Cynthia Duque Ordoñez

Tendemos a analizar la historia como una ciencia exacta, donde las etapas comienzan y finalizan de forma ordenada y sin claroscuros. Sin embargo, es más complejo. Las sociedades evolucionan variando sus costumbres, adaptando las modas a la tradición y modificando el nombre de instituciones, usos o costumbres arcaicos. Tampoco podemos estudiar la historia como una ciencia exacta pues no todo se anotaba y de lo escrito la inmensa mayoría de fuentes directas no han llegado a nuestros días, teniéndonos que basar en aquellos autores que inspirados en otros se han conservado hasta nuestros días, sobreviviendo al tiempo, al olvido y muchas veces a las quemas de libros.

Una de esas tradiciones que no nacieron de la nada cual Minerva es la Navidad. Fue en el año 354 D.C, cuando Furio Dionisio Filócalo, escritor y cronógrafo del papa Dámaso I, menciona el 25 de diciembre como el nacimiento de Jesús; no siendo hasta el año 440 cuando oficialmente el papa León Magno acepta la fecha, a pesar de que se estima el verdadero nacimiento en primavera.

La razón a dicho cambio se encuentra en la intencionalidad de hacer coincidir la Navidad, entendida como celebración del nacimiento de Jesús para los cristianos con las Saturnales, el culto a Mitra y la Natalis Solis Invicti.

Las Saturnales eran una festividad romana en honor a Saturno, dios de la agricultura y la cosecha, que se celebraba entre los días 17 y 23 de diciembre, coincidiendo con el solsticio de invierno, momento en el cual finalizaban las labores agrícolas. Consistía en celebrar banquetes donde eran muy importantes los sacrificios rituales, el uso de pan y vino, entregar regalos y dar momentáneamente la libertad a los esclavos. A su vez esta tradición se inspiraba en una festividad originaria en Babilonia. Los días 24 y 25 se dedicaban a Mitra, deidad muy favorecida por el ejercito romano, que moría el día 24 y renacía el 25 como el sol victorioso e invencible.

La Natalis Solis Invicti, nacimiento del dios Apolo, el dios del Sol, celebrado el día 25 de diciembre, considerado el día del solsticio de invierno, fecha a partir de la cual las horas de luz son mayores a las horas de oscuridad. Celebrar el día 25 de diciembre tampoco es una exclusividad del hemisferio norte o de las culturas europeas y mediterráneas, ya que podemos citar a las civilizaciones azteca e inca, las cuales celebraban el renacimiento del disco solar (Huitzilopochitl e Iuti, respectivamente).

En las religiones politeístas se creía que sus deidades solares renacían durante los últimos días de diciembre, como era el caso de Horus en Egipto, Mitra en Persia, Dionisio o Baco en Grecia o Tamuz en Babilonia. El Imperio Romano adoptó los ritos de los pueblos orientales y nórdicos con los que mantuvo relaciones de lealtad o vasallaje. Tampoco es una novedad que la deidad más valorada sea el disco solar y por esa razón reyes de todos los tiempos desde Akenaton hasta Luis XIV o el profeta de los cristianos unieron su nombre al Sol como demuestra la denominación de Sol de Justicia o Luz del Mundo en el texto de Malaquías 4:2, y evangelio de San Juan 1:9.

Las coincidencias tampoco terminan ahí. El mito del Dios-hombre es recurrente, variando el nombre en el espacio y en el tiempo, como en el caso de Osiris o Dionisio, que naciendo de una mujer terrenal en una cueva, refugio temporal o establo y muere entre terribles sufrimientos para purgar los males de los hombres. En el caso del mito de Dionisio también muere crucificado. La creación de estos mitos respondía a la necesidad de justificar el poder del soberano. La cruz que hoy conocemos como cristiana es una cruz egipcia cuyo significado alude a los cuatro puntos cardinales, principio y unidad en longitud y latitud.

Establecer un sincretismo entre la nueva religión del Imperio (el cristianismo) y las antiguas tradiciones romanas permitió enraizar a la primera, olvidando el nombre de las segundas, pero sin variar realmente su contenido. Este mismo proceso de asimilación cultural ocurrió con otras festividades paganas como el solsticio de verano (San Juan), equinoccio de primavera (Pascua) o Samhain (Noche de todos los santos) y con otras leyendas como Isthar asirio-babilónica llamaba Virgen de la Candelaria o Astarthe de Canaán como la Virgen del Carmen.

Una de esas festividades que el Cristianismo trató de apropiarse fue Yule, celebrado el día 21 de diciembre. La noche más larga del año era motivo de celebración en los pueblos del norte de Europa como símbolo del triunfo de la luz sobre la oscuridad o de la vida sobre la muerte. Las familias y amigos se reunían ante un gran fuego para el que recordaban a los fallecidos, previo sacrificio de una cabra en honor a Thor. También se colocaba un árbol que recordaba al Gran Fresno de cuyas ramas pendían los Nueve Mundos, al que llamaban Yggdrasil.

En Finlandia la cabra sacrificada se transformó en un anciano que traía regalos (Joulupukki), dando lugar al nacimiento del actual Papá Noel.

En todas estas tradiciones paganas coincidentes con el solsticio de invierno se decoraban árboles con bolas de colores y cintas, se fomentaban los ánimos fraternales y afectivos manifestados con la entrega de regalos y se adornaban las puertas de las casas con coronas de hojas verdes y frutos rojos. Todas coincidían en la imperante necesidad de esperar a la primavera, por la vuelta a la vida natural que ella traía y de la luz del Sol para la existencia de vida humana. No importa como llamemos a unas tradiciones repetidas durante milenios en cada región de la Tierra desde la Edad de Bronce mientras elijamos libremente sabiendo esa verdad universal. Empero las heridas que los antiguos jerarcas de la Iglesia causaron en el pueblo para obligarle a olvidar sus tradiciones ancestrales todavía existen en nuestra sociedad como vestigios de un pasado en el que se prohibía y perseguía a los practicantes de las antiguas tradiciones hasta que el conocimiento denostado por términos como herejía y estrangulado por el miedo dejó de pasar de generación en generación.

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