El futuro del planeta

Luis Suárez
Responsable de especies de WWF


Los expertos nos los están avisando. Nos estamos enfrentando a la sexta extinción masiva de especies, la primera desde que los dinosaurios fueron borrados de la faz de nuestro planeta y la primera en la que la principal causa de extinción es el propio ser humano. Los datos están ahí y son alarmantes. De acuerdo a diferentes estudios científicos, la tasa de extinción se ha multiplicado por 100 desde el siglo XX. Prácticamente un tercio de las especies evaluadas por la Unión Internacional para la conservación de la Naturaleza (UICN, por sus siglas en inglés) en su Lista Roja se encuentran en peligro de extinción. Según el Informe Planeta Vivo, que WWF publica cada dos años, las poblaciones de animales vertebrados –como mamíferos, aves o peces- cayeron un 58% entre 1970 y 2012.

Todo esto está ocurriendo delante de nuestros ojos sin casi darnos cuenta. Los campos, antes llenos de vida con especies tan comunes como grillos, ranas, abejas o aves, están ahora apagados y en silencio. Las poblaciones de una especie tan común como el gorrión, tan habitual en nuestras ciudades y pueblos, han bajado en España un 63% desde 1980.

Las especies están desapareciendo delante de nuestros ojos. Cada día que pasa perdemos poblaciones enteras, subespecies e incluso especies. Con ellas perdemos variabilidad genética y biodiversidad, en un grave problema que significa empobrecer nuestro capital natural. Porque también se trata del ser humano y de su futuro. Nos servimos de la naturaleza para comer, beber y calentarnos, para prevenir enfermedades y para sanarlas, para fabricar nuestros hogares y para defendernos de las catástrofes naturales, para trabajar y para relajarnos. Perder biodiversidad significa perder recursos y, sobre todo, alterar el gigantesco ecosistema llamado Tierra, un ecosistema del que formamos parte, como un elemento más, aunque a veces nos creamos – de forma errónea- que somos el centro de todo.

Y lo más grave de este proceso es que el ser humano es el único causante de toda esta degradación. Si analizamos las cinco causas principales de extinción de especies, los cinco jinetes del apocalipsis de la extinción, todos están íntimamente relacionados con la actividad humana. Estos son la destrucción del hábitat, la sobreexplotación de recursos, las especies invasoras, la contaminación y el cambio climático.

Destruimos y fragmentamos el hábitat a través de la intensificación de la agricultura, la tala masiva de bosques, los incendios o la construcción de infraestructuras. Sobreexplotamos nuestros recursos a través de la caza, la pesca o el furtivismo. Es el ser humano quien, de forma voluntaria o accidental, expande las especies fuera de su ámbito geográfico creando especies invasoras. Y, por supuesto, la actividad humana está detrás del cambio climático, que actúa como una amenaza en sí, pero que, sobre todo, amplifica muchas de estas amenazas y favorece su expansión, además de potenciar su impacto.

Protección sobre el papel

España es un buen ejemplo de lo que puede estar ocurriendo en nuestro planeta. Nuestro país es una joya en lo que a naturaleza se refiere pues su patrimonio natural es espectacular: 85.000 especies de fauna y flora -el 54% del total de Europa-. Pero, por supuesto, también sufre el mismo proceso de degradación. Las especies declaradas en peligro de extinción se han duplicado en los últimos 25 años. Y, entre ellas, se incluyen animales tan emblemáticos como el lince ibérico, el águila imperial o el oso pardo.

Como miembro de la Unión Europea y país con un elevado grado de desarrollo, en España hay una elevada conciencia ambiental y existe una potente normativa sobre conservación de la biodiversidad.

Así, la legislación protege nuestras especies y establece la obligación de que se desarrollen planes de actuación para revertir la situación de aquellas que están amenazadas. Sin embargo, tan sólo se ha aprobado el 25% de los planes de recuperación de especies en peligro, que deberían ser obligatorios para las diferentes administraciones. Esto se traduce en que faltan acciones efectivas y reales para abordar la situación de muchas especies en peligro de extinción, sobre todo si se trata de especies pequeñas o de grupos faunísticos menos conocidos como reptiles, anfibios o insectos, por no hablar de las plantas.

Algo similar ocurre con la protección de espacios naturales. En general, tan solo el 15,4% de la superficie terrestre y el 3,4% de la superficie marina están protegidas y, muchas veces, ni siquiera esa protección sirve para preservar la biodiversidad. En España ese porcentaje es mucho mayor y, a través de la Red Natura 2000, la red de espacios protegidos de la Unión Europea, se alcanza el 27% del territorio nacional.

Sin embargo, esta protección sirve de poco si no somos capaces de afrontar las amenazas que, en ocasiones, se producen fuera lo límites de las áreas protegidas, pero que tienen un notable impacto dentro de las mismas. Dos buenos ejemplos son los dos Parque Nacionales ligados a humedales, como son Daimiel y Doñana. Ambos están asediados por la agricultura intensiva que se extiende a su alrededor y por la consecuente sobreexplotación de los recursos hídricos de los que dependen.

Pequeños grandes avances

Pero, ¿cómo podemos revertir estos problemas? Para empezar, tenemos que creer que somos capaces y que es posible. Y, para ello, tenemos que mirar los ejemplos positivos. Como el reciente caso de Nepal que prácticamente ha conseguido doblar el número de tigres que viven en el país. O el caso del panda gigante, uno de los símbolos de la conservación de la naturaleza desde que hace medio siglo WWF lo escogió como logo, que en 2016 dejó de estar considerado “en peligro”. También tenemos un magnífico ejemplo en nuestro país con el lince ibérico, una especie que se encontraba prácticamente al borde de su desaparición en 2002, momento en el que se censaron tan sólo 100 ejemplares. En la actualidad, cuenta con cerca de 600 individuos en varias poblaciones que no dejan de crecer. Algo similar está ocurriendo con otras grandes especies como el oso pardo, el águila imperial o el quebrantahuesos.

Un gran reto

Estos pequeños avances nos muestran cuál es el camino a seguir y, además, nos transmiten esperanzas. Pero tenemos que ir a más y ser muchos más ambiciosos, para ir más allá de algunas especies icónicas o de unos pocos lugares protegidos.

La conservación de la biodiversidad debe ir integrada en todas las grandes políticas y en el modelo económico y de producción. Porque no se trata de desarrollar políticas específicas de conservación de la biodiversidad, sino de que la biodiversidad, su conservación y su explotación sostenible se conviertan en el eje de todas las políticas.

En estos momentos estamos consumiendo recursos naturales como si tuviésemos 1,6 planetas a nuestra disposición, acumulando un déficit ecológico cada vez mayor y llevando nuestro planeta a su colapso.

Nos acercamos a un nuevo reto en la cumbre del Convenio de Diversidad Biológica de Naciones Unidas de Pekín en 2020, donde se revisarán los objetivos de conservación que se establecieron para ese año y donde los países del mundo tendrán que definir unos nuevos para la próxima década. Pero, esta vez, no se trata solo de establecer objetivos, sino de cambiar el enfoque y las actitudes. Si en la lucha contra el cambio climático hubo un antes y un después de la cumbre de París, debe ocurrir lo mismo con la cumbre de Pekín para el caso de la biodiversidad.

Además, es necesario establecer un nuevo marco de trabajo para los próximos 30 años que sea revisado periódicamente, donde se establezcan metas y avances concretos y donde se impulse un cambio global. Debemos seguir marcando un cambio en las políticas energéticas para reducir nuestras emisiones y frenar el cambio climático, pero garantizando al mismo tiempo que estas nuevas políticas no supongan una amenaza para la biodiversidad.

También debemos ser capaces de cambiar nuestro hábitos de consumo y alimentación reduciendo, por ejemplo, el consumo de proteína animal, controlando el desperdicio de alimentos –el 30% de la comida acaba en la basura- o buscando productos con origen sostenible certificado, como MSC para el pescado o FSC para el papel. Asimismo, debemos cambiar la política de aguas para preservar un recurso tan valioso como escaso y del que tanto dependemos. Y, en esa línea, debemos cambiar las políticas de agricultura o de transporte e infraestructuras, entre algunas otras.

Muchas personas, cada vez más, vivimos en grandes ciudades llenas de luces y cemento y muy alejadas de bosques, humedales o espacios vírgenes, muy alejados de aquellos lugares que nos dan la vida y de los que dependemos. Entender y asumir que nuestra supervivencia está íntimamente ligada a la de todas las demás especies del planeta y al mantenimiento de esta frágil red de vida que llamamos biodiversidad es fundamental para garantizar nuestro futuro.

Solo cuando asumamos que con la desaparición de las especies esa red se rompe y cuando entendamos que nuestra supervivencia está amenazada, solo entonces podremos iniciar. Pero debemos hacerlo rápidamente, porque el tiempo se nos está acabando. Yo me apunto al cambio, ¿y tú?


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