El paramédico y vicepresidente del sindicato de oficiales de Servicios Médicos de Emergencia del Departamento de Bomberos de Nueva York, Anthony Almojera, habló con Alice Cuddy, de la BBC, sobre lo que sucedió el domingo pasado, lo que él llama el día más difícil de su carrera.

Almojera hace turnos de 16 horas diarias para tratar de salvar la vida a pacientes de toda la ciudad de Nueva York que ya cuenta con más de 180.000 casos confirmados de coronavirus, superando a cualquier otro país en el mundo.

En sus 17 años de trabajo ha tenido que lidiar con la muerte casi a diario pero ninguna de las experiencias vividas lo han preparado para lo que está viviendo la ciudad debido a la pandemia de covid-19.

Comienza su relato explicando como a las seis de la mañana tiene que estar listo en Sunset Park, Brooklyn para comenzar un turno de 16 horas, después de haber dormido 5 horas.

Como el virus puede sobrevivir en cualquier cosa empieza por limpiar todo lo que lleva: las llaves, el maletín… Nada es seguro, ni siquiera sus compañeros de trabajo, esta es una guerra con balas invisibles y cada persona con la que tienes contacto es una bala que te puede impactar.

Anthony Almojera

Desde media noche han recibido cerca de 1.500 llamadas y hay días en los que reciben más de 6.500. La ciudad de Nueva York tiene el sistema de emergencia médica más usado en el mundo, con un promedio de 4.000 llamadas diarias.

Almojera recuerda como su periodo más ajetreado el día de los atentados a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, en el que recibieron 6.400 llamadas. Con la emergencia del covid-19 tienen ese mismo volumen de llamadas, pero todos los días.

El 20 de marzo comenzaron a notar el aumento de casos pero el 22 fue como si hubiera caído una bomba. Debían enfrentarse a la emergencia con un sistema que no estaba preparado y con pocos recursos.

Ahora mismo, cerca del 20% de los paramédicos del equipo están enfermos, algunos de ellos contagiados y otros internados en unidades de cuidados intensivos.

Llega la primera emergencia, un paro cardíaco, se coloca la máscara y los guantes y atienden a un hombre que lleva cinco días con tos y fiebre. Comienzan el procedimiento de primeros auxilios y lo intuban para ayudarlo a respirar. Treinta minutos después el hombre fallece.

Veinte minutos después otra llamada por un ataque al corazón con los mismos procedimientos y el mismo resultado. A las 11 de la mañana ya habían atendido seis paros cardíacos, cuando normalmente atienden entre dos y tres por semana.

En todo el turno solo tuvieron un caso que no estaba relacionado con el coronavirus: un suicidio.

El séptimo caso es en una casa donde se encuentran a una mujer prestando primeros auxilios a su madre que ha dejado de respirar y que «tiene los síntomas». El jueves anterior los compañeros de Almojera habían atendido a su padre que también tenía síntomas y había muerto. Intentan salvar a la mujer pero también fallece. Ahora toca decirle a la mujer que ha perdido a ambos padres en cuestión de tres días.

Se preparan para los siguientes casos, son las seis de la tarde y han atendido diez ataques cardíacos. El último caso es de un tío de una familia de asiáticos que acaba de morir. Ellos le piden que lo lleve al hospital pero los hospitales no reciben a nadie que no tenga signos vitales. Ha tenido que decirle a 10 familiares que no pueden hacer nada más. Almojera está emocionalmente agotado y vuelve a su pensamiento la mujer que perdió a sus padres.

Queda una hora y media para acabar su turno y aparece otro infarto en el que la persona también fallece. Es la doceava vez en el día que debe decirle a una familia que lo siente y que no pueden hacer nada más.

Tanto él como sus compañeros y sus familiares son conscientes de que en el trabajo que eligieron pueden enfermar y morir pero sus familiares no eligieron que su familiar les pueda llevar una enfermedad como esta a casa, por eso muchos compañeros de su equipo duermen en los coches para evitar contagiar a sus familias.

Los médicos sobreviven a una carrera en constante contacto con la vida y la muerte porque siempre tienen la esperanza de que «bueno tal vez no salvamos a este, pero salvaremos al siguiente». Pero con este virus la esperanza se desvanece, están luchando contra un enemigo invisible que está eliminando a sus compañeros de trabajo.

Ninguna de las 12 personas sospechosas de haber muerto por covid-19 en el turno de Anthony había sido sometida a pruebas para confirmar el coronavirus. Como resultado, sus casos no se incluyeron en la cifra oficial de muertes por el virus en Nueva York el domingo pasado, que alcanzó las 594.

Fuentes: BBC Mundo.