Ojo de un niño con aniridia. Shutterstock / sruilk

La aniridia es una enfermedad ocular grave que surge desde el nacimiento. Se caracteriza por un desarrollo incompleto o anómalo de una de las estructuras más visibles del ojo: el iris.

Ojo humano con iris azul.
Ojo humano con iris azul. Wikimedia Commons / JDrewes, CC BY-SA

El iris es una membrana pigmentada y circular con una abertura central que separa las dos cámaras del ojo. De forma similar al diafragma de una cámara fotográfica, el iris se encarga de regular de forma precisa la cantidad de luz que penetra en el interior del ojo hacia las células fotosensibles de la retina.

Esta membrana pigmentada determina el color de nuestros ojos y tiene más importancia de lo que pensamos. Su funcionamiento deficiente puede provocar alteraciones importantes de la visión, como ocurre a los pacientes que padecen aniridia.

Este trastorno del ojo normalmente está acompañado de otras malformaciones oculares diversas, lo que deriva en una pérdida casi completa de la visión en ambos ojos. La mayoría de los pacientes presentan una agudeza visual muy reducida, siempre por debajo del 20 % de lo considerado como normal, así como una importante intolerancia a la luz.

A esto se suman otras alteraciones como sequedad ocular, cataratas, aumento anormal de la presión intraocular (glaucoma), movimientos oculares repetitivos, ojos cruzados o bizcos, queratitis y úlceras corneales.

Se presenta un caso de aniridia entre 64 000 y 96 000 nacimientos, lo que la define como una enfermedad rara o poco frecuente. Con todavía menor incidencia nacen niños que, además de la aniridia, presentan tumor de Wilms, malformaciones genito-urinarias y retrasos madurativos. Este síndrome se conoce con el acrónimo WAGR.

El diagnóstico de la aniridia es sencillo. El síntoma más evidente es la falta –total o parcial– de iris y la fotofobia. La enfermedad debe confirmarse mediante diagnóstico genético, al estar principalmente causada por una (o varias) mutaciones o alteraciones en el gen primario PAX-6.

Este gen codifica a una proteína con funciones reguladoras del ADN celular durante el desarrollo del ojo. Por eso, las mutaciones del gen PAX-6 dan lugar a alteraciones en los niveles de un conjunto de proteínas necesarias para la formación del ojo durante la fase embrionaria.

Estructura molecular de la proteína PAX-6, el gen primario causante de la aniridia. Wikimedia commons, CC BY

La principal dificultad del diagnóstico genético reside en el importante número y diversidad de mutaciones posibles del gen. Muchas aún no se conocen, lo que dificulta mucho establecer un pronóstico de la enfermedad y, con ello, su tratamiento.

Cada persona, según el tipo de mutación (o mutaciones) que presente, puede manifestar un conjunto de alteraciones y síntomas con una evolución muy variable. Esto dificulta en gran medida su tratamiento y la definición de una guía general. A efectos prácticos, el pronóstico de cada paciente y de cada uno de sus ojos es un mundo que a menudo requiere un un abordaje terapéutico individualizado.

Cómo predecir el desarrollo de la enfermedad

Un estudio reciente descubrió nuevas variaciones específicas en el gen primario causante de la aniridia. Estas podrían explicar los subtipos y niveles de gravedad de esta enfermedad visual devastadora.

Un grupo de pacientes (niños y adultos) diagnosticados de aniridia en el Centro Médico Universitario de Saarland (Alemania) donde se llevó a cabo el estudio, proporcionaron las muestras de sangre y datos clínicos.

Aunque muchas de estas mutaciones ya habían sido descritas, el estudio descubrió algunas nuevas y, más relevante aún, las asoció a características clínicas y a la evolución de los pacientes.

Este hallazgo científico es pionero porque asocia tipos de mutaciones del gen PAX-6 a la imagen clínica de la enfermedad. Esto posibilita que información genética específica ayude al oftalmólogo a conseguir una imagen más precisa de la progresión y consecuencias de la enfermedad. Así se facilitarían las decisiones sobre opciones de tratamiento más personalizadas y la futura investigación sobre esta enfermedad.

The Conversation

Juliana Martínez-Atienza no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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