Clara Megías
Responsable del Informe de Banderas Negras y del Área de Medio Marino de Ecologistas en Acción


El monocultivo turístico ha supuesto un cambio sociológico en el Estado español desde los años sesenta, sobre todo en aquellos territorios en los que el turismo domina un porcentaje elevado de su economía. Este cambio de paradigma, reorganización del territorio y reestructuración cultural, supuso en sus inicios el sacrificio de determinados enclaves del litoral, fundamentalmente del Mediterráneo, en los que la industria inmobiliaria vio el perfecto caldo de cultivo para expandir el nuevo concepto de negocio, que resultó ser el escenario ideal para gestar la fusión entre el Estado y la industria turístico-inmobiliaria. Las inversiones del Estado que han mimado esa estrecha relación con la industria turística, son un símil a mediana escala de los favoritismos y ventajas que se han desarrollado entre el Estado y la Iglesia, pero en esta ocasión, el cielo y el Dios cristiano han sido sustituidos por el “paraíso de sol y playa”. En este caso, el paraíso natural fue fagocitado por la industria del turismo masivo, y la ciudadanía, abocada al cambio estructural derivado de la corriente generada por el nuevo escenario social, como células dentro de un sistema que crece sin límites y que deben readaptarse al nuevo formato del súper organismo al que pertenecen. Dicha fusión, hija de un sistema capitalista basado en la destrucción del medio natural, no fue gratuita ni para nuestro entorno litoral ni para el patrimonio cultural.

Si bien no hay sistema ni estado que perdure eternamente, y es indudable el devenir incierto de las civilizaciones, lo que no es motivo de duda es el impacto negativo que el ser humano ha generado en las zonas costeras desde que empezaron a explotar sus recursos, sobre todo los vivos. Aunque la sintaxis defina un entorno físico como algo inerte, un eco-sistema, en este caso litoral, es una estructura dinámica que está en continuo cambio y evolución a merced de las modificaciones que se desarrollan interna y externamente. Las modificaciones fruto de las acciones antrópicas, si nos remontamos a miles de años atrás, no pueden ser comparables a las que se han llevado a cabo desde que se decidió que las costas eran el mejor vehículo de expansión turístico-inmobiliaria, y nosotros, seres humanos, simples piezas que debían aceptar pasiva e inconscientemente, que el turismo era el pilar de la economía, y para ello era justificable la destrucción de cualquier espacio costero. Aunque tampoco debemos engañarnos y culpar taxativamente al turismo de la destrucción de nuestros entornos costeros: actualmente casi la mitad de la población de España vive en la costa, pese a que esta suponga un 8.8% aproximado de la superficie total del territorio.

Pero retomando el factor turístico como una de las piezas claves de la destrucción de nuestro patrimonio natural, ligado a la venta del producto, había que seleccionar qué elementos del escenario encajaban mejor en las postales, y cuáles podían y debían ser borrados para siempre, como pasó por ejemplo con los sistemas dunares de infinidad de playas, porque la arena de las dunas molestaba a los veraneantes y sobre todo, a los pisos en primera línea que en general, eran y son segundas residencias para personas adineradas, cuyos súbditos son trabajadoras y trabajadores locales, que no han visto crecer su economía de manera paralela al crecimiento urbanístico. Un sistema litoral es de compleja definición general, pero a pequeña escala, como sistema dinámico y propio, puede ser entendido con sus elementos naturales y propios, para comprender el conjunto sistémico al que pertenece. El turismo masivo ha generado la absoluta artificialización con total impunidad, pese a la ley de costas de 1998, y dentro de lo que cabe menos mal, porque de no haber sido así, sería impensable cómo de destruido estaría ahora nuestro ya maltrecho litoral. Una ley que ha sido nuevamente transformada, en el año 2013 por el Partido Popular, y bautizada como Ley de Protección y Uso Sostenible del Litoral. La transformación no ha sido sinónimo de mejoría, pero sí una excusa para la privatización y comercialización progresiva del litoral.

Culpar al negocio de la turistificación debería reconsiderarse ya desde el propio concepto de culpabilidad, pues ha sido una hija perfecta entre la fusión del Estado y la industria turístico-inmobiliaria. Pero como fenómeno modificador de lugares concretos basados en falsas ideas de paraísos, es lógico plantear si junto a los añadidos de las postales de playas adaptadas al cliente, se ha modificado paralelamente el concepto de “vacaciones y tiempo libre”. Como mamíferos que somos, nos gusta disfrutar del tiempo libre sin hacer nada, tumbados en la cama, la playa o el campo, y simplemente no hacer. De hecho, hoy en día parece casi una ofensa reivindicar el derecho al tiempo libre. El tiempo libre o de vacaciones, rellenado incesantemente con ideas flasheadas por medios masivos de comunicación, en las que coger un vuelo barato para recorrer el Caribe en crucero, es el derecho por tu largo esfuerzo laboral a lo largo del año, vacaciones que realmente estresan a quien las realiza. El descanso o tiempo libre a la buena lectura en una playa, pasear por las rocas y escuchar el sonido del mar, parece hoy en día todo un reto al que debemos enfrentarnos en numerosos territorios costeros, ya que somos un país tan afortunado, que no paramos de batir récords en número de turistas anualmente.

Hemos llegado a un nivel tal de anclaje social en esta red turística, que gran cantidad de medios de comunicación, sobre todo en verano, se ven parcialmente obligados a desinformar sobre la realidad de las consecuencias de este obsoleto negocio sellado en nuestras costas. Por poner un ejemplo, desde hace varias semanas, los medios del Mediterráneo se están empleando a fondo para “denunciar” que las playas están sucias porque hay restos de algas y posidonia. Posidonia oceanica es una planta endémica del Mediterráneo, y que como toda planta, pierde sus hojas, hojas que son transportadas por el oleaje y se depositan en las playas. Curiosamente, es en verano cuando menos densidad de acumulaciones de hojas nos encontramos, pero es la cantidad suficiente para que el turista o la turista de turno se sienta molesta porque los restos de hojas se le pegan al cuerpo. El nivel es tal, que a la mayor parte de ayuntamientos no les queda más remedio que “limpiar” las playas, para adaptar la falsa postal vendida al turista, que es el producto que ellos y ellas han comprado, y que no se corresponde con la realidad. Ejemplo local que genera discrepancias entre diversos partidos y la ciudadanía, pero de entre la desinformación que se pudiera categorizar, uno de los graves problemas parte de la tendencia de la clasificación arbitraria para generar unos ránquines que bautizan a las playas como “buenas” o “mejores”, y que atraen a gran cantidad de visitantes, lo cual no sería ningún problema si dichos visitantes respetaran las normas de convivencia con el medio. Ejemplos relacionados con esto como llevarse caracolas de zonas sensibles, pisar dunas protegidas y señalizadas, no mantener la distancia reglamentaria con determinados animales, arrancar plantas para plantar la toalla, y un largo etcétera que aisladamente no generan los daños que provocan acciones concentradas en un tiempo y espacio concreto. Pero estos son unos ejemplos de los tantos que podrían enumerarse de cómo la turistificación ha logrado modificar nuestro entorno litoral, además de nuestra concepción sociológica.

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