Varias veces ha recordado Manuel Marchena, presidente del tribunal que juzga el «procés», su «generosidad» a la hora de permitir preguntas, pero esta semana le ha puesto coto ante las «manifiestamente improcedentes» de abogados, otras que buscaban más la opinión de fiscales y las salidas de tono de acusados y testigos.

«La generosidad hay un momento que tiene un límite», afirmaba durante el interrogatorio a Mariano Rajoy un Marchena mucho más intervencionista que al inicio del juicio. Con los letrados, pero también con fiscales, abogada del Estado y Vox. Y con los propios acusados y testigos.

Límites para todos, pero sin faltar a las formas. «Le estamos escuchando con suma atención, pero lo repite y lo repite», le dijo a un Jordi Cuixart empeñado en hablar de las cargas policiales, a quien instó, «si lo desea», a ceñirse a las preguntas.

Tan educado que incluso rozaba la adulación: «¿Usted cree que tiene relevancia lo que el señor Rajoy opine sobre la insumisión en España? Usted sabe que no lo tiene porque es una excelente profesional», le dijo a la abogada de Cuixart.

Marchena cortó las palabrotas del líder de Òmnium («esto es una sala de justicia») y sus discursos sobre el derecho a la autodeterminación en el mundo («dejemos aparte la experiencia holandesa»), pero también al fiscal Jaime Moreno, que insistía en obtener una respuesta que no llegaba.

«No empezamos bien», sentenció algo incómodo un Marchena paciente cuando Joan Tardá quiso contestar en catalán, un derecho que, como testigo, no tiene.

Antes, había avisado a los letrados de que «no existe la figura del testigo opinante», pero Tardá no estaba allí para verlo y arrancó, decidido: «Este juicio está inspirado en la venganza. En la venganza…». «Mire señor Tardá, usted no estaba cuando he hecho la advertencia», zanjó enseguida Marchena.

En su empeño por que los abogados se ciñeran a lo que los testigos vieron con sus ojos, tuvo comentarios también para los abogados de Vox («pregúntele por lo que conoce»), la abogada del Estado («no pida una opinión a quien no ha venido a opinar») y los fiscales («vamos a centrarnos donde empieza este proceso»).

Y a los propios testigos. Como a Gabriel Rufián, que, a pesar de empezar calificando el juicio de «vergüenza», no le hizo perder los papeles. «Le pido que describa, que valore, no que etiquete».

Con Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría estuvo también intervencionista, ante las preguntas de unos abogados que consiguieron que se visionaran vídeos de enfrentamientos el 1-O a pesar de que el magistrado había avisado al principio de que se dejarían para la fase documental.

«No vamos a exhibir ningún vídeo», resolvió más tarde Marchena, que echó algún capote a Rajoy cuando paró preguntas sobre la autocrítica el 1-O, pero también le instó a responder a otras incómodas sobre su reunión con Íñigo Urkullu.

A Sáenz de Santamaría tampoco le hizo quedar muy bien cuando, ante sus evasivas, le pidió que respondiera si sabía que la DUI nunca se publicó en el boletín de la Generalitat: «No lo sé», contestó renqueante la exvicepresidenta.

Y puso en algún aprieto al exministro del Interior en su intento de zafarse de preguntas sobre si se abrieron expedientes a los policías del «a por ellos». Marchena le cortó: «La pregunta es muy clara, señor Zoido. Se contesta con un monosílabo».

Pero el momento que puso a prueba el nervio, el saber estar y la predisposición de Marchena fue sin duda el desafío del exdiputado de la CUP Antonio Baños: se negó a contestar a Vox. «Tiene la obligación de responder», le recordó.

Marchena se prestó entonces a actuar de correveidile y formularle las preguntas de Vox él mismo, convertido en una especie de intérprete español-español.

Baños se dio cuenta del entuerto cuando, mientras hablaba el abogado de Vox, Marchena tomaba notas para reproducir la tercera pregunta. Reiteró que no quería responder, tampoco de esa manera.

«Mire, no nos lo ponga difícil». Los siete jueces del tribunal salieron de la sala para tratar el desafío de Baños, dispuestos a poner freno a la misericordia de Marchena.

«Puede usted marcharse, vamos a deducir testimonio al juzgado de guardia», sentenció el presidente tras hablar con sus compañeros. Es el límite de la generosidad.

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