Rafael Silva


…arriba, donde habitan muchos de los llamados servidores públicos y de los empresarios burgueses se estrenan ropajes finos que no cubren su avaricia y deshumanidad, al tiempo en que juegan a la caridad y rezan en sus mesas llenas de comida, bebida e impunidad (…) la humanidad tiene hambre de sí misma, erradiquemos el hambre transformando el mundo

Cristóbal León


La fiebre consumista se dispara, las plantillas de tiendas y centros comerciales aumentan, la solidaridad vive su fiesta anual, las personas cambian de carácter…es el espíritu de la Navidad, que se apodera de nosotros cada 365 días. Año tras año asistimos a un falso encantamiento, a una hipócrita conducta, a una masiva manifestación del dar y del recibir, pero todo ello no ocurre por generación espontánea, sino porque se celebran determinadas fechas en el calendario cristiano. Pero esta solidaridad no nace del corazón, como un producto de nuestros buenos sentimientos y valores, sino como un eslogan del consumo, de la deshumanización y mercantilización de los afectos y sentimientos humanos. La Navidad es un inmenso montaje comercial, las vitrinas de los comercios muestran sus géneros por doquier, y se nos infunden miles de mensajes subliminales para que participemos de esta fiesta del amor por el Nacimiento (Natividad) del Señor…¿pero cómo podemos cantar “Noche de Paz” cuando las potencias nucleares se rearman y amenazan al mundo entero?

Ilustración de Javier F. Ferrero

Sufrimos como un encantamiento, pero un encantamiento a todas luces hipócrita, porque el mensaje capitalista nos impide llegar más allá, preguntarnos por las verdaderas razones de nuestro comportamiento, tanto individual como colectivo. Porque…¿quién piensa en las causas perdidas en Navidad? ¿Quién piensa en las injusticias? ¿Quién piensa en los trabajadores y trabajadoras explotadas y discriminadas? ¿Quién piensa en sus condiciones de vida y de trabajo? ¿Sólo nos preocupa que los “sin techo” (expresión cuasifamiliar para los que viven en la calle) coman y cenen en Navidad? ¿No nos preocupa que lo puedan hacer también el resto del año? ¿No nos preocupa que mientras nosotros celebramos la natividad de alguien hace más de 2.000 años, en la actualidad cientos de miles de hombres, mujeres y niños continúan sufriendo la caída de bombas, la destrucción de sus hogares, la necesidad de huir? ¿No nos preocupa que hayamos diseñado un mundo donde miles de personas huyen de sus países en Caravana porque no pueden ya vivir en ellos? ¿No nos preocupa el hambre, la miseria y la pobreza de millones de personas, debido precisamente a nuestros modos de vida depredadores? ¿No nos preocupa que estemos destrozando nuestro propio planeta, nuestro hogar común, el de la especie humana, debido a una infernal carrera por tener y poseer más? La Navidad, para los que creen de verdad en ella, es un acto de amor, y amar a toda la humanidad es la mayor prueba de que hemos entendido el mensaje.

Pero no es así, desgraciadamente. Ese colectivo ejercicio de hipócrita encantamiento no sirve para nada si no lo mantenemos el resto del año, si no exigimos el resto del año la justicia social, si no nos preocupamos por los más débiles y desfavorecidos, si no practicamos los mismos valores de solidaridad, empatía, cooperación, etc. El dar y el recibir debe convertirse en un ejercicio diario, desde todas las dimensiones e instancias de nuestra sociedad. Desde las instituciones a los poderes del Estado, desde las Administraciones más cercanas a las más lejanas, desde nuestro entorno de trabajo hasta el más íntimo o familiar. La película “El Crack Dos”, de José Luis Garci, mostraba al final de la misma una íntima escena navideña dentro de una mansión, donde el Presidente de un holding farmacéutico disfrutaba con su familia de un bienestar y comodidad elevados, mientras miles de personas morían anualmente con sus medicamentos trucados, envenenados, placebos que no curaban. Pero este magnate de la industria celebraba la Navidad en su casa, con su gente. Y no se despeinaba mientras contaba, en Nochebuena, cómo sus medicamentos eran alterados para que no curaran, mientras se justificaba diciendo que “el queso está podrido en todas partes del mundo”. A este nivel de desatino y esquizofrenia colectiva estamos llegando.

A finales de 2019 volveremos a celebrar la Navidad, mientras la violencia sistémica del capitalismo, en todas sus formas, habrá destrozado al mundo durante otro año más.