Javier F. Ferrero sobre un artículo de Inger Andersen

La pandemia que nos asola, ha de verse como una oportunidad para construir una economía diferente, una en la que las finanzas y las acciones impulsen empleos sostenibles, el crecimiento verde y una forma distinta de vida. Un giro de 180º en nuestra forma de entender el mundo.

El coronavirus, que ya ha causado devastación y dificultades inimaginables, ha detenido casi por completo nuestro estilo de vida. El brote tendrá consecuencias económicas y sociales profundas y duraderas en todos los rincones del planeta. Ante esta turbulencia, la crisis requerirá una respuesta nunca vista, un plan para enfrentar una crisis humana de proporciones inimaginables.

Sin embargo, este tránsito hacia una nueva forma de entender el mundo tiene que tener una base sólida, tenemos que comprender las señales ambientales y lo que significan para nuestro futuro y bienestar, porque el COVID-19 no representa en absoluto algo prometedor para el medio ambiente.

Cualquier impacto ambiental positivo después de esta pandemia debe comenzar por el cambio en nuestros hábitos de producción y consumo. 

Este no es un modelo de respuesta ambiental. De hecho, sobre la reducción de emisiones, el Instituto Scripps de Oceanografía ha destacado que el uso de combustibles fósiles tendría que disminuir aproximadamente 10% en todo el mundo, y mantenerse así durante un año, para que la reducción pudiera reflejarse claramente en los niveles de dióxido de carbono.

Hoy la actividad humana ha alterado casi 75% de la superficie terrestre y ha sitiado a la vida silvestre y la naturaleza en un rincón cada vez más pequeño del planeta. La naturaleza es crucial para nuestra propia supervivencia: la naturaleza proporciona nuestro oxígeno, regula nuestros patrones climáticos, poliniza nuestros cultivos, produce nuestros alimentos, piensos y fibras, pero está bajo un estrés creciente.

A medida que continuamos con nuestro implacable tránsito hacia las áreas naturales, aumenta el contacto entre los humanos y las especies portadoras de infecciones, ya sea como resultado de la urbanización, la pérdida y la fragmentación de hábitats o los mercados de animales vivos, todo lo cual aumenta la probabilidad de interacción entre estos vectores y los humanos. Según el IPBES, 100 millones de hectáreas fueron transformadas para la expansión agrícola en los trópicos entre los años 1980 y 2000, un tamaño aproximadamente igual al de los territorios de Francia y Alemania combinados.

Lo silvestre debe seguir siendo silvestre. Es hora de restaurar nuestros bosques, detener la deforestación, invertir en la gestión de las áreas protegidas e impulsar mercados para los productos sostenibles. Donde exista la cadena legal de comercio de vida silvestre, necesitamos hacer un trabajo mucho mejor para elevar las condiciones de higiene. Y, por supuesto, urge abordar el tráfico ilegal de vida silvestre, el cuarto delito más cometido en todo el mundo.

A medida que los motores del crecimiento comienzan a acelerarse nuevamente, necesitamos ver cómo el manejo prudente de la naturaleza puede ser parte de esta economía diferente que debe surgir. Cuidemos nuestro planeta, ahora más que nunca

Basado en un artículo de la directora ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Inger Andersen.