Desde la creación del califato del Estado Islámico (EI) en junio de 2014, la propia organización yihadista o combatientes que decían actuar en su nombre han hecho de Europa un objetivo predilecto, a menudo invocando la implicación de esos países en la coalición internacional contra el grupo.

La sombra del EI comenzó a vislumbrarse en enero de 2015 en París, al dar su beneplácito al ataque perpetrado contra la redacción del semanario satírico «Charlie Hebdo», que dejó 12 muertos pero que fue reivindicado por la rama yemení de Al Qaeda.

Su firma directa llegó el 13 de noviembre de ese año también en la capital francesa, cuando tres comandos atentaron de forma simultánea en el Estadio de Francia en Saint Denis, en diversas terrazas y en la sala de conciertos Bataclan, con un balance de 130 muertos y más de 300 heridos.

«Que sepa Francia y quienes siguen su camino que van a estar en cabeza de los objetivos del Estado Islámico y continuarán sintiendo el olor de la muerte por haber liderado la cruzada en Siria e Irak», indicó el EI en su reivindicación.

Le siguió Bruselas, con un doble atentado que dejó 19 muertos en la estación de metro de Maelbeek y otros 12 en el aeropuerto de Zaventem, así como unos 270 heridos.

Células interconectadas están detrás de algunas de esas operaciones planificadas en Siria o en Irak, pero los «lobos solitarios», en su mayoría jóvenes, también se han sumado a la lucha del EI, cuyas tesis han interiorizado en gran parte gracias a internet.

«Los europeos a menudo han tenido la sensación de ser atacados en tanto que demócratas y amantes de la música o del buen vino, pero los ataques están directamente relacionados con la implicación militar en la crisis siria», opina en declaraciones a Efe el politólogo e islamólogo francés François Burgat.

Aunque el EI no reivindicó la masacre que tres terroristas suicidas cometieron en el aeropuerto Atatürk de Estambul el 28 de junio de 2016, con 45 muertos y 239 heridos, las autoridades turcas se la atribuyeron.

Poco después, el 14 de julio, tuvo lugar en Francia otro de los golpes más duros en suelo europeo: en plena celebración de la Fiesta Nacional francesa, un terrorista penetró con un camión en el paseo marítimo de Niza (sur) y mató a 86 personas e hirió a más de 300.

Con ese mismo método, un tunecino se adentró el 19 de diciembre de ese año en la zona peatonal del mercadillo navideño de Berlín, y dejó un reguero de 12 muertos y medio centenar de heridos.

Un mercadillo navideño fue también escenario del último atentado registrado hasta la fecha, el cometido en Estrasburgo (Francia) el pasado 11 de diciembre, cuando un delincuente reincidente y que dijo pertenecer al EI mató a cinco personas en un tiroteo e hirió a una decena.

El mapa sangriento en Europa de esa organización yihadista también ha dejado su huella en otros países, como el Reino Unido y España.

El 22 de marzo de 2017, un hombre mató a cinco personas frente al Parlamento británico. Un ataque que se sumó al del 22 de mayo de ese año, cuando un suicida del EI provocó la muerte de 22 personas al hacer explotar un artefacto casero junto al estadio Manchester Arena, donde la estadounidense Ariana Grande ofrecía un concierto.

En España, el EI sembró el terror el 17 de agosto de 2017: 13 personas murieron a consecuencia del atropello masivo en la Rambla de Barcelona causado por una furgoneta, y otras dos en las horas siguientes a manos del mismo comando.

La respuesta a esta sucesión de ataques se ha materializado en un refuerzo de la vigilancia antiterrorista, como la operación Sentinelle en Francia o la Temperer en el Reino Unido, que incluyeron el despliegue de soldados en las calles.

¿El fin inminente del califato abre un periodo de tranquilidad? No hay que ser inocentes, advierte el politólogo francés.

«Es una victoria militar que no ha ofrecido ninguna solución a la fractura política que ha generado esa crisis. En las calles de Alepo o de Mosul no hemos reconstruido el tejido político. No es una victoria, sino un episodio de un conflicto al que no hemos sabido responder con la inteligencia política necesaria».

Marta Garde

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