosas que seguramente si cambiarán independientemente del resultado. En principio, la globalización se resentirá, al menos en la versión en la que se ha desarrollado hasta este momento, pudiendo dar lugar a la formación de bloques económicos, y al aumento del proteccionismo. En segundo lugar, seguramente se produzca una tendencia hacia la diversificación respecto la dependencia tecnológica exclusiva de las corporaciones norteamericanas. Tras lo acontecido estos días ha quedado de manifiesto el peligro de la dependencia actual.

Para terminar es necesario señalar que las supuestas debilidades que se habían señalado sobre EE.UU., su tendencia al declive, no se están confirmando en la práctica, por el contrario, podemos interpretar la victoria de Trump como una oportunidad utilizada por el establishment norteamericano para consolidar su papel de potencia hegemónica y quebrar el desafío lanzado por el ascenso a potencia de China.

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