Por Javier Cortines 

Atrás quedaron los días en los que el mendigo Tico, el flautista callejero de Cartagena, se escondía de la policía, que en una ocasión llegó a confiscarle la flauta (su único medio de subsistencia). Los tiempos en los que vivía atormentado tras ser conminado a abandonar el centro de Cartagena porque daba muy mala imagen, “con su aspecto de pobretón, sucio y maloliente”, a los turistas que llegan frecuentemente en cruceros de lujo para conocer esta milenaria ciudad fundada por Asdrúbal en el 227.a. C.

Primero se le concedió un permiso para poder tocar la flauta, gracias a una gestión de la concejala de Podemos Teresa Sánchez Caldenty (de lo que ya informamos en su día) y ahora  “cuando su salud estaba muy deteriorada y prácticamente no se tenía en pie” (décadas de desnutrición, desprecio y desamparo habían hecho mella en su cuerpo y espíritu), acaba de conseguir la pensión no contributiva de 425 euros al mes.

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El propio Tico me comunicó “la buena nueva” cuando me topé con él hace unos días en la calle. Vino hacia mí radiante, como si le hubieran tocado cien millones en la lotería, o un ángel enviado por un dios compasivo hubiera matado con una espada de luz “a los demonios y espectros” que le tenían atenazado, atrapado, esperando que llegara, chirriante, la guadaña.

“Mi hermano me ha conseguido la pensión no contributiva. Ya no pido por las calles. Ya sólo toco los viernes, por eso me ves menos. Con los 425 euros que me dan ‘me alimento mucho mejor’. He decidido aprender a tocar la guitarra. Sé un poco, pero quiero hacerlo bien”, me dijo, exultante, Tico.

Aunque yo sabía que esa cantidad era una miseria, le felicité y le animé a practicar todo lo que pudiera con la guitarra, pues sigo pensando -como dice Aute- que pase lo que pase, siempre “nos queda la música”.

Tras despedirme de Tico me encuentro a una mujer, de edad indescifrable, sentada en un banco con el rostro cubierto con una gorra, inerte, sumida en un sueño tan profundo como la muerte. Lleva un bolso del que cuelga un llavero con un chupete. Su extrema delgadez, paradigma de todas las miserias de esta sociedad, te habla de drogas duras, esas que, como una niebla con colmillos, ha devorado las entrañas de los más débiles, los perdedores, los nadies (expresión de Galeano).

Me veo impotente y lanzo las preguntas que hace “la gente normal”, esa que tiene patria, religión y bandera, ¿Qué es esa mujer? ¿Feminista? ¿Comunista? ¿De extrema derecha? ¿católica? ¿atea? ¡Qué importa! Es un ser humano o, por lo menos lo era, hasta que la vida y los que mueven las ruedas, la aplastaron.

Cuando pienso que las 26 personas más ricas del mundo tienen el mismo dinero que los 3.600 millones de habitantes del planeta con menos ingresos, me cuesta creer que haya gente o Gobiernos que digan “que la economía va bien”, que “tenemos un crecimiento económico sostenible” o que en el futuro podremos vivir 120 años.

Nos adormecen, nos drogan, nos atontan, nos saturan con avalanchas de noticias. Nos domestican con obligaciones y compromisos que son, en la mayoría de los casos, “memeces”. Y, todo eso, nos impide palpar la realidad. ¿Acaso no ha llegado el momento de parar los relojes e iniciar una resistencia pacífica hasta que la nave Tierra gire antes de que se estrelle en el abismo de la avaricia o en el ‘mare procelosum´ donde los tiburones crecen a dentelladas?

Nos están manipulando nuevamente ¡Quizás somos víctimas de la mayor manipulación de la Historia! Los fantasmas que rigen el mundo, en vez de fomentar las relaciones humanas, personales, el acercamiento entre tú y yo, están potenciando lo que mi colega y amigo Luis. E. Sabini denomina “vínculos cibernéticos” ¿Adónde puede llevarnos ‘ese giro en la comunicación’ tan global como impersonal?

Ha llegado la hora de coger al toro por los cuernos, “esa bestia” cuya representación maciza e irónicamente atractiva, cual escultura de Fidias, se encuentra a las puertas de Wall Street.

La comunicación cibernética, virtual, con seres a los que jamás hemos visto en carne y hueso, está desembocando en nuevas formas de amor y amistad nunca vistas. No hace falta ir a la ciencia ficción para ver a humanos enamorándose de robots o viceversa. La cosa la tenemos cerca, en casa.

Eduardo Galeano describe en una de sus obras – no me acuerdo ahora cual- a un hombre embobado con una presentadora de televisión. Cree que la chica le está mirando, dirigiéndose exclusivamente a él. Que siente cariño por él, incluso que le ama, y le cuenta telepáticamente sus secretos más profundos. Se fija en sus labios y piensa que le lanza besos.

El hombre lo vive todo en secreto ¡No vayan a pensar que está de manicomio!

A veces, y esto lo agrego yo, se masturba imaginándose a su “amante de la pantalla” y, cuando alcanza el “clímax”, cree que “su pareja cibernética” llega al orgasmo al mismo tiempo que él, que la quiere por encima de todo y que, incluso, daría la vida por ella.

¡No os asustéis! Yo también estoy enamorado de Brad Pitt.

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Retrato de Javier Cortines realizado por el pintor Eduardo Anievas. Este escriba es el autor de la trilogía "El Robot que amaba a Platón", obra que no gusta nada a las editoriales consagradas al dios tragaperras por su espíritu transgresor y que se puede leer gratis en su blog:nilo-homerico.es/reciente-publicacion., en cuya portada se puede escuchar, además, la canción de Luis Eduardo Aute "Hafa Café".

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