Pedro Antonio Curto

Si la localidad vasca de Éibar fue la primera en cuyo ayuntamiento se izo la bandera tricolor republicana en 1931, Cataluña se adelantó unas horas a la proclamación de la Segunda República en Madrid. Aunque las aspiraciones de soberanía territorial estuviesen ahí, la hermandad republicana consiguió unificar criterios y romper con la monarquía de Alfonso XIII, abriendo la puerta al regeneracionismo y democratización modernizadora de España, tan anhelada por los sectores progresistas, como detestada por las elites dominantes. Y no es extraño porque ya en 1641 y 1873 se habían realizado proclamaciones republicanas en Cataluña. Aún estaría la de 1934, en que frente a la política del gobierno Lerroux-CEDA, que atentaba contra las tímidas reformas republicanas, entre ellas las políticas centralizadoras contra la Generalitat (hay cosas que se repiten), en particular la “Ley de contratos de cultivo” (algo parecido a una reforma agraria) y que defendían tanto a las autoridades centralistas, como a las oligarquías catalanas. Una proclamación que no fue de independencia propiamente, sino la del “Estado Catalá de la República Federal Española”, que era todo un guiño a los republicanos españoles, por un lado frente a las tendencias involucionistas del bienio negro (que confirmaría más tarde el golpe de estado del 18 de julio), como también la propuesta de avanzar en un marco federal,  que la Constitución del 31 había obviado, frente al federalismo que había sido santo y seña de la I República.

La quinta proclamación republicana catalana es reciente y conocida, poco comprendida en territorio hispano y por lo general, vilipendiada. La crisis del Régimen del 78 ha ido agrietando el llamado edificio constitucional, que trató de adaptarse al marco de las democracias liberales y de la UE. Una crisis que se manifiesta de forma particular frente a la mayoría soberanista en Cataluña. La aparición en el tablero político de esta particular “ruptura democrática”, aparte de  las cuestiones nacionales (el derecho de autodeterminación), tiene una lógica de regeneracionismo frente a un sistema jurídico-político con síntomas de corrupción y agotamiento. Sin embargo nos encontramos con dos contextos diferentes, una hegemonía republicana en Cataluña, que no se produce en España. Incluso la utilización del más decimonónico nacionalismo español, autoritario y excluyente, ha provocado un importante desencuentro social y hasta intentos de enfrentamientos. En este contexto la hermandad republicana parece difícil, por lo cual el soberanismo ha llegado a una conclusión, que España es irreformable, cuestión que ya mantuviesen hace décadas, regeneracionistas e intelectuales españoles, desde Joaquín Costa a Castelao. Y aún lo más grave es la oportunidad perdida por lo sectores progresistas y de izquierdas, que con una gran ceguera intelectual, son incapaces de plantearse aquello que Antonio Gramsci llamaba construir la “hegemonía social”. No se trata solo de recuperar la hermandad republicana, de una solidaridad con Cataluña hasta ahora escasa o inexistente, sino la suma de voluntades para construir resistencias frente al involucionismo que padecemos y afecta a todos, para en algún momento, alcanzar la citada hegemonía.

Se vuelven a repetir errores históricos de la transición, más aún cuando ahora el debate ya no se establece entre “reforma y ruptura”, sino entre “ruptura o involución”. Y cuando el balance histórico para izquierda y sectores democráticos de la transición ha sido en general negativo. Más aún teniendo en cuenta que la idílica transición, que habían sido capaces de colocar en el escaparate internacional y europeo en particular, es un relato que se desvanece por la deriva autoritaria del estado español. ¿Quo vadis izquierda española?

Decía el escritor José Bergamín en 1978 algo que parece pertenecer a nuestra actualidad: “Digo con todo esto y no trato de disimularlo, que cuando una cosa se ha roto hay que sustituirla por otra, que se le parezca o no. Mejor tal vez que no.”

Deja un comentario