Toñi Gómez
Coportavoz de Equo


Mi madre está mayor, necesitaría que pasara más tiempo con ella, pero no lo tengo. Su nieta más pequeña, mi sobrina de 5 años, que crece ajena a todo el ruido que nos empeñamos en generar, empieza a ser una personita y me encantaría estar más cerca de ella, pero carezco del tiempo para hacerlo. Mi partido, EQUO, está metido de lleno en precampaña electoral y también me falta tiempo para reflexionar las decisiones que tomo y que afectan a mis compañeras.

A nuestro planeta, la casa común de todos los seres vivos también le falta tiempo. Todos, incluso los que miran hacia otro lado, somos conscientes del tremendo riesgo existente. La acción humana ha acelerado el cambio climático hasta convertirlo en un caballo desbocado a punto de arrollarnos. 

Si el planeta fuera mi casa y se hubiera deteriorado tanto que pusiese en peligro la familia lo tendría claro: o la abandono y busco otra o la arreglo.
Si decido arreglarla está claro que la reforma no puede consistir en darle una mano de pintura y cambiar las cortinas.
En ese estado, lo primero que abordaría es la estructura porque es lo que le da soporte a todo lo demás, siendo imprescindible eliminar todos los tóxicos que puedan poner en riesgo la salud.

Posteriormente, me aseguraría que tuviese la ventilación adecuada eligiendo cerramientos que eviten despilfarros y mantengan el confort. Otra cuestión importante es evitar toda barrera arquitectónica, porque mi familia sabemos que la autonomía y la dependencia son estados que se suelen alternar.

Finalmente, la llenaremos de cálidos detalles para crear no sólo un espacio seguro, si no también amable que propicie las relaciones entre toda la parentela.

Si esta es un práctica habitual con las casas, ¿por qué no hacer lo mismo con el planeta? más aún cuando la alternativa de abandonarlo es ciencia ficción, y cuando la emergencia climática nos impide poner parches y nos impele a replantearnos como producimos, como consumimos e, incluso, como nos relacionamos ya que cuidados ambientales y sociales no se pueden disociar.

Mientras a mi me falta tiempo, a mi pequeña sobrina le sobra: lo tiene todo por delante o lo debería tener. Al igual que la juventud que está luchando por el clima extendiendo su movimiento de norte a sur y de este a este.

El alfa y el omega que representan mi madre y su nieta más pequeña me llevan del pasado al futuro, y en ese continuo viaje me pregunto ¿qué percepción tendrá esa juventud de lo significa su futuro?, ¿sabrán que su el tiempo para ellas puede ser tan finito como que el que nos queda como especie ya que no tienen, como lo ha tenido mi madre, toda la vida por delante?.

La nueva cita electoral del 10 de noviembre está a la vuelta de la esquina, el reloj no se para y, de nuevo, el calentamiento global no estará en la primera línea de los problemas que tenemos afrontar porque, de nuevo, banderas y conflictos territoriales han dejado en apagón informativo los graves problemas ambientales y, por ende, de pobreza que nos acucian.

En esas elecciones votaremos personas de todas las edades pero, precisamente, a quienes en mayor medida afectará ese calentamiento global no podrán hacerlo. Por eso, quienes si tenemos el privilegio de ejercer el voto tenemos la obligación moral de hacerlo pensando en nuestro presente y en su futuro.

Se suele decir que la política es el arte de lo posible, pero también es el arte de la negociación, de llegar a acuerdos. Y posible es que, entre todas y todos, pactemos la prioridad de comenzar la reforma del sistema para que nuestras hijas e hijos tengan toda la vida por delante para continuar con el cuidado del planeta tierra, su planeta y el nuestro, de manera que vuelva a ser esa madre nutricia y próspera capaz de acogernos en armonía.

Se nos acaba el tiempo, ese tiempo que nunca es relativo. Por eso en la próxima cita electoral mi voto será verde vida, verde esperanza, porque quiero que mi sobrina tenga las mismas oportunidades que hemos tenido mi madre y yo.

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