Javier F. Ferrero
El intelectual Noam Chomsky, una de las mentes más respetadas de nuestro tiempo, encajaría en la definición de disidente, ya que siempre ha sido crítico con el sistema en que le ha tocado vivir.

Sin embargo, el término disidente se utiliza de modo selectivo, como él mismo dice en su célebre libro «¿Quién domina el mundo?», pues no se aplica con sus connotaciones positivas a intelectuales defensores de los valores o aquellos que en el extranjero combaten las diferentes tiranías que nos rodean.

El ejemplo Mandela

Chomsky utiliza un ejemplo claro para definir lo que significa disidente para algunos. Pocos quieren recordar los tiempos en que, desde el campo conservador, líderes internacionales de primera fila tildaban de «terrorista» a Nelson Mandela y al Congreso Nacional Africano (CNA), al tiempo que minimizaban los crímenes del apartheid. El ex presidente estadounidense, Ronald Reagan, de hecho, se refirió a Mandela como el «terror calculado de ciertos elementos del CNA».

Reagan consideraba a la Sudáfrica del apartheid un aliado estratégico en la lucha contra el comunismo e hizo todo lo posible por proteger a Pretoria de las sanciones internacionales.

«Tomemos el interesante caso de Mandela -expone Chomsky en su libro-, que no se eliminó de la lista de terroristas del Departamento de Estado hasta 2008, por lo que hasta esa fecha no pudo viajar a Estados Unidos sin autorización especial. Veinte años antes, era el líder criminal de uno de los ‘grupos terroristas más notorios del mundo’, según un informe del Pentágono.»

El intelectual señala que «por esa razón el presidente Reagan tuvo que apoyar el régimen del apartheid , aumentó el comercio con Sudáfrica, violando así las sanciones del Congreso, y apoyó los estragos de Sudáfrica en países vecinos, que condujeron, según un estudio de Naciones Unidas, a un millón y medio de muertes».

La «disidencia» latinoamericana

Pero Mandela solo fue un pequeño capítulo de «disidencias», un episodio más en la guerra contra el terrorismo declarada por Estados Unidos para combatir el comunismo, lo social o lo que les resultaba extraño. «Podríamos añadir centenares de miles de cadáveres en Centroamérica y decenas de miles más en Oriente Próximo, entre otros éxitos», expone Chomsky sobre la gestión estadounidense.

La estrategia inicial estadounidense en la Guerra Fría fue contener a la URSS para que ni territorial ni políticamente se extendiese, si bien las élites dirigentes latinoamericanas todavía era absolutamente favorables a EEUU. Esos posibles acercamientos a la Unión Soviética era algo que no podían consentir.

En Washington no tardaron en descubrir que las pésimas condiciones sociales y económicas de muchos países latinoamericanos fomentaban la difusión de ideas comunistas y nacionalistas de izquierda, y algún que otro gobierno, para evitar un estallido social, decidió intervenir en la economía nacional. Cuba, Guatemala, Chile… la mano de Estados Unidos se notó por toda Latinoamérica. Ya en los 90, el desmoronamiento del bloque comunista hizo que uno de los pilares de la política exterior de Estados Unidos, la lucha contra el comunismo, perdiese todo el sentido.

Sin embargo, esta guerra contra el disidente fue llevada más allá de esta época: Latinoamérica es un caso revelador de la lucha estadounidense contra el que piensa diferente. Chomsky subraya sobre el tema que «aquellos que exigían libertad y justicia en Latinoamérica no son admitidos en el panteón de disidentes respetables» y expone un claro ejemplo: una semana después de la caída del Muro de Berlín, a seis destacados intelectuales latinoamericanos les volaron la cabeza miembros de un batallón de élite armado por órdenes directas del alto mando salvadoreño y entrenado por Washington. Estos intelectuales asesinados «no se homenajean como disidentes respetables ni tampoco otros como ellos en todo el hemisferio sur», resalta Chomsky.

Entre los ejecutados por disidentes en Latinoamérica «hubo muchos mártires religiosos y también se produjeron crímenes en masa, apoyados de manera sistemática o iniciados por Washington», destaca el lingüista.

«Como apenas podemos ver lo que está ocurriendo ante nuestros ojos, no es sorprendente que los hechos que suceden a una ligera distancia resulten del todo invisibles». 

NOAM CHOMSKY , ¿Quién domina el mundo?