El Tribunal Constitucional tumba la Ley balear sobre la Tauromaquia

Rafael Silva


Por lo tanto, si se da una corrida de toros en España tiene que ser con daño y muerte al animal ya que esa es su esencia protegida bajo el paraguas de la cultura

Raúl Rejón


En julio de 2017 escribimos un artículo en nuestro Blog donde detallábamos que la lucha de las organizaciones animalistas en Baleares había conseguido que el toro dejara de sufrir en la arena, mediante la prohibición de toda suerte de ataques al animal durante la faena, que tampoco podrá acabar con la muerte del astado. Desde aquella Ley del Parlamento balear, los toreros en dicha Comunidad sólo podrían emplear el capote y la muleta en sus faenas, que además se verán reforzadas en su duración hasta un máximo de 10 minutos, y a 3 toros en total, en vez de 6 como se hace en el resto de Comunidades. Con dicha ley, aunque no se acababa con la fiesta como en Cataluña, al menos se acababa con el cruel espectáculo de sufrimiento del toro en la arena. Pero la normativa balear también cubría otros aspectos interesantes, tales como los controles antidopaje (para toros y toreros), reconocimientos veterinarios, requisitos de las enfermerías, condiciones de transporte de los animales, prohibición de entrada a los menores de edad, o venta y consumo de alcohol dentro del recinto de la plaza.

Como era de esperar, el PP y la Fundación Toro de Lidia presentaron recurso ante el Tribunal Constitucional, alegando que dicha Ley vulneraba las competencias del Estado, ya que solo éste puede regular los aspectos que afectan a la Tauromaquia. Ya desde 2013, el Partido Popular había llevado a cabo todo un “blindaje cultural” al toreo, declarándolo Bien de Interés Cultural, asegurando la protección del mismo, limitando su posible regulación, y ofreciendo las subvenciones públicas y el apoyo a nivel institucional en todo el Estado Español. Ante este blindaje, al menos el Parlamento balear deseaba evitar tanto sufrimiento de los animales, eliminando parte de la brutalidad y el salvajismo de “la fiesta”. Pues bien, ya conocemos el fallo del Tribunal Constitucional, y como nos informa Raúl Rejón en este artículo para eldiario.es, el alto tribunal establece que los animales deben morir para no desvirtuar el carácter cultural de la tauromaquia, regulado desde la reciente ley de 2013. De hecho, los jueces concluyen literalmente que “Tal grado de divergencia o separación del uso tradicional que hace imposible reconocer las características nucleares de la corrida de toros que ha protegido el Estado”. Punto y final…por ahora.

Nuestra opinión, en clara sintonía con los movimientos de defensa y de liberación animal, es que no sólo debemos prohibir la Tauromaquia en nuestro país, sino además todo el conjunto de festejos populares que se basan en la utilización, explotación o maltrato de animales, desde los encierros de San Fermín hasta el Toro Embolao, pasando por todas las salvajes variantes que cada localidad ejecuta en sus fiestas patronales, y que ya habíamos relatado a fondo en este otro artículo. La derecha continuará con su falaz argumento de que son “intentos nacionalistas de rechazar lo español”, a lo que hay que contestar que, efectivamente, cuando “lo español” se caracteriza por tantas dosis de salvajismo, es necesario acabar con ello. La tortura no es cultura. Nunca. Da igual lo antiguas que sean las “tradiciones” que amparen tanta brutalidad. Jamás el sufrimiento animal puede servir de negocio, deporte, espectáculo, diversión, ocio, festejo, celebración, o cualquier otra variante que nos quieran imponer, por muy “tradicional” que haya sido en nuestra historia. Necesitamos imperiosamente una Ley Integral de Protección Animal, y acabar con todos los festejos populares con animales. Es cuestión de tiempo.


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Soy un malagueño de izquierdas, enamorado de los animales, y de mi profesión, la enseñanza. Soy profesor de nuevas tecnologías y crítico de las mismas, sobre todo de los cursos de F.P.O. (Formación Profesional Ocupacional) de la Junta de Andalucía. Me hice analista político ante la terrible deriva del capitalismo de nuestro tiempo, ante la necesidad de alzar la voz ante las injusticias, ante las desigualdades, ante la hipocresía, ante la indiferencia, ante la pasividad, ante la alienación. Sentí la necesidad vital de aportar mis puntos de vista, mi bagaje personal, y de contribuir con mi granito de arena a cambiar este injusto sistema.

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