El cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, que ya había empezado la crisis sanitaria ignorando el estado de alarma, abriendo una basílica de Valencia e incitando a que 200 personas se saltasen el confinamiento, vuelve a ser centro de la polémica con el coronavirus como telón de fondo.

Cañizares ha asegurado este sábado, durante la misa en la fiesta de la Asunción de la Virgen María, que la «la ciencia y la técnica no son suficientes» ante la pandemia del coronavirus «y que hay que poner la confianza en Dios».

«La verdadera esperanza ante la pandemia sólo puede venir de Dios, como nos indica María», ha insistido el cardenal, por si no había quedado claro, y ha insistido en que «la fiesta de hoy es todo un estallido de júbilo en estos tiempos de pandemia, porque sabemos que con María el bien es el que vence, y ella nos abre la puerta a la esperanza».

Cañizares señaló que «sólo la fuerza de Dios y de su amor, que apuesta por el hombre, es la que nos hará superar la pandemia» y ha invitado a «fiarse totalmente de Dios, que no nos deja nunca en la estacada, y hacer lo que Él nos dice», tal y como ha informado el Arzobispado en un comunicado.

El Cardenal Cañizares es famoso por sus polémicas frases, como la que pronunció durante el entierro de Carmen Franco, donde aseguraba que «en la escuela católica no puede entrar la ideología de género porque destruye al hombre» o sus declaraciones en contra del ingreso mínimo vital.

Es llamativa la importancia que se le da a la Iglesia en nuestro país y al cardenal Cañizares en concreto. El 22 de noviembre, fue recibido, «en nombre de S.M. el Rey», como Académico de Honor de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Andalucía Oriental, en un solemne acto en el aula magna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada. Que una prestigiosa organización médica le otorgue su máximo reconocimiento honorífico es tan reprobable e incongruente, que hay que pensar que ha primado la promoción de las creencias particulares por encima del fomento de la medicina al servicio de los ciudadanos, por encima de la salvaguarda de los mismos derechos humanos.