Ana de Blas


Laia Abril, “On Abortion”

“Una historia de la misoginia”. Es un título ambicioso. Bajo este enunciado, la barcelonesa Laia Abril está construyendo un proyecto artístico a largo plazo. Ella, graduada en periodismo y formada en el Centro Internacional de Fotografía de Nueva York, con exposiciones internacionales y varios premios a sus espaldas, trabaja instalaciones artísticas con fotos, texto, vídeo y sonido, planteando realidades incómodas y ocultas. El primer capítulo de este trabajo de Laia Abril se llama “On Abortion”, “Sobre el aborto”.

“El proyecto del aborto agrupa más de medio centenar de historias. Es un mapa conceptual de las repercusiones de no tener acceso al aborto en el mundo”, explica. Un tema que califica de visceral y cuya dureza, sin imágenes evidentes, se refleja en la exposición abierta, hasta primeros de junio, en la Fundación Foto Colectania, en Barcelona, y también en un libro homónimo.

Laia Abril, Kit de instrumentos ilegal. © Cortesía Laia Abril / Les Filles du Calvaire.

En la web personal de la artista encontramos el contexto en el que inscribe este “On Abortion”: “Hoy en día, existen medios de aborto seguros y eficientes, sin embargo, todavía 47.000 mujeres mueren cada año debido a intervenciones fallidas”, escribe. “Millones de mujeres de todos los países y religiones no tiene acceso a un aborto seguro; por la ley y la coerción social, se las obliga a llevar los embarazos a término contra su voluntad. Muchas son menores de edad y víctimas de violación, su embarazo no es viable o su salud está en riesgo”, continúa. El trabajo de Laia Abril habla de estos daños causados ​​por la falta de acceso legal, seguro y gratuito, teje sus preguntas sobre ética y moralidad, medita sobre los tabúes, y en definitiva pone el foco sobre una realidad silente.

La atmósfera de la exposición, cuajada de instrumental médico de aire decimonónico, en parte procedente del Museu d’Història de la Medicina de Catalunya, más perchas, venenos o agujas, en combinación con los retratos e historias de mujeres entrevistadas por la autora, contrasta con el exterior espléndido del mes de mayo. Como muestra, este es parte del testimonio de Lucía, 37 años, chilena, recogido por Laia Abril: “Sucedió cuando yo tenía 24 años. Me habían agredido sexualmente y al cabo de cuatro o cinco semanas me encontré con que estaba encinta. En esa época en Chile el aborto era ilegal en todos los casos. Conseguir hacerlo fue todo un calvario. Me daba miedo que los presuntos médicos que lo practicaban la pifiaran o me matasen y me descuartizasen. Pero al final todo salió bien (…)”. Y esta es la historia de Magdalena, de 32 años, polaca: “Era el 17 de diciembre de 2014. Me hice un test de embarazo y resultó positivo. Soy gay; no quiero hablar sobre cómo me quedé embarazada. No estoy segura de si mi dolor por el aborto ha terminado. Lo pienso de vez en cuando, y a veces lloro. No mucho, sin embargo, y no porque me arrepienta. Yo no. Sé que hice la elección correcta, y la única posible. Fue la experiencia más dura de mi vida. Soy una persona diferente ahora. Y estoy orgullosa de mí misma”.

La reacción en la era Trump

Laia Abril, Magdalena, 32, Polonia. © Cortesía Laia Abril / Les Filles du Calvaire.

Tal vez el visitante salga del “gabinete” de Laia Abril en busca de la luz mediterránea, y sin embargo la realidad le ensombrezca con nubarrones de un tiempo en grises, como las fotos de Laia. Podría tomar un periódico y leer una noticia reciente: “Alabama prohíbe el aborto, sin excepciones por violación o incesto”. Con ello, se aprueba la norma más restrictiva de todo Estados Unidos, aún más que las votadas en los últimos meses en varios Estados, y que prohibirán la interrupción voluntaria del embarazo, en plazos tan cortos en los que ni muchas mujeres saben siquiera que lo estén. La nueva ley de Alabama contó con el voto favorable de 25 senadores, todos ellos varones blancos.

El propósito final de los lobbies fundamentalistas va mucho más allá: su objetivo es elevar la cuestión al Tribunal Supremo de la nación, para que establezca una nueva doctrina que impugne la sentencia “Roe contra Wade”, de 1973, un caso clave para la despenalización del aborto en los Estados Unidos. No olvidemos que en la Corte Suprema se sienta desde el año pasado el juez ultraconservador Brett Kavanaugh, gracias a la nominación del presidente Trump. Durante los últimos 46 años, a partir de esta jurisprudencia, las mujeres de este país han tenido derecho a la interrupción legal de un embarazo no deseado bajo ciertas circunstancias. Expresiones como “cada vida es un regalo de Dios” forman parte del repertorio de los líderes republicanos, mientras feministas vestidas con túnicas rojas como en la ficción “El cuento de la criada” organizan sus protestas: el presente ya es distopía para las defensoras de los derechos de las mujeres en la era Trump.

Retrato de Laia Abril, por Ana Lefaux.

La campaña conservadora

Mientras tanto, la ciudadanía española acaba de sentar en el Congreso a 24 diputados de un partido de ultraderecha que propone lo siguiente: «suprimir en la sanidad pública las intervenciones quirúrgicas ajenas a la salud (cambio de género, aborto…)» y «defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Es fundamental que las mujeres con embarazo inesperado tengan información veraz, asistencia y alternativas” (“100 medidas para la España viva”). El previsible nuevo líder de la oposición, Pablo Casado, ha manifestado una intención de defensa “de la natalidad y de la familia”, sin entrar en concreciones mayores, al menos en lo programático, mientras la actual ley sigue pendiente del recurso que los populares presentaron ante el Tribunal Constitucional en 2010. No hace tantos años que, en 2014, un restrictivo anteproyecto de “Ley Orgánica de Protección del Concebido y los Derechos de la Embarazada” le costara al gobierno de su partido la dimisión del ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, y la retirada del texto con un sonoro fracaso político.

Cada tren en su estación es llegada y a la vez salida de un nuevo pasaje. La oleada de mujeres que congregó el Tren de la Libertad en 2014, como una primera marea violeta, echaba freno a los planes más restrictivos contra el derecho al aborto en España, a la vez que sería el precedente de un nuevo escenario. No es casualidad que la primera huelga de las “mujeres de negro” polacas, convocada en octubre de de 2016, arrancase frente a las amenazas más duras sobre este derecho, y el frente polaco ha sido uno de los principales impulsores de lo que llamamos Cuarta Ola. Hoy se asiste a un fenómeno de masas global, protagonizado por la suma de mujeres jóvenes a las veteranas feministas, que sonríen ante esta primavera del “desborde” en las calles de medio mundo. El recorrido final que alcanzará este movimiento y sobre todo su herencia no es posible consignarlos: es un tren que está en marcha aún.

Exposición On Abortion, de Laia Abril. Foto Colectania, Barcelona, hasta el 9 de junio.

Historias del activismo español

La consolidación de los derechos de las mujeres es siempre tan cuestionada por la reacción, que algunas de las constructoras de los cambios, desde el final de la dictadura en España, son las mismas manos que aún hoy sujetan las pancartas del feminismo. Una de estas viajeras de largo recorrido, Victoria Virtudes, “Vito”, ha participado a primeros de mayo en las sesiones sobre historia del activismo celebradas en Madrid, a instancias de su Consejo Municipal de las Mujeres. Vito Virtudes se presenta a sí misma con solo tres palabras: “feminista radical lesbiana”. Tres calificativos que condensan el repaso a su lucha, jalonada de asambleas, movilizaciones, encierros, visitas al calabozo, autoinculpaciones colectivas, presencia en foros internacionales… Vito no solo ha sufrido las detenciones de la policía: también el acoso, las amenazas de muerte y las agresiones de los grupos antiderechos, por su trabajo en clínicas ginecológicas autorizadas para la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE).

Vito Virtudes, en la sesión de historia del activismo feminista del 8 de mayo, en Madrid.

Es interesante preguntarse por qué, en todas partes, la presión es inexistente frente a las clínicas de reproducción asistida –donde se trabaja con embriones humanos–, y es combativa al pie de las clínicas ginecológicas. En noviembre de 2007, dos ultras se presentaron en el domicilio de Vito Virtudes y la emprendieron a navajazos con ella, y ha llegado a necesitar escolta a la puerta de su casa. Como experta en salud sexual y reproductiva, acumula mucha experiencia directa con la situación real de las mujeres. “Hace veinte años que no veo una evolución en todo lo que se refiere a educación sexual”, aclara a esta periodista durante la preparación de la sesión municipal. La lucha sigue y Vito alerta de los daños que la pornografía –violencia extrema, grabada y comercializada– está normalizando sobre las mujeres desde hace años.

“Restaurar el orden natural”

La defensa de los derechos sexuales y reproductivos se enfrenta a las presiones –de lo jurídico a la propaganda– de los grupos ultracatólicos, cuyas estrategias se afinan sin descanso. Si tras pequeños actos cotidianos, como usar un móvil o comprar una camiseta, somos conscientes de que se teje una estructura global, ¿cabría pensar que no hay redes trasnacionales de ultraderecha? ¿no podrían éstas apoyarse en instancias religiosas previas, con las que comparten idearios? Ordo Iuris en Polonia, La Manif Pour Tours en Francia, la estadounidense Alliance Defending Freedom –con oficinas en Europa–, Hazte Oír en España y otros muchos grupos partidarios de “restaurar el orden natural” (que se traduce como actuar contra nuestros derechos desde sus creencias cristianas) mantienen alianzas de agencia. Así lo recogen los informes del Foro Parlamentario Europeo sobre Población y Desarrollo (EPF), encargado de velar por tales derechos. Redes trasnacionales como Political Network for Values (PN4V), Word Congress of Families (WCF) o la federación internacional One Of Us, para “el reconocimiento de la dignidad del embrión humano”, son algunas siglas a estudiar. Nombres conocidos, como el de Ignacio Arsuaga Rato o Jaime Mayor Oreja, aparecen en los organigramas de este entramado. Y planeando a gran altura, los movimientos del millonario Steve Bannon –el ex jefe de estrategia de Donald Trump pasa por ser la gran figura mundial del populismo “far right”–, quien no duda en hablar de una “revolución global” en su apoyo a los movimientos reaccionarios.

Encierro pidiendo la amnistía de “las once de Bilbao”. Madrid, 1982

Posiblemente, poner el foco en un ultra carismático como Bannon no sea sino alimentar a la bestia, y así lo temen algunos críticos tras el estreno del documental de Alison Klayman –“Steve Bannon: el gran manipulador”–. Su último proyecto formativo se llama la “Academia del Occidente Judeocristiano” y aspira a ser “escuela de gladiadores de la guerra cultural”, desde el cuartel general del Dignitatis Humanae Institute (DHI), a 80 kilómetros del despacho de Matteo Salvini y de las ventanas del Vaticano. El cardenal Raymond Burke, cabeza de la última marcha anti derechos de Roma –ellos la llaman “provida”–, es uno de sus firmes aliados.

Manifestantes en apoyo al Tren de la Libertad, el 1 de febrero de 2014, en Madrid

28 de mayo, pañuelazo

Hoy, el objetivo a corto plazo de la reacción es convertir al grupo parlamentario europeo de ultraderecha, Europa de las Naciones y la Libertad (ENL), en la tercera fuerza en el europarlamento, tras los comicios del 26 de mayo. Solo un día antes, las feministas europeas podrán celebrar al menos una victoria parcial en la “guerra por el aborto”, como la han calificado sus compañeras del “pañuelazo” argentino. El 25 de mayo se cumple un año de la despenalización del aborto en Irlanda con un referéndum histórico. La amplia victoria – con un 66% a favor– tras la campaña por el “Yes” que protagonizaron las irlandesas, permitió derogar la octava enmienda constitucional, que implicaba la prohibición total en el país más católico de Europa.

A diez mil kilómetros de Dublín, el último escenario previsto del enfrentamiento será de vuelta al continente americano, antes siquiera de que acabe este mes: el caso de Argentina corrobora la idea de que no hay casualidades en este viaje. Las activistas argentinas, junto a las polacas o las españolas, han sido una de las grandes locomotoras de la presente ola feminista y del Paro Internacional de Mujeres, convocado en decenas de países durante tres años consecutivos –2017, 2018 y 2019–. En su agenda, la lucha contra el feminicidio y la violencia sexual se sitúan en primera línea, y también la larga batalla de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, como una amplia alianza federal de más de 300 entidades, lanzada el 28 de mayo de 2005, Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres.

Mujeres polacas en apoyo a la campaña argentina por la despenalización, en 2018.

A la icónica campaña del pañuelo verde por conseguir la legalización, los grupos religiosos oponen la suya, el pañuelo celeste, y toda la beligerancia de la reacción. En Argentina campean centenares de grupos antiderechos: +Vida, Centro de Asistencia a la Vida Naciente, Asociación Civil Cultivida, Pro Vida Déjalo Vivir, La merced Vida… y también un jugador de origen español llamado CitizenGo, una marca global creada por el mismo Arsuaga, con presupuesto para pagar páginas enteras de publicidad en la prensa argentina para presionar sobre el voto de los senadores en agosto del año pasado. Entonces ganaron: la ley de interrupción voluntaria del embarazo fue rechazada por el Senado. El 18 de mayo pasado se proyectó en el Festival de Cannes el documental “Que sea ley”, una película de Juan Solanas que recoge testimonios del aborto clandestino. El próximo día 28, el proyecto legislativo se vuelve a presentar y habrá, otra vez, pañuelazo verde internacional, convocado en Barcelona –12:00 horas del 28 de mayo frente al Consulado Argentino, en el Paseo de Gracia– y en Madrid –19:00 horas, en la Puerta del Sol–. No deberíamos faltar.