En España vivíamos felices y adormecidos con nuestro raquítico estado del bienestar, “con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo” (jibarizado hasta el máximo por los brutales recortes del PP y el PSOE). Dando rienda suelta a nuestro llanto, como hacían algunos pueblos europeos hace 500 años, en las procesiones de Semana Santa. Y follando (o intentando follar) como conejos durante las vacaciones estivales, gracias a la pasta que dejaban los turistas, gracias a ese Sol que todavía no ha sido engullido por la tenebrosa oscuridad de las chimeneas del capitalismo

Por Javier Cortines

Tuvo que venir el coronavirus para que de repente nuestro querido Gobierno (que estuvo atontado durante semanas como si le hubiera picado un batallón de moscas Tsé-Tsé), adquiriera conciencia del peligro, ordenara el confinamiento de más 40 millones de españoles -a causa del ataque masivo del bicho asesino- e hiciera sonar todas las alarmas. La guerra había comenzado y había que quedarse en casa, enjaulado.

Ni en China se hizo caso a tiempo al sabio oftalmólogo Li Wenliang, quien en diciembre advirtió a sus colegas de la aparición de una extraña enfermedad parecida al SARS (Síndrome agudo respiratorio severo), ni en España captaron el mensaje de la propagación de la epidemia en Italia. Fernando Simón, cuya testa rizada parece una réplica del coronavirus, sólo tenía oídos para el sordo y ciego que dirige la OMS, Tedros Adhanom y, siendo un eco tardío de éste, se olvidó de la vieja sabiduría que condensa este refrán: “Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”.

A consecuencia de lo anterior, Li Wenliang, maltratado por difundir bulos en China (país dirigido por un presidente con los poderes del Papa), murió a los 34 años y, “por decreto popular”, pasó de “enemigo del pueblo a héroe nacional”.

En España poco a poco la realidad borró el maquillaje de nuestra linda realidad.

Aquí vivíamos felices y adormecidos con nuestro raquítico estado del bienestar, “con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo” -decían- (jibarizado hasta el máximo por los brutales recortes del PP y el PSOE). Dando rienda suelta a nuestro llanto, como hacían algunos pueblos europeos hace 500 años, en las procesiones de Semana Santa. Y follando (o intentando follar) como conejos durante las vacaciones estivales, gracias a la pasta que dejaban los turistas, gracias a ese Sol que todavía no ha sido engullido por la tenebrosa oscuridad de las chimeneas del capitalismo.

Pronto el coronavirus, “cuya propagación parece tener un origen cada vez más oscuro” (independientemente de que su primer zulo fuera el murciélago herradura, de la subfamilia Rhinolophinae), dejó a España desnuda, frente a una realidad que nadie puede negar en el espejo que vemos todos los días en los hospitales y en las ciudades fantasmales donde sólo algún loco ambidiestro sale esgrimiendo dos katanas  enfrentándose a la policía o “gentuza” como Aznar (palabra que etimológicamente proviene de Azno) y su mujer Botella que, “tras violar el confinamiento solidario”, aparecen en su segunda vivienda de Marbella paseando a sus perros y demostrando, otra vez más, que en Iberia “no todos somos iguales”.

Estoy de acuerdo con el cartagenero Arturo Pérez Reverte en una sola cosa: En que la canción “Resistiré” del Dúo Dinámico debería ser, a partir de ahora, nuestro himno nacional. Tal vez haya llegado el momento también de dar algunos toques en política y pensar si es conveniente o no convocar en el futuro un referendo sobre monarquía o república.

Hemos visto que la mayoría de los españoles ha mostrado nobleza, humanidad, amor al prójimo, y que echa de menos “los abrazos” y las calles. ¿Acaso ese pueblo merece tener un país desindustrializado, (incapaz de hacer frente a una crisis como la actual), y con un sistema sanitario y educativo que nos deja a la cola (por abandono, desidia o avaricia) de los países avanzados?

Mientras escribo esta crónica leo los datos de esta mañana, de este domingo 5 de abril. Coronavirus. España: 130.759 contagiados, 12.418 muertos. Italia: 124.632 contagiados , seis mil menos que en nuestro país) y 15.362 fallecidos (2.944 más, aunque por la tendencia que llevamos, dentro de poco estaremos a la cabeza mundial del número de fallecidos).

En el terreno económico, la que se avecina podría dejar la crisis del 2008 en una caricatura que habrá que ver con microscopio.

El mes de marzo terminó con 2,6 millones de compatriotas que se acogieron al ERTE y el número de parados aumentó en 834.000 personas. Tenemos una deuda exterior de 1,2 billones de euros y si tenemos en cuenta los pasivos (tanto el corriente como el circulante), los números rojos podrían llegar a los 1,8 billones de dólares.

Mientras algunos economistas hablan de una fuerte recesión tras la crisis, otros avecinan que “tendremos que ser rescatados” si la situación se prolonga y nuestra economía se hunde, se desmorona como un castillo de naipes. Eso nos convertiría en “los segundos griegos”. ¿Qué significa eso? Que el pueblo estaría endeudado durante décadas y que es posible – ahora nada se puede descartar- que haya que apretarse el cinturón, ergo “bajar salarios y pensiones” para ir pagando una deuda impagable, lo que convertiría a España en un exhausto Sísifo subiendo “eternamente” la roca de la austeridad colina arriba, y vuelta a empezar al llegar a la cumbre.

Con la deslocalización dejamos de producir en España y los empresarios desmontaron nuestras industrias para llevarlas a China, India, Pakistán, etc. a países donde “los grandes emprendedores” pagaban sueldos miserables a sus empleados y luego enviaban el producto acabado a la Europa del Himno de la Alegría de Beethoven.

Sin tejido industrial para producir equipos médicos al ritmo que exigen las circunstancias, ahora nos vemos obligados a comprar “a países que considerábamos, con desprecio, del Tercer Mundo”, mascarillas, respiradores, etc. para paliar lo máximo posible una tragedia que “los que quisieron hacerse ricos a la velocidad de la luz” fueron sembrando al ritmo que marcaba el frenético tambor del dios del dinero.

No podemos cambiar el mundo, pero sí podemos cambiar nosotros. Cuando salgamos de la crisis deberíamos volver a industrializar nuestro país para ir recolocando a la gente, y pelear por lo menos por unas pocas cosas que urgen los tiempos: Por una distribución equitativa de la riqueza (acortando las abisales diferencias entre ricos y pobres) y por una educación y sanidad de alta calidad, pública y universal.

El golpe va a ser duro, durísimo, y es posible que tardemos en ver de nuevo el Alba. Sí, querido Aute, es hora de recordar esa indeleble canción que dice:

Si te dijera amor mío,

que temo a la madrugada,

No sé que estrellas son éstas

Que hieren como amenazas,

Ni sé que sangra la luna

Al filo de su guadaña.

Ahora me llegan wasaps de China. Me dicen que los policías del gigante asiático se están convirtiendo en filósofos gracias a la pandemia, pues ahora cuando paran a la gente en la calle, actúan como Sócrates o Platón, y dicen a sus discípulos: ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Adónde vas? ¡Utiliza solo lo esencial! ¡Quédate en casa y no salgas, es el mejor camino “para que te encuentres a ti mismo”!