Iria Bouzas

El menosprecio es una actitud de imbéciles porque parte de la idea de asignarle a alguien o a algo, un valor menos del que merecen.

Solo los estúpidos o los inseguros y acomplejados, necesitan despreciar al resto para reafirmar su propia importancia.

Los primeros meses del año, las feministas, hemos recibido un desprecio detrás de otro. Cualquier artículo, cualquier debate o cualquier ponencia eran automáticamente susceptibles de ser puestas en la picota para que muchas personas intentasen hacer de ello un espectáculo de escarnio público donde las feministas éramos despreciadas entre risas flojas y teniendo que soportar los comentarios llenos de suficiencia propios de aquellos que tratan a su propio intelecto con un exceso de autoestima que supera, en mucho, el optimismo para rayar la egolatría.

Y en esta situación nos hemos encontrado multitud de mujeres trabajando durante meses, intentando mantener permanentemente un ruido blanco dentro de nuestros oídos para no escuchar las burlas, cerrando los ojos y respirando profundo al leer uno tras otro los desprecios y los paternalismos de aquellos que sin haber llegado siquiera al campo de batalla, se dieron por ganadores absolutos en una guerra que ellos mismos habían declarado.

Y llegó el 8 de marzo.

¡Y las mujeres españolas hicimos Historia!

Sin pedir permiso, sin pedir perdón, sin avisar y sin ningún tipo de temor, las mujeres de este país llenaron las ciudades ante la cara de pasmo de todos aquellos a los que la risa sardónica que de pronto se les quedó congelada en la cara.

Pasaron de la burla de primera hora de la mañana, a la incredulidad del mediodía. Pero no fue hasta la tarde, no fue hasta el momento en el que las calles de España se llenaron de mujeres y hombres reivindicando la igualdad y la justicia, cuando empezaron a sentir miedo todos aquellos que llevaban meses buscando la humillación de las feministas amparándose en una supuesta superioridad moral que solo les daba el poder de ser un grupo privilegiado.

Y sintieron miedo porque no lo vieron venir. Porque no entendieron que la sociedad no es ese diseña en sus pequeños círculos privilegiados en los que se repiten una y otra vez las mismas consignas que les permitan quedarse tranquilos en su zona de confort asidos a un mundo lleno de privilegiados artificialmente dividido en función del sexo.

Y sintieron miedo porque esa clase, los que creen que tienen el poder de decidir cómo debe ser la sociedad, han ejercido ese poder a base de recortar derechos, lo que les permite mantener sometidos a aquellos a los que necesitan parasitar. Los privilegios de una parte de la sociedad se han mantenido a costa de dinamitar la cohesión social de una mayoría.

En la última década, con una autorización autoconcedida y con la palabra “crisis” permanentemente en la boca, se ha tocado todo lo que los españoles nos habíamos concedido a nosotros mismos después de muchos años de trabajo y lucha. Y lo que es peor, se ha tocado todo aquello que durante décadas hemos considerado intocable.

El 8 de marzo el feminismo hizo Historia. Pero no solo por la lucha por la igualdad de las mujeres. El feminismo ha abierto una brecha. Ha asustado a quienes llevan años tomando a este país como si fuera  cortijo particular.

Hemos dado miedo porque hemos demostrado que somos muchas y muchos. Hemos dado miedo porque hemos demostrado que no hay burlas, desprecios, o acoso que nos pueda parar.

Hemos dado tanto miedo que hemos obligado a un sector de la población que desprecia todo lo que representamos a ponerse una careta temporal con nuestras reivindicaciones para intentar camuflarse entre la multitud.

Estamos rodeados de injusticia. Estamos rodeados de miseria. Estamos rodeados de abusos.

Yo me pregunto ahora, ¿si ya hemos demostrado lo que somos capaces de hacer, por qué no hacemos algo y obligamos a cambiar, al menos, una parte de este sistema podrido?

Espero sus respuestas.

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