Federico Velázquez de Castro González
Presidente de la Asociación Española de Educación Ambiental (AEEA)


“Hasta que la compasión del ser humano no abarque a todas las criaturas, el hombre no alcanzará la paz”.

Albert Scheweitzer


La frase con la que abrimos este artículo merece una reflexión detallada, en unos momentos en que los animales comienzan a ser considerados no sólo como objeto de diversión y trabajo, sino como seres con dignidad que merecen ser respetados y protegidos.

Nadie pone en duda, con un mínimo rigor, la tesis evolutiva que demuestra nuestro origen animal. Pertenecemos al grupo de los primates, en el que filogenéticamente alcanzaríamos el género Homo, cuyas especies evolucionaron hasta el Homo Sapiens Sapiens. Mas, en algún momento de este transcurrir, los seres humanos rompieron con la zoología, pues conocieron el árbol del bien y del mal (la conciencia) y perdieron la inocencia propia del mundo animal, saliendo del paraíso de la biodiversidad para ocupar una posición diferente y privilegiada.

Aunque nuestras funciones y nuestros órganos nos asemejan a los animales y nos recuerdan la fuerte carga que nos mantiene unidos al mundo natural, incluidos nuestros instintos, algo ha hecho del ser humano un sujeto enteramente diferente. Citábamos la conciencia, mediante la que medimos el alcance de nuestros actos y por la que nos descubrimos como sujetos únicos y diferenciados; también la ética, en cuanto que conociendo las consecuencias de nuestras acciones escogemos (o deberíamos escoger) aquellas que entendemos causan menos daño (ética de mínimos) o hacen el bien a nosotros mismos y a los demás. Pero lo más importante, siguiendo a Maritain, es el atributo de la libertad, algo de lo que carecen el resto de las especies. Ser libre supone escoger, y aunque generalmente nos inclinemos por aquello que mejor satisfaga nuestras necesidades y deseos, ser libre puede suponer elegir opciones radicales de compromiso que se alejen de los caminos fáciles, al tiempo que refuercen el valor de la persona, siempre incompleta y en marcha hacia su destino.

Los grandes hombres y mujeres, que han ayudado a ennoblecer la humanidad, lo han sido como consecuencia de elegir caminos que han dejado atrás la comodidad y la vulgaridad; e igualmente tantos otros que, más calladamente, se ocupan cada día de tareas trabajosas con entrega y amor. En el mundo animal rige la selección natural, que con sus leyes perfectas contempla la supervivencia de los más aptos  (a veces los más fuertes, a veces los más cooperativos) con la finalidad de transmitir los mejores genes en cada especie y garantizar así su supervivencia en las mejores condiciones. Extrapolar esta dinámica al mundo humano no siempre resulta, pues, al revés que en algunos aspectos del mundo natural, nos humanizamos cuando nos ocupamos de nuestros semejantes más débiles.

El animal carece de conciencia para juzgar un acto, su acción es instintiva, y está fuera de lugar hacer juicios de valor sobre su comportamiento. El guepardo cazando la gacela (posiblemente la más vieja o la más débil) nos asombra y nos apena al mismo tiempo, pero no caben criterios morales para un acto que es bueno para ambas especies (aunque no lo sea por igual para ambos individuos). Sin embargo, surge un elemento nuevo por nuestra parte que es la compasión, un padecer – con, que nos afirma y exterioriza nuestros valores. Porque ser éticos supone asumir valores, esos principios normativos de conducta que nos hacen más humanos y favorecen la convivencia.

Tenemos en alta estima los valores, tanto que cualquier persona equilibrada los buscará en él mismo y en los que lo rodean. Salvo sujetos muy elementales, no consideramos que el ideal de convivencia se realice con gente violenta y competitiva, sino con personas bondadosas, solidarias, justas o compasivas. Es  en el mundo humano, donde no debería dirigir el más fuerte sino el más servicial, y esa es la cualidad de esos personajes, desde Sócrates a Gandhi, que los han convertido en admirables y que han dejado un legado constructivo para el mundo. Aunque también, por la libertad de la que disponemos, escogemos muchas veces los caminos egoístas, que llevan a que el mundo los rechace y se deshaga de ellos, para vergüenza de nuestra historia. Pero el futuro hay que ganarlo y a esto todos estamos llamados, de modo que toda incidencia nos concierne: nada de lo humano me es ajeno. No me dolieron tanto las acciones de los malos, confesaba Martin Luther King, como el silencio de los buenos.

Podemos elegir: amor o egoísmo, aunque somos ambiguos y nadamos entre un polo y otro. Y aquí aparece otro rasgo humano: la cultura. El hombre se hace, la sociedad camina. No veremos mucha diferencia entre cualquier especie animal ahora y hace mil años. Pero, ¡qué decir de la especie humana! Nuestro avance es indudable, desde lo tecnológico a lo moral, y esa es una tarea a la que toda persona está llamada a contribuir. Desarrollando tu vocación te realizas, trabajando (dignamente) extraes lo mejor de ti mismo y sirves a los demás y a la historia. La sociedad humana es dinámica y camina, con sus altibajos, al encuentro de escenarios mejores.

Para el ser humano la naturaleza es cultura. No es paradigma de humanidad “le petit sauvage”, perdido o abandonado en el interior de la selva. Cuando se le ha rescatado, su humanidad (su palabra, sus relaciones, sus potencialidades) estaba desaparecida en aras de la supervivencia. Aunque estemos inclinados al bien, debemos acercarnos más a Freire que a Rousseau al afirmar que no llegaremos a ser quienes somos (Fichte), si no es a través de la educación. Educar es genuinamente humano y mediante la educación cada persona se desarrolla. Mas, hablamos de una educación comunitaria, porque somos seres sociales a la vez que individuales. Tanto el individualismo como el colectivismo ignoran partes esenciales de nuestra naturaleza, que no está sino en las tres palabras revolucionarias de libertad, igualdad fraternidad.

El amor es, asimismo, una cualidad humana. Pueden sugerirse conexiones cerebrales u opciones de supervivencia para explicarlo, pero el amor no es sino una elección, una acción, en palabras de Erich Frömm, (y no pasión como se cree) que podemos libremente dirigir hacia donde elijamos. Podemos amar a los amigos, a la pareja, a la naturaleza, la profesión, los hijos, Dios…, de forma diferente y especial, sintiendo en el amor nuestra afirmación más profunda, y sintiendo, igualmente, la atracción personal del amado sobre nosotros, lo que da una dimensión de misterio a esa maravillosa influencia que podemos sentir por otras realidades.

En esta perspectiva, el amor nos abre también la percepción de los animales y los revela bajo una nueva mirada. Nos sentimos unidos con ellos en la vida, afirmando con Schweitzer que somos una vida que desea vivir en medio de otras vidas que también desean vivir. Y, sin embargo, descubrimos con pesar que buena parte de quienes hoy defienden a los animales lo hacen argumentando que “todos somos animales”, no habiendo, por ello, razón para que una especie predomine sobre las demás (especismo).

Pero si fuéramos animales –stricto sensu- fijaríamos nuestros límites territoriales en función de nuestras necesidades, que tal como venimos realizando, parecen insaciables. Esto excluiría a cualquier otro ser vivo, al que reduciríamos a especies marginales, expulsándolos si dificultaran nuestra expansión e, incluso, persiguiéndolos si supusieran una amenaza u obstáculo. Si fuéramos sólo animales, como especie dominante que somos, podríamos disponer de las demás según nuestro antojo para alimentarnos de ellas, dado nuestro carácter omnívoro, o para divertirnos o entretenernos, ya que podría mejorar nuestro ánimo o nuestro ocio, lo que repercutiría en nuestro bienestar (objetivo a conseguir por cualquier especie). Por tanto, este pobre lema “tú también eres un animal” justificaría plenamente un comportamiento lesivo con los animales, pues nadie se imagina a la gacela diciéndole al león –o el saltamontes al gato-: respétame, por favor, porque los dos somos animales.

Lo que nos diferencia a unos “animales” de otros es la conciencia, la libertad y el sentido ético. Ningún animal, salvo los humanos, puede vivir con otros valores que no sean los de sobrevivir, y, dentro de cada especie, la de los más aptos. Si en el comportamiento de cualquier animal no humano se deriva daño para otros, no importa, porque los animales no poseen comprensión global, ni funciona la solidaridad interespecífica. Los seres humanos, como sujetos éticos, podemos no sólo ocuparnos de los más desfavorecidos de nuestra especie, sino de respetar y cuidar de las demás. Como especie dominante que somos podríamos explotar y abusar del medio, como de hecho hacemos tan a menudo, aunque las voces de denuncia que surgen de personas y movimientos que han hecho de la ética su bandera, nos adviertan del riesgo y la inconveniencia que tales actitudes provocan.

Hoy queremos caminar hacia una nueva ética, como apuntó ya la Conferencia de Belgrado en 1975, desplazando el carácter antropocéntrico tradicional hacia el nuevo biocéntrico. Significa que el respeto que, hasta ahora, ha venido siendo patrimonio de los humanos, debe proyectarse también hacia la naturaleza y, más en particular, hacia toda criatura sintiente. Este es el nuevo sentido que debemos encontrar, es decir, saber que no estamos solos, que compartimos el planeta con millones de especies para las que también ésta es su única morada, y cuyo destino no nos puede resultar indiferente. Desde el momento en que descubrimos la vida a nuestro alrededor, más allá de la admiración y la sorpresa que despierta cada uno de esos milagros evolutivos, patrimonios genéticos únicos e irrepetibles, surge el deber de preservarla, dejándola, simplemente que se desarrolle en libertad, y mejorándola cuando sea posible, especialmente para restaurar los entornos degradados.

Dentro de una ética biocéntrica, no sólo el ser humano posee valor y dignidad, sino cualquier ser vivo. Por esa razón, el respeto tradicionalmente exigido para cada ser humano, debe extenderse a todo el mundo natural, acentuado en la medida en que somos inteligentes y empáticos, capaces de admirar y comprender otras formas de vida y tomar conciencia de su capacidad de sufrimiento. Afortunadamente, los códigos penales han ido introduciendo sanciones para los responsables del maltrato animal, aunque siempre debiera primar la propia iniciativa de protección y cuidado, y esto nos concierne directamente, porque, como afirmaba Gandhi, la cultura y la nobleza de los pueblos se manifiesta en la forma en que éstos tratan a sus animales.

¿En qué medida maltratamos a los animales? Desgraciadamente hay todo un catálogo y la primera forma es el sufrimiento inútil de los espectáculos crueles. En culturas rurales y en épocas pasadas, el animal era un compañero de fatigas para el campesino, que a  veces se excedía en cuanto a sus posibilidades, quedando ya en su corazón –o utilidad- el dispensarle un trato adecuado. Más tarde, en muchas fiestas populares (por cierto, gran parte de ellas bajo la advocación de algún santo patrón o directamente bendecido por alguna autoridad eclesiástica, lo que en su momento hizo exclamar a Voltaire: es increíble y vergonzoso que ni predicadores ni moralistas eleven su voz contra los abusos a los animales), se han realizado prácticas crueles persiguiendo, torturando y, finalmente, matando de forma violenta a un animal inocente, con sistema nervioso central y capacidad para sentir. Afortunadamente, la opinión pública, apoyada por la valiente posición de muchos grupos de defensa  de los animales, ha ido modificando algunos criterios y estos acontecimientos bárbaros, como degollar gansos o arrojar animales desde una altura, se  han ido viendo acorralados. Con todo, todavía quedan reductos infames, donde ningún hombre o mujer de buena voluntad, y no digamos con principios o creencias, debería poner los pies hasta que no terminaran tan aborrecibles prácticas.

Uno de esos espectáculos son las corridas de toros. Que sea una tradición no justifica su existencia, porque tradición es también, en determinados países africanos, mutilar genitalmente a las niñas y jóvenes, sin que por el hecho de ser tradicional lo consideremos admisible. Disfrutar con la tortura y muerte sangrienta de un ser vivo, en un contexto de tamaña pobreza cultural, no debería, en ningún modo, estar permitido, pese a que algunos políticos (que así muestran la atrofia de su corazón y sus ideas) se hayan atrevido, incluso, a proponerlo como Bien de Interés Cultural. ¡Qué triste la cultura levantada sobre el dolor y la sangre! ¡Y qué lástima de un pueblo que se dota de semejantes políticos! Además, en unos momentos de crisis, las subvenciones a los espectáculos taurinos deberían estar definitivamente suprimidas.

Otra forma de muerte, y por ello de maltrato, es la caza. ¿Qué placer puede producir terminar con la vida de un animal que sólo quiere, como nosotros, vivir en libertad, y que, como nosotros, huye del sufrimiento? Es necesario un trabajo profundo que conduzca a que las generaciones jóvenes encuentren más placer en dejar vivir que en matar. Aunque, nuevamente sorprende que determinadas figuras públicas como políticos o jefes de Estado gusten de esta práctica sanguinaria. Poco se puede esperar de quien está al frente de una institución o país, y que no ha interiorizado el valor de la vida ni empatiza con otras criaturas más débiles o sensibles. Quizás sepan mantener las apariencias, pero son indignos para representar un puesto público. Y en cuanto a las justificaciones, no digamos que son especies cinegéticas y que, por tanto, deben someterse a este juego macabro, más bien, si existe algún desequilibrio (como consecuencia, ciertamente, de nuestra intervención), corríjase y permítase, en adelante, la vida en armonía. De paso habremos terminado con los cotos privados, que se apropian de importantes áreas que debieran ser de disfrute común, o con los cebos envenenados, que tanto daño producen en todas las especies.

Maltrato es, también la cautividad. Disfrutar teniendo especies encerradas es mostrar, en palabras de Freud, un modo tanático y anal de relación con el mundo, que solo se satisface con la posesión y, con ello, con sufrimiento. Tener animales enjaulados, coleccionados, disecados y/o extraídos de su entorno natural, supone ignorar el valor de la libertad. La forma sana de entender el mundo, sean personas, animales o cosas, lleva a disfrutarlo sin apropiárselo, gozando con la libertad del otro. Lo contrario es enfermizo y demuestra inseguridad y baja autoestima. La educación también jugará un papel importante en esta forma de entender la vida.

El empleo que hacemos de los animales para nuestro beneficio, también debe ser revisado. Las pieles, en climas templados, como el nuestro, son absolutamente inútiles y si bien es cierto que los animales de procedencia están en granjas, se trata de seres vivos a los que se va a sacrificar para satisfacer la vanidad y el capricho de personas sin escrúpulos. La alimentación basada, en buena medida, en dietas animales, está siendo cuestionada por motivos sanitarios, ambientales y éticos, por cuanto el exceso de carne representa una fuente de grasas saturadas, causa de enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer, por no hablar de los problemas reumáticos que genera el exceso de proteínas o los productos químicos para tratar el ganado, que terminan en nuestra mesa. Muchos bancos de pesca están sobreexplotados y se consumen inmaduros, comprometiendo la supervivencia de las especies. Se talan bosques primarios para convertirlos en pastos, y los cereales y soja que debieran ir hacia la alimentación humana, se destinan al ganado. 15.000 millones de reses suponen una fábrica permanente de metano, un gas invernadero 23 veces más potente que el dióxido de carbono (la cría de animales es responsable de una quinta parte de las emisiones de gases invernadero). Un kilo de carne significa un consumo de 9 kilogramos de petróleo y de 15.000 litros de agua. Y al final, la energía que aporta una hamburguesa supone el 10% de la energía que se empleó en producirla. Las tierras destinadas a la cría de animales representan el 30% de las tierras cultivables.

Por otra parte, a nadie se le escapa que las condiciones intensivas que sufren muchos animales –pollos, cerdos o vacas- constituye una práctica cruel y reduce el animal a una fábrica viviente para un determinado producto. El transporte no suele ser mejor y la muerte, en particular en los mataderos más primarios, puede darse en condiciones muy penosas. Quizás esto le llevara a Tolstoi a afirmar que mientras existan mataderos, habrá campos de batalla. Además de reducir la presencia de los animales en la dieta, debiéramos preocuparnos y velar porque se les diera un buen trato en todo el proceso. Una dieta vegano- vegetariana, en sus diferentes modalidades, se ha confirmado como plenamente viable para satisfacer nuestras necesidades sin renunciar a ningún principio nutritivo, y de su aplicación se pueden derivar consecuencias muy favorables para la salud y el medio ambiente (y, obviamente, para el bienestar animal).

Otras prácticas, como la vivisección y la experimentación animal, deben estar rigurosamente controladas. Utilizar animales en cosmética, sometiéndoles a agresiones en los ojos o en la piel, es otra forma de brutalidad. En medicina pueden realizarse in vitro gran parte de los experimentos, ayudados por modelos a través de ordenador. Y no siempre las conclusiones con animales resultan extrapolables a los seres humanos.

En síntesis, para que lleguemos a humanizarnos plenamente, debemos mostrar un trato fraterno con todos los seres vivos, humanos y animales. Queda mucho por hacer en nuestra sociedad, en la que aún persisten ciertas tradiciones bárbaras, y en donde la educación, la ética y la respuesta social tienen que ir desplazándolas hasta su supresión definitiva. Debe, igualmente, exigirse a los partidos políticos un posicionamiento claro sobre el bienestar animal, y dentro de lo que se conoce como posiciones “progresistas”, ésta debiera ser un área que no admitiera dudas. Y donde se debiera demostrar valentía para terminar con todas las crueldades.


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