El tiempo de las excusas se acabó

Javier Andaluz
Coordinador de Clima y Energía de Ecologistas en Acción


La comunidad científica lleva más de 40 años avisando de las enormes consecuencias del cambio climático. Los informes publicados por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) son cada vez más contundentes. El último de ellos afirma que al ritmo de emisiones actuales en menos de doce años habremos garantizado un incremento de la temperatura global en más de 1,5 ºC. Un límite fijado para preservar importantes ecosistemas como las barreras de coral o la región mediterránea.

Lo que es obvio a nivel científico no parece ser tanto para la comunidad política internacional cuyos insuficientes compromisos nos llevarán a un calentamiento global superior a 3,5 ºC. Apenas podemos usar un 20% de los combustibles fósiles almacenados en el subsuelo sino queremos afrontar el agravamiento en frecuencia e intensidad de eventos meteorológicos extremos. Unas consecuencias que se cifran en enormes costes económicos, grandes migraciones humanas, el agravamiento de conflictos por los recursos y la muerte de cientos de miles de personas. Cerrar esa diferencia entre los compromisos internacionales y las indicaciones de la ciencia es la urgencia climática. Una urgencia que si bien es comentada en casi todos los discursos no se corresponde con las medidas reales anunciadas.

Greta Thunberg

Los últimos giros políticos muestran un resurgir de conceptos que hacía mucho habían desaparecido. Pero a pesar de los intentos de Trump de resucitar el negacionismo climático, el consenso científico iguala estas afirmaciones a creer que la tierra es plana. Es tan abrumadora la consistencia de los datos que los grandes intereses económicos son conscientes de la necesidad de un gran maquillaje verde a su modelo de negocio. Una estrategia que sólo puede funcionar con la colaboración de una gran parte de la sociedad que consciente o inconscientemente perpetua los falsos dogmas del crecimiento ilimitado.

Prueba de ello, es como hoy seguimos interpretando la economía desde un punto de vista centrado en la producción. Ante la inexorabilidad del cierre de determinados sectores productivos, surge la eterna excusa del empleo, condicionado por un sistema económico que liga la posibilidad de satisfacer nuestras necesidades a la remuneración económica del empleos en sectores “productivos”. Aunque se hace necesario acompañar los procesos de cierre de sectores fósiles con mecanismos de transición justa esta no puede ser freno para la lucha climática.

El problema del foco sobre la mentalidad productivista clásica es que se basa en una discusión sectorial y mecanicista que invisibiliza además importantes causas socio-climáticas. Un ejemplo muy claro es el de la minería de carbón en Asturias y León. En ellas las alternativas son escasas, no por la ausencia de financiación precisamente, sino porque se encuentran en mitad de dos regiones que vienen sufriendo desde hace décadas un enorme éxodo rural. El envejecimiento, masculinización y declive de las poblaciones rurales en favor de los grandes asentamientos rurales ha originado la desarticulación de muchas pequeñas economías del país. Así, tras años donde monocultivo del carbón ha sido el único factor que ha frenado la despoblación estas regiones se encuentran en medio de un desierto poblacional en el que resulta difícil crear alternativas. En este sentido, dotar de una alternativa a las personas mineras no puede basarse nuevamente en un modelo productivo intensivo como se pretende. Solamente una respuesta capaz de articular el medio rural dentro de los límites planetarios puede dar una respuesta al empleo en la zona y a la lucha contra el cambio climático. Las potencialidades son diversas pero marginadas por un sistema económico tremendamente financiarizado.

Perviven además, conceptos como el ocio basado en el consumo, el abuso del coche privado y condenando a la población más vulnerable a consumir los alimentos más insanos y con mayor huella de carbono. La tarea a abordar es mayúscula, eso es cierto, pero lo mejor de todo ello es que las respuestas apuntan directamente a la solución a la eterna desigualdad agravada con la crisis económica.

La esperanza surge de las nuevas generaciones, que de forma similar a la conocida brecha digital, aparece una conciencia ambiental cada vez más clara. Un informe del Banco Mundial cifraba un grado elevado de preocupación sobre el clima en más del 70% en la generación millenial. Un paso mayor parece dispuestos a dar la conocida como generación Z. Días antes de la cumbre del clima celebrada en Katowice surgía la noticia de una joven sueca, Greta Thunberg, de 16 años que decidió realizar todos los viernes una huelga climática frente al parlamento sueco. Ante las preguntas de los periodistas respondía “Estoy haciendo esto porque nadie más está haciendo nada. Es mi responsabilidad moral hacer lo que pueda. Quiero que los políticos den prioridad al cambio climático, que presten atención a este asunto y lo traten como una crisis”.

El mensaje de Greta no solo encuentra acogida en la cumbre de cambio climático en Katowice, sino que la pasada semana era la gran invitada del Foro Económico Mundial en Davos. Ante los grandes líderes económicos mundiales señaló su enorme responsabilidad en la degradación del planeta por su constante búsqueda de beneficios económicos. En su discurso afirmó que “saben exactamente los valores inestimables que sacrificaron para continuar ganando sumas de dinero inimaginables”.

Greta está inspirando en muchos lugares el fin de la pasividad climática. En el discurso de esta adolescente es claro el mensaje de que no podemos permitir que se mire para otro lado, cuando sabemos que nos estamos jugando la existencia de un futuro. Unas palabras que no están pasando desapercibidas en gran parte de Europa, el 18 de enero los estudiantes suizos se sumaban a una huelga por el clima, el pasado 24 de enero 35.000 estudiantes en Bruselas se manifestaron contra el cambio climático.

Mientras tanto en este pequeño rincón del mundo se desoye que somos mucho más vulnerables que la población sueca, suiza o belga. Nuestra posición en el planeta nos condiciona a recibir importantes impactos climáticos, es decir, nos incumbe mucho más que a nuestros vecinos europeos. Pero permanecemos callados. O lo que es peor, cada nuevo paso se encuentra el bloqueo de sectores económicos como las empresas automovilísticas y su nefasta actitud frente a medidas poco ambiciosas como el fin de los coches de combustión para 2040.

Parece que como en tantos otros momentos históricos, la resistencia a los cambios de la cultura española se afianzan en las estructuras de poder y está llegando tarde a la transformación de un sistema social que está agudizando las desigualdades. Se hace necesario entender la nueva perspectiva de quienes ya hemos vivido en un mundo con cambio climático oficialmente reconocido, pues como manifiesta Greta, las consecuencias de la degradación climática ya no son de futuras generaciones y seguirán incrementándose con el paso de los años. El tiempo de mirar hacia otro lado se ha agotado, es hora de despertar.


”Algunas personas dicen que no hacemos lo suficiente para combatir el cambio climático. No es verdad, porque para no hacer lo suficiente tendríamos que hacer algo, y la verdad es que no hacemos nada”

Greta Thunberg

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