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Feminismos

Cuando nos acercamos al fenómeno de la violencia machista son muchos los interrogantes que se presentan, y muchos los motivos esgrimidos para redirigir la culpa, en la mayoría de las veces, sobre la víctima. El inmenso vacío de conocimiento que existe en nuestra sociedad en torno al tema es aprovechado sistemáticamente para justificar actitudes misóginas que solo tienen una única finalidad: mantener los privilegios del grupo hegemónico. Esto explica por qué en ocasiones a los medios de comunicación les parece más importante la existencia o no de denuncia o la decisión de la víctima de volver con su maltratador que el propio asesinato. 

Sin embargo, en pocas ocasiones se nos explican las auténticas razones que llevan a una mujer maltratada a perdonar una  y otra vez, a su agresor. Y el porqué de que otras muchas logren zafarse al fin de tantos años de maltrato. En primer lugar vamos a dejar claras un par de cosas tremendamente obvias: no,a las mujeres maltratadas no les gusta que les peguen. De hecho, si nuestra expareja nos hubiera dado aquel bofetón en la primera cita, nos habríamos ahorrado años de maltrato psicológico, años de ‘no vales para nada’, de ‘no eres nadie sin mí’, y de ‘¿a dónde vas a ir, si nadie te quiere?’. Pero la violencia machista no opera así. Y no. No somos ‘tontas’. Ni mentirosas. Ni débiles. Enteraos de una vez: para que te quedes tras el primer bofetón ha estado años anulándote. 

Las mujeres que han sobrevivido a la violencia machista en el ámbito de la pareja entenderán a la perfección el cortocircuito que se produce cuando sufres la primera agresión. La visión del maltratador se disocia y pasa a ser par: por un lado, el hombre bueno y detallista que reconoce sus errores y jura que jamás volverá a pasar; por otro, el desconocido que te agrede y culpabiliza.   

Para este proceso del que estamos hablando existe un nombre técnico que lo define como tal y que trata de explicar los lazos de dependencia que se establecen en una relación de maltrato: se trata del síndrome de indefensión aprendida. Seligman, que formuló dicho concepto en la década de los 70 del siglo XX lo definió como el estado psicológico que se produce frecuentemente cuando los acontecimientos son incontrolables, cuando no podemos hacer nada para cambiarlos, cuando hagamos  lo que hagamos siempre sucede lo mismo. O lo que es lo mismo: situaciones continuas de maltrato provocan en la víctima una actitud pasiva, de manera que la agredida se siente incapaz de reaccionar ante el abuso. El sometimiento constante implica inevitablemente que el agresor obtenga más poder en detrimento de la víctima, cuyas capacidades de respuesta se ven cada vez más mermadas. 

 

La incomprensión que genera el círculo de la violencia termina de completar el cuadro. Las tres fases que conforman la estructura del maltrato (luna de miel, tensión, y agresión) provocan en la víctima un sentimiento de pérdida de control al que se añade una profunda sensación de confusión: el hombre del que crees estar enamorada reaparece tras cada agresión, cumpliendo las expectativas y representando a la perfección el papel de arrepentido. Reconoce tener un problema de control que promete superar con ayuda de la víctima. Pero lo cierto es que los ciclos transcurren cada vez entre periodos más cortos de tiempo y las agresiones son cada vez peores: juran que van a cambiar, pero nunca lo hacen. 

Para enfrentarse al agresor hace falta romper estos lazos de dependencia. Sin embargo, en ocasiones las víctimas ni siquiera son conscientes. Esto explica que tras el proceso de separación se produzca una intensa sensación de vulnerabilidad que en muchos casos hace necesario el tratamiento psicológico y la ayuda de profesionales. Por ello para lograr acabar con la lacra de la violencia machista debemos dejar de hacer el juego sucio al patriarcado, repensar la concepción que tenemos en torno a los estereotipos de mujer maltratada, redefinirla como superviviente, y en definitiva, cambiar el ‘si sigue con él, por algo será’, por un ‘sé por qué sigues con él y no es tu culpa’. 

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1 Comentario

  1. Totalmente en la llaga, solo añadiría una mención a l@s hij@s maltratados del patriarcado, que por su indefensión de partida son especialmente vulnerables a este síndrome.

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