Javier F. Ferrero


Contexto

Atenas acababa las nefastas guerras del Peloponeso (431–404 aC) que fue el conflicto militar que enfrentó a la Liga de Delos (de la propia Atenas) y la Liga del Peloponeso (conducida por Esparta), con triunfo espartano.

La guerra del Peloponeso cambió el mapa de la Antigua Grecia. Atenas, la principal ciudad antes de la guerra, fue reducida a un estado de sometimiento, mientras Esparta se establecía como el mayor poder de Grecia.

El costo de la guerra se sintió en toda Grecia. Un estado de pobreza se extendió por el Peloponeso, mientras que Atenas se encontró a sí misma devastada y jamás pudo recuperar su prosperidad. La guerra también acarreó cambios sutiles en la sociedad; el conflicto entre la democracia ateniense y la oligarquía espartana –cada una apoyaba a facciones políticas amigas dentro de otros estados– hizo de las guerras civiles algo común.

Las consecuencias fueron los Treinta Tiranos y la corrupción política y, como sucedía en sus tragedias, Atenas sufrió pestes (descriptas por Tucídides) y se sumió en una ruina que propiciaría la conquista de Filipo de Macedonia.

Atenas recuperó su democracia a fines del siglo V. Pero nada sería como antes. La corrupción y los enfrentamientos civiles entre oligarcas y demócratas sólo prolongaron la agonía. Hablamos del periodo de los oradores del Ática, de la proliferación de juicios y hostigamiento a supuestos ciudadanos colaboracionistas o a los molestos como Sócrates.

Las guerras griegas se convirtieron en luchas sin cuartel entre ciudades-estado con atrocidades. La guerra del Peloponeso devastó territorios y destruyó ciudades, marcando el final del dorado siglo V de Grecia y dando el marco para el juicio a Sócrates.

El legado de Sócrates

Sócrates

Sócrates era una figura conocida en Atenas antes de ser enjuiciado. De hecho, la comedia de Aristófanes Las nubes, presentada en 420 a. C., tenía a Sócrates como uno de los personajes principales, mostrándolo como un estafador pomposo y rimbombante. Sócrates jamás escribió una línea, pero su discípulo Platón elaboró muchos «diálogos socráticos», con su maestro como personaje central.

Muchas de las personas más influyentes de la época se resintieron por el examen cruzado de Sócrates, ya que con sus preguntas refutaba las reputaciones de sabios y virtuosos. La molestia de la mayoría de la gente consideraba el elenchos le ganó a Sócrates el epíteto de «crítico de Atenas».

El método socrático era imitado con frecuencia por los jóvenes atenienses, trastornando en gran medida el orden social y los valores morales ya establecidos. Incluso, pese a que el mismo Sócrates luchó por Atenas y abogó a favor de la obediencia a las leyes, criticó la democracia, especialmente la práctica ateniense de elecciones de grupo. Esta crítica aumentó la suspicacia de los demócratas, en especial cuando sus allegados eran descubiertos como enemigos de la democracia.

Sumado a todo esto, Sócrates mantenía una visión particular en cuanto a la religión. Realizó varias referencias a su espíritu personal, o daimon, aunque afirmó explícitamente que nunca se le había impuesto, sino que le advertía sobre varios acontecimientos posibles. Muchos de sus contemporáneos sospechaban del daimon de Sócrates, considerándolo un rechazo a la religión del Estado. En general, se ve al daimon de Sócrates como algo similar a la intuición. Además, Sócrates decía que vivir las virtudes era más importante que el culto dado a los dioses.

La mayéutica de Sócrates

El juicio

Una de las características de la justicia ateniense era que siempre debía ser rogada. Si un hecho, por grave que fuera, no era denunciado, no se juzgaba. No se impartía de oficio si no había una denuncia por parte del perjudicado o de su representante. Se admitía que si el daño objeto de la denuncia no afectaba a la esfera privada (díckai) sino al interés general (grafaí) se pudiera interponer por cualquier ciudadano que lo deseara (ho boulomenos) al considerarse que afectaba a todos.

Tres hombres presentaron cargos contra Sócrates: Ánito, hijo de un ateniense prominente, Antemión; Meleto, poeta, es el que presenta la denuncia ante el arconte; y Licón, del cual poco se sabe; de acuerdo con Sócrates platónico, era representante de los oradores.

Luego de haber decidido que existía un caso ante el cual debía darse una respuesta, el arconte indicó a Sócrates que se presentara frente a un jurado de ciudadanos atenienses, para contestar a los cargos de corrupción de los jóvenes atenienses y asebeia (impiedad).

Los jueces fueron seleccionados por lotería de entre un grupo de ciudadanos voluntarios varones (la ciudadanía no incluía a mujeres) pertenecientes a cada clase social. A diferencia de cualquier juicio llevado a cabo en muchas sociedades modernas, la mayoría de los veredictos eran regla más que excepción.

La ironía socrática

Es constado que Sócrates niega defenderse de forma efectiva. No acepta la ayuda de Lisias y se defiende a sí mismo sin clara voluntad de convencer al Jurado, en un tono que Jenofonte denomina “megalegoría”, es decir, grandilocuente, no ajustado a las circunstancias pero conscientemente. Es posible que Sócrates, ante la falsedad de las acusaciones, considerara que el defenderse de las mismas fuera una forma de aceptar su veracidad.

Sócrates se enfrentó a un jurado compuesto por 501 ciudadanos y después de que él y su acusador hubieran presentado sus disertaciones, el jurado votó a favor de condenarlo por 280 contra 221.

Sócrates y el fiscal sugirieron varias sentencias alternativas. Tras expresar su sorpresa ante lo poco que fue necesario para declararlo culpable, Sócrates propuso en forma de broma una sentencia compuesta por comidas gratuitas en el Pritaneo (un honor que era reservado a los benefactores de la ciudad y los ganadores de los Juegos Olímpicos), luego se ofreció a pagar una multa de 100 dracmas o «1 mina de plata», lo cual equivalía a una quinta parte de sus posesiones y era prueba irrefutable de su pobreza. Por último, acordó pagar la suma de 3000 dracmas o «30 minas de plata» (la idea le había sido propuesta por Platón, Critón, Critóbulo y Apolodoro, quienes también le garantizaban su pago). Su acusador propuso la pena de muerte.

Los seguidores de Sócrates le recomendaron huir,​ lo cual era esperado (e incluso habría sido aceptado) por la ciudadanía; pero él se negó por principios. Por coherencia con su propia filosofía de obediencia hacia las leyes, llevó a cabo su propia ejecución bebiendo la cicuta con la cual lo habían provisto.​ Así, se convirtió en uno de los primeros de los escasos «mártires» intelectuales. Sócrates murió a la edad de 70 años.

“¿Qué es eso? ¿Es ahora cuando os ponéis a llorar? ¿Acaso no sabéis que desde que nací estaba condenado a muerte por la naturaleza?” (…) Apolodoro, amigo apasionado de Sócrates, dijo: “Pero es que yo, Sócrates, lo que peor llevo es ver que mueres injustamente”. Sócrates  le respondió acariciándole la cabeza: “¿Preferirías entonces, queridísimo Apolodoro, verme morir con justicia que injustamente?”.

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