El nuevo coronavirus Covid-19 ha infectado a más de 800.000 personas en todo el mundo y la cifra de decesos supera los 39.000. Hay 192 naciones afectadas y la pandemia continúa avanzando mientras científicos de todo el mundo trabajan para encontrar una vacuna o tratamiento que pueda frenar la rápida y letal expansión.

Kate Broderick forma parte de un equipo de científicos de la compañía estadounidense Inovio que intenta desarrollar una vacuna contra el coronavirus y que prevé tener en diciembre un millón de dosis listas. La duda que asalta a Broderick cada día es si habrá equipos y medicinas para todo el mundo.

Seth Berhley, epidemiólogo y director ejecutivo de la Alianza Global por las Vacunas y la Inmunización, una asociación en la que participan organizaciones como la OMS que buscan incrementar el acceso que tienen a las vacunas los 73 países más pobres del mundo, es una de las muchas personas preocupadas por la posibilidad de que soluciones como las de Inovio sean acaparadas por los países ricos.

Un ejemplo de esto sería cuando Donald Trump intentó sin éxito garantizar el acceso en exclusividad de los estadounidenses a una vacuna desarrollada por la empresa CureVac.

El acceso desigual ya se ha producido con vacunas anteriores. La vacuna para prevenir la hepatitis B comenzó a estar disponible en 1982 en los países ricos, pero en el año 2000 menos del 10% de los ciudadanos pobres habrían podido acceder a ella, provocando la denominada «brecha de inmunización».

Otro ejemplo sería la vacuna para prevenir el Virus del Papiloma Humano aprobada por las autoridades sanitarias estadounidenses en 2014 y que en 2019 solo estaba disponible en 13 países de bajos ingresos, debido a una escasez global provocada por una gran demanda.

La organización GAVI ha ayudado a disminuir significativamente esta brecha con otras vacunas, gracias a acuerdos con los gobiernos y con las compañías farmacéuticas y la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI) defiende también el accceso igualitario a las vacunas.

Para las farmacéuticas las vacunas no son el principal negocio ya que generan muchas menos ganancias que las medicinas comunes, especialmente cuando se trata de vacunas que solamente requieren una dosis cuyo efecto dura toda la vida.

Las vacunas tienen unos costos de investigación y desarrollo mucho más altos y están sujetas a regulaciones más estrictas a la hora de ser sometidas a prueba. La Asociación Británica de la Industria Farmacéutica calcula que el desarrollo de una vacuna puede costar hasta US$1.800 millones.

A pesar de las reducidas ganancias para las farmacéuticas que generan las vacunas, éstas tendrán un papel importante en el desarrollo de la vacuna del coronavirus ya que aunque no desarrollen la idea original son las que cuentan con el músculo financiero para realmente hacer realidad la vacuna.

En el caso de que la vacuna que está intentando desarrollar Inovio resultase exitosa, la empresa tendría que asociarse con una farmacéutica para una producción mayor.

«Derrotar el covid-19 requiere un esfuerzo colectivo de todos los que trabajan en el campo de la salud». «Creemos firmemente que la colaboración entre científicos, industria, entes reguladores, gobiernos y trabajadores de la salud ayudará a proteger a las personas y generará una solución global a esta pandemia», señaló Emma Walmsley, directora ejecutiva de la farmacéutica GlaxoSmithKline.

Seth Berkley, de GAVI, considera que ese consenso será clave si se quiere evitar la «brecha de inmunización». «Evidentemente que el acceso universal no va a ocurrir de inmediato. Pero esta no puede ser una situación en la cual solamente se vacunen aquellas personas que puedan pagar», afirmó y advirtió que «Si no resolvemos el problema en el lugar que más lo necesita, entonces la epidemia va a continuar».