Teresa López

Es sabido, y reconocido, que las mujeres están entre las principales víctimas del cambio climático a nivel mundial y, entre ellas, son aquellas que viven en áreas rurales las más afectadas por sus consecuencias. Al pensar en este hecho, la mayoría de las personas automáticamente visualiza países lejanos con situaciones socioeconómicas muy diferentes a la nuestra. Piensan en una estampa árida, por ejemplo, en la que una mujer africana es la encargada de caminar a diario largas distancias para obtener agua con la que satisfacer las necesidades y cuidados de su familia.

Ilustración de Javier F. Ferrero

Sin embargo, no hay que irse a otro continente para comprobar el impacto del cambio del clima en las mujeres. Aquí, en España, también se podría estudiar si somos las mujeres rurales las más afectadas por el fenómeno que  desencadena un drama que afecta a toda la sociedad rural y pone en peligro la pervivencia de los pueblos.

Cuando suben las temperaturas y escasea el agua, el sector agropecuario se resiente y eso tiene efectos inmediatos en el medio rural. Menos concesiones de riego en la agricultura o sobrecostes en la ganadería son buenos ejemplos de las primeras consecuencias del cambio climático. Y cuando no hay rentabilidad u opciones de empleo, primero caemos las mujeres. Al haber menos oportunidades en el sector agrario, el motor económico del mundo rural, somos nosotras las primeras marginadas del mercado laboral. Esta es una de las poderosas razones, si bien es cierto que no la única, que nos empuja a dejar los pueblos y emigrar a las ciudades. Y sin nosotras no hay esperanza. Con nosotras se van los niños y niñas, la alegría y el futuro. Poco a poco hasta que solo quedan algunos hombres, personas mayores y casas vacías.

La lucha contra el cambio climático debe abordarse también desde una perspectiva de género. Pero, lamentablemente, en este punto se hace patente otro de los factores comunes a las mujeres de todo el mundo y, en especial, a las del mundo rural global: la infrarrepresentación política y la menor participación en la toma de decisiones.

Esto lo comprobamos, con horror, en la política más importante para el medio rural europeo, la Política Agraria Común (PAC). En sus más de 55 años, la PAC jamás ha sido proyectada para proteger y apoyar a las mujeres en los pueblos. El despoblamiento que los marchita es la cosecha de lo que Bruselas, pero también el resto de Administraciones, han venido sembrando todos estos años.

Entonces, ¿qué hacemos? Nosotras, las mujeres rurales progresistas, nos negamos a aceptar que reduzcan nuestro papel al de víctimas. Estamos peleando día a día para cambiar lo que está en nuestra mano así como para contar en la lucha que se hace a gran escala.

Y lo hacemos con nuestras mejores armas, creatividad y sonoridad. Ayudándonos, creciendo, emprendiendo nuestros propios caminos y tejiendo una red con todos ellos. De momento ya hemos demostrado que juntas podemos crear riqueza en el mundo rural y devolver servicios a nuestros pueblos.

Ahora apuntamos a Bruselas y a la nueva política agraria que ya se está cocinando en los despachos. Ya conocen nuestras propuestas, pero no dejamos de manifestarlas. Sabemos que si en esta ocasión vuelven a ignorar a las mujeres rurales, para muchos pueblos será la última PAC que vean.

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