Ahora que necesitamos más que nunca la solidaridad y la cooperación internacional, el presidente leproso negocia con los mejores laboratorios del mundo, entre ellos la empresa alemana CureVac, para que fabriquen una vacuna contra el coronavirus “en exclusiva para los estadounidenses”. La gestión bastarda del 666 de la Casa Blanca exige una fuerte condena de la comunidad internacional que, si ha captado el mensaje, debería plantearse seriamente un acercamiento a China para poner en su sitio a ese Estado imperial, cuya deshumanización e indignidad merece una lección histórica.

Por Javier Cortines

Dicen y es verdad que, en los momentos difíciles y adversos, nos conocemos más a nosotros mismos y a los demás. Pero sobretodo, descubrimos con alegría quienes son nuestros amigos “muchas veces seres desconocidos” y a quienes les importamos un bledo y pasan con indiferencia por encima de nuestro cadáver tapándose con los dedos la nariz para evitar el olor que desprende la tragedia.

Ahora que necesitamos más que nunca la solidaridad y la cooperación internacional, el presidente leproso negocia con los mejores laboratorios del mundo, entre ellos la empresa alemana CureVac, para que fabriquen una vacuna contra el coronavirus “en exclusiva para los estadounidenses”. La gestión bastarda del 666 de la Casa Blanca exige una fuerte condena de la comunidad internacional que, si ha captado el mensaje, debería plantearse seriamente un acercamiento a China para poner en su sitio a ese Estado imperial, cuya deshumanización e indignidad merece una lección histórica.

“El faraón” podrido, ese que ganó las elecciones con el lema “América First” y que los foráneos “se las arreglen como puedan” (pero que sigan pagando tributos al imperio por su protección) ha vuelto a mostrarnos su vomitivo rostro en esta época en el que padecemos una gravísima pandemia que afecta, principalmente, a los más débiles. A las capas más bajas de la población mundial que llevan por mascarilla el cartón que aún no se han comido las ratas. Y a los ancianos con pocos recursos económicos.

Mientras ese criminal que promueve políticas de ahogamiento a las naciones que no se arrodillan ante sus pies -caso de Cuba e Irán- Europa, el continente que iba a ser “nuestra última esperanza”, no se atreve a plantarle cara al águila bicéfala (al principio ocurrió lo mismo con Hitler) y sigue la política del avestruz que esconde la cabeza debajo del ala creyendo, con una ingenuidad pasmosa, que “EEUU es el mejor de todos los males”.

De todos es conocido que Donald Trump, que aspira gobernar los Estados Unidos (con la ayuda de Israel y el apoyo cómplice de Europa) hasta el próximo milenio, ha ofrecido miles de millones de dólares (la cantidad no se ha especificado con claridad) a la empresa biofarmacéutica alemana CureVac, con sede en Turinga (sur del país) para que elabore una vacuna contra el coronavirus “exclusivamente para los estadounidenses”.

CureVac, que trabaja con el prestigioso instituto Paul Ehrlich de vacunas y biomedicina (con sede en la localidad de Hesse), reaccionó “con enfado” ante la propuesta del presidente leproso y, por medio de un portavoz, hizo público el siguiente comunicado:

Nuestros esfuerzos se centran en el desarrollo de una vacuna contra el coronavirus con el objetivo de ayudar a pacientes de todo el mundo (…) Rechazamos todas las ofertas destinadas a adquirir nuestra compañía o su tecnología.  

El comunicado, publicado recientemente por el diario Die Welt (El Mundo), entre otros medios, con la aprobación del Ministerio de Sanidad alemán, se agradece:

 “Aunque todos sepamos que a los laboratorios y a la industria farmacéutica de la casta les interesa la propagación del virus para convertir las desgracias de millones de pacientes sin nombre (aquí lo que valen son los números) en un engorde sin precedentes de sus cuentas bancarias”.

Tras la pandemia muchos conocerán la miseria y los tiburones, los eternos especuladores, no tendrán cámaras suficientes para guardar el oro que amasarán. Lo anterior, que también contribuirá a despertar conciencias, es un gran aliciente para que sigamos apoyando hasta la muerte a “nuestros compatriotas” y a “otros compatriotas del mundo”, especialmente a China que no ha dudado en enviar material sanitario a Italia y a España, los países europeos más golpeados por el virus, para que puedan superar cuando antes la crisis. (Cuba también, con un comportamiento ejemplar, ha despachado a un buen número de médicos a Italia).

Ya en la guerra civil española, los chinos enviaron una brigada para combatir al enano ensangrentado, y ahora, ochenta años después, regresan con cargamentos de  mascarillas y guantes para nuestros médicos, enfermeras y cuerpos de seguridad. Cuando un agobiado y sobrepasado Pedro Sánchez pidió ayuda al presidente chino Xi Jinping, este le dijo que SI y nos tendió su mano recalcando que podemos contar con nuestro viejo amigo: el gigante asiático que ha sido retado a un pulso histórico por la Cosa de la Casa Blanca.

¿Acaso, cuando salgamos de esta, no vamos a aprender la lección? El comportamiento de los líderes y los pueblos “en estos tiempos del cólera” deberían ser mensajes de “claridad meridiana” para saber qué rumbo debe (y tiene que) poner nuestra nave cuando atravesemos la tempestad del “Mare Procelosum”.