Miles de personas se quedaron sin refugio tras los incendios en el campo de Moria el 9 de septiembre de 2020. Stratis Balaskas/EPA

Lesbos ha sido cuna de nuestra civilización europea, espacio donde han convivido diversas culturas, herencia de distintos pueblos y tradiciones. Quizás muchos la reconocemos por ser la patria de Safo, la poetisa del amor apasionado. ¿Dónde ha quedado ese amor? ¿Dónde la diversidad y la pasión que la acompañaba?

Desde hace menos de una década, los conflictos iniciados en Oriente Medio en 2014, especialmente la guerra en Siria, están dotando a la isla griega de un semblante muy diferente. Lesbos simboliza en estos momentos, después del incendio del campo de refugiados de Moria, el modelo fallido de política migratoria en Europa. Lesbos se ha convertido en el icono donde reflejar un sistema que hace aguas y del que solo podemos ver sus cenizas.

En Lesbos confluyen unos elementos singulares, que no difieren, pero se extreman con respecto a lo que ocurre en otros lugares de la Frontera Sur europea.

Desde hace más de cinco años se vive una situación insostenible, donde Europa mira para otro lado y se ha dejado a la población local la responsabilidad y el cuidado de un espacio masificado e indigno. Un campo con capacidad para 3 000 personas y donde residen 13 000. De ellos un 40% son niños, de los cuales más de 400 son menores sin sus familias. El 80% de las personas que vivían en Moria procede de Afganistán y es demandante de asilo. Personas que, junto a la población siria del campo, han huido de una guerra. Familias al completo que han tenido que abandonar sus hogares huyendo de la violencia y la muerte. También personas de distintas partes de África, donde la violencia es estructural.

Vista aérea del campo de refugiados de Moria, en la isla griega de Lesbos, en febrero de 2020. Shutterstock / Nicolas Economou

Primera acogida sin capacidad

Por una parte, se refleja un modelo de primera acogida que no tiene capacidad suficiente no solo para albergar, sino para acoger con dignidad a personas que están huyendo de la violencia y la guerra en sus lugares de origen. Las imágenes aparecidas estos días y durante los meses de confinamiento lo acreditan, con cortes de electricidad y colas de más de tres horas para recibir comida o atención médica. La mayoría duermen en tiendas de campaña o chabolas improvisadas, algunos duermen a la intemperie en noches invernales que han alcanzado los dos grados bajo cero.

La odisea para solicitar asilo era realmente un auténtico laberinto sin salida. Era normal esperar un año para el día de la entrevista con la Oficina Europea de Apoyo al Asilo (EASO), y otros largos meses para recibir la notificación de la decisión. Desde este año, la nueva política griega tramita este proceso en un mes, acelerando las deportaciones, con medidas totalmente desproporcionadas, donde se da una inversión de la carga de la prueba, y donde en general se presupone que los solicitantes mienten sobre su estado.

Lo duro es que este tipo de políticas que vulneran de lleno los derechos de las personas, están siendo apoyadas por Bruselas, y parece que se refrendarán en el Nuevo Pacto sobre Migraciones y Refugio. Una Europa insolidaria que no ha sido capaz de cumplir con sus obligaciones de forma solidaria y que externaliza sus fronteras cada vez más. Quizás por eso Lesbos ha llegado a estos límites insostenibles tras los acuerdos de la Unión Europea con Turquía en 2016.

Moria, o “El infierno”, como ya es apodado por muchos, ha vivido momentos dramáticos en estos tiempos de COVID desde principios de este mes, cuando la policía griega ha venido aplicando una cuarentena injustificada y cruel a más de 13 000 personas que viven en condiciones insalubres. Muchos organismos internacionales como ACNUR y la OIM habían advertido del peligro para los campos de refugiados de vivir estas condiciones de hacinamiento, por la imposibilidad de cubrir los requisitos mínimos sanitarios y de distanciamiento social. Una necesidad de evacuar los campos y de trasladar y reasentar en lugares con condiciones dignas. La realidad del CETI de Melilla y lo vivido en la Plaza de toros de esa ciudad autónoma, nos habla de tristes paralelismos.

Europa parece que empieza a despertar muy tímidamente después de las manifestaciones en Alemania y en otros rincones del continente. Algunos países se comprometen a acoger a cupos de 100 menores. Cantidades ridículas pero que pueden ser un inicio del camino. Tanto la iglesia católica como la evangélica han puesto medios para realizar ayuda humanitaria, y comunidades como San Egidio o el propio Servicio Jesuita a Refugiados, entre otros, están acompañando y realizando intervenciones en distintos espacios de acogida e integración desde hace años. Aún así, las familias siguen durmiendo tras el incendio al raso, en las cunetas.

¿Hasta dónde puede llegar la crueldad del ser humano ante el dolor y la irresponsabilidad en nuestros actos? Europa, los gobiernos y la ciudadanía en general, es decir, todos nosotros, no podemos seguir mirando hacia otro lado sin actuar, como si no pasara nada. Es necesario que Europa, enraizada en sus valores fundacionales, esté a la altura de las circunstancias, trabajando unida, con respuestas comunes y solidarias, con un modelo de integración y arraigo en nuestras sociedades diversas y, sobre todo, respetando el derecho universal de las personas que solicitan asilo. Esta debería ser la verdadera agenda del Nuevo Pacto de Migraciones y Refugio que dentro de pocas semanas verá la luz en Europa.

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