Stephy Ordóñez
Portavoz de EQUO Galicia
. Miembro de la Red EQUO Mujeres


Pertenezco a esa generación que nació en la ciudad y a la que le dijeron que “ser de pueblo” era igual a ser una ignorante, una paleta, una persona de segunda. El sinónimo de éxito, de futuro, sin duda, era ser de ciudad. Han pasado más de tres décadas desde aquello, soy mujer, joven, con estudios post-universitarios, he vivido fuera de España y… Me siento engañada. Hoy en día, vivir en cualquiera de las ciudades más “exitosas” de España (Madrid, Barcelona, Valencia…) implica vivir para sobrevivir.  Alquileres altos, servicios públicos cada vez más caros y deficientes, largas distancias (no podemos esperar que la ciudadanía deje el coche en su casa -con los gastos que implica tener uno o dos vehículos- si no tiene buenos servicios de transporte público, y si cada vez se construyen viviendas más lejos de los centros; además de esa sensación de “prisa” permanente) ocio “de pago” (los adolescentes de las ciudades se han acostumbrado a pasar el día en los centros comerciales, casas de apuestas o en cualquier lugar que implique gastar dinero). Sí, señoras y señores, vivir en una ciudad se ha convertido en un coladero constante de dinero con sueldos cada vez más bajos, inestabilidad laboral y con una recesión económica que está llamando a la puerta (y ya no tenemos “el colchón” que sí tuvimos en el año 2008). Eso provoca que cualquier persona que vive en una ciudad trabaje sin parar, sin pensar en el futuro, sin pensar si le compensa todo eso. Sin darse cuenta que se le escapa la vida, los mejores años, en postureos banales, en pasar puentes y fines de semana en otros países por ser más chic. Cuando, seguramente, la felicidad no tiene nada que ver con todo eso. 

El problema es que hace unos años, alguien, una persona como tú y como yo, decidió que el mundo rural de este país debía morir, debía caer por sí solo. Y le salió bien el plan. El rural está muriendo por intereses de terceros; no por él. No por no tener futuro. El “rural”, el “pueblo” o la “aldea” tiene sus cosas buenas y sus cosas malas (como las ciudades); pero, desde un punto ecofeminista no se entiende que el ser humano, la especie más inteligente de todas, no se percate de la realidad. En las aldeas, las mujeres jóvenes tienen hijos pronto y pueden formarse, no pagan alquileres altísimos ni se pasan el día corriendo todo el día para ganar un sueldo que no les llega. Son mujeres que han apostado por heredar la casa familiar, el negocio de toda la vida que convierten en suyo propio  que trabajan la tierra, que cuidan sus animales (no tiene nada que ver con las explotaciones ganaderas intensivas que tanto daño están haciendo al medioambiente y a la salud humana) y su vida es mucho más lenta. Sus hijas e hijos pueden ir a la escuela (en el rural están deseando recibir criaturas para que no se cierren sus escuelas: en Castilla La Mancha se cerraron 70 escuelas entre los años 2012 y 2015; en Galicia, en el 2019, la Xunta ya cerró seis escuelas más; mientras que en las grandes ciudades te tienes que pelear con la administración para lograr una plaza pública). Ellas son autosuficientes y su vida es mucho más tranquila. 

Hace unos días visité la aldea donde están enterradas las mujeres de mi familia y observé una estampa familiar: tres mujeres de una misma familia, todas con botas de goma y paraguas. La abuela, con el rostro y las manos curtidas por el trabajo en el campo, que subía y bajaba por unas escaleras con más agilidad que yo misma. La hija, una chica más joven que yo, arreglando unas flores. Las nietas, dos pequeñas que correteaban y jugaban en medio de un camposanto, sin miedo a los muertos, sin disfraces de Halloween. Y que se dirigieron a su abuela para preguntarle algo. Sus risas se convirtieron en la banda sonora de ese día. ¿Esta estampa se podría ver en una ciudad? ¿Tres generaciones dedicando tiempo a los cuidados? ¿Dos niñas correteando felices, sin miedo, con la inocencia de su edad? No creo. Lo más duro es que en las ciudades los trabajadores son pobres aunque tengan un empleo. Los salarios no llegan para cubrir las necesidades básicas. La depresión, la ansiedad, la ludopatía… se está haciendo un hueco entre la gente más joven. En los pueblos, donde siempre se había dicho que la gente enfermaba de depresión, ya no saben cómo atraer gente: explotaciones ganaderas que quedan abandonadas, campos que están cubiertos de malas hierbas ya que nadie los quiere cultivar, casas que se están cayendo… ¿En qué estamos fallando? ¿Por qué hemos permitido que exista la España vaciada? Estoy convencida de que muchas mujeres jóvenes se irían a vivir a los pueblos si tuvieran conocimiento de los beneficios del mismo: oportunidades de trabajo, educación pública para sus hijos, poder cuidar de su prole (cuidados, tan importantes para la sociedad aunque se nos olviden), podrían ser dueñas de sus propios negocios, de su tiempo… Si tuvieran unas buenas infraestructuras, un buen servicio de transporte público, una instalación de fibra óptica que les permitiera trabajar desde casa. Y, sobre todo, si hubiera interés por parte de los políticos para que eso cambiase. Mientras tanto, hasta los 30 viviendo con tus padres. Después, sobrevive en una habitación. Cuando tengas 35-40 años podrás vivir en un piso a las afueras de la ciudad cuyo alquiler será la mitad de tu sueldo. Si tienes hijos, ten cuidado con los plazos y reza para que tengas una plaza en un colegio público que supera el número de niños por aula. Y, te pasarás tantas horas trabajando por un sueldo que solo te permite subsistir que no verás a tus hijos en todo el día (gasta dinero en extraescolares, en actividades deportivas… todo lo que sea para que los pequeños no se aburran y no estén solos en casa). Y, llegarás a “mayor” sin haber disfrutado de la vida, sin hacer lo que realmente te gusta. Solo sobreviviendo. Sí, señoras. Me siento engañada. Y, como yo, muchas ciudadanas de mi generación.


Stephy Ordóñez, Portavoz de EQUO Galicia y candidata al Congreso por Galicia en la lista de MásPaísEquo

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