Vo’ Euganeo, un bonito pueblo del norte de Italia famoso por su vino prosecco, su parque natural y los establecimientos termales, se convirtió hace unas semanas en el epicentro de la pandemia Covid-19 en Italia.

A principios de febrero Adriano y Renato, dos vecinos de la localidad, se encontraban internados en el hospital por una pulmonía. Los médicos descartaron realizar las pruebas para detectar el coronavirus ya que no tenían síntomas. Sin embargo, tras dos semanas de curas ineficaces, un médico se saltó las normas y les realizó las pruebas, que resultaron ser positivas.

Ni Adriano ni Renato, de 77 y 83 años respectivamente, habían viajado a China y tampoco habían entrado en contacto con personas que mostrasen síntomas, lo único que se sabía es que ambos habían pasado muchas horas juntos en un bar del pueblo jugando a las cartas.

Adriano empeoró y falleció, convirtiéndose en la primera muerte por coronavirus registrada en Italia. Esa misma noche el alcalde de Vo’ declaró la cuarentena obligando a los vecinos a quedarse en casa y cerrando bares, tiendas, colegios y prohibiendo misas y las fiestas de Carnaval.

Policías y militares bloquearon los accesos al pueblo y solo se permitió la entrada de camiones que abastecían farmacias, supermercados y la panadería.

La Escuela de Medicina de la Universidad de Padua elaboró un kit para detectar el contagio de coronavirus y los sanitarios se instalaron en el pueblo para realizar el análisis a los habitantes, al que prácticamente todos los habitantes se sometieron voluntariamente.

Entre el 50% y el 60% de ellos mostraban pocos o ningún síntoma y 89 personas dieron positivo por lo que fueron obligados a mantener cuarentena en sus casas durante 14 días. Ese porcentaje de asintomáticos es muy peligroso ya que al seguir su vida habitual contagian a un número muy elevado de personas.

En ese momento, el profesor Stefano Merigliano, que dirige la Escuela de Medicina de la Universidad de Padua y Andrea Crisanti, profesor de Epidemiología y Virología en el Hospital de la Universidad de Padua y del Imperial College de Londres propusieron al gobernador de Véneto, Luca Zaia, una idea: transformar Vo’ Euganeo en «un laboratorio experimental único en el mundo».

Italia, 12 días después de los primeros exámenes, contaba ya con 4.636 contagiados y 197 fallecidos. Un equipo de la Universidad de Padua volvía a controlar a todos los habitantes de Vo’ Euganeo y esta vez ocho dieron positivo, seis de los cuales estaban relacionados con los infectados del primer examen.

«Antes había solo estimaciones», afirma Crisanti, «mientras que nosotros demostramos científicamente dos cuestiones fundamentales: que el periodo de incubación del virus es de dos semanas y que cualquier estrategia de contención de esta pandemia tiene que tener en cuenta el elevado número de positivos asintomáticos».

Dos semanas después de la muerte de Adriano se levantó el aislamiento y la vida en el pueblo volvió a la normalidad sin registrarse ningún nuevo caso. Pero el 20 de marzo se detectaba un nuevo brote en el pueblo.

«Si levantas la cuarentena basándote solo en la disminución del número de enfermos, estás dejando fuera también a todos los asintomáticos, y eso quiere decir que la epidemia puede volver». comentaba Crisanti.

Crisanti reconoce que el experimento no es replicable en ciudades más grandes pero asegura que sí es posible controlar la difusión del virus a nivel de barrio, identificando rápidamente dónde se generan los brotes y aislando a los posibles contagiados, algo parecido a lo que logró hacer Corea del Sur.

La región de Véneto acaba de lanzar una campaña paralela, también dirigida por el profesor Crisanti, para realizar 13.000 exámenes entre las personas de grupos de riesgo, como el personal sanitario, las fuerzas policiales, los empleados de supermercados y conductores de autobuses.

La familia de Adriano pudo celebrar su funeral un mes de su fallecimiento. Desde su muerte han fallecido más de 4.000 personas en Italia.