Marcos Prado Fernández
Secretario Provincial de la Coordinadora Sindical de Clase en Sevilla


«Los fascistas no son como los hongos, que nacen así en una noche, no. Han sido los patronos los que han plantado los fascistas, los han querido, les han pagado. Y con los fascistas, los patronos han ganado cada vez más, hasta no saber dónde meter el dinero. Y así inventaron la guerra, y nos mandaron a África, a Rusia, a Grecia, a Albania, a España,… Pero siempre pagamos nosotros. ¿Quién paga? El proletariado, los campesinos, los obreros, los pobres.»

Novecento, Bernardo Bertolucci. 1976


Aunque no suele ser lo común, lo mejor suele ser realizar análisis de los acontecimientos con una cierta distancia temporal, con una dosis de frialdad y tras un período de recopilación de datos, digiriéndolos bien, casi rumiándolos, que permita construir un escenario más cercano a la realidad objetiva que desde un plano más visceral y subjetivo. Eso sí, todo ello sin negar nuestra visión de clase y, por tanto, sin rechazar una interpretación de los mismos a nuestros intereses de clase.

Desde el 2 de diciembre, mucho se ha hablado y escrito sobre el resultado de las elecciones andaluzas, aunque siempre partiendo de las consecuencias y del resultado final para, desde ahí, queriendo encontrar una explicación a dichos resultados, en los que se ha certificado la obtención de representación parlamentaria para el fascismo más nítido y cristalino, materializado en el partido Vox.

Pero quizás se eche en falta un análisis más dialéctico de cómo hemos llegado hasta aquí porque, tal y como se representaba magníficamente en aquella escena de Novecento, el fascismo no ha surgido de la nada ni los fascistas han crecido como las setas. En este sentido, las votaciones son solo el reflejo de una realidad, más o menos latente; es un termómetro que mide la ideología de las masas y fruto de un desarrollo de los acontecimientos, durante años, con la plasmación de una ideología subyacente que ha ido calando en ciertos sectores reaccionarios.

Aún así, hemos de dejar claro que los datos objetivos nos han mostrado en estas elecciones que la derecha ha permanecido más o menos constante en cuanto a número de votos (aproximadamente 200.000 votos más respecto a 2012, en los que la derecha estaba concentrada solo en el PP). Este aumento puede deberse a múltiples razones, pero en una población electoral de aproximadamente 6,5 millones de electores, no creemos que sea una variación significativa como para tenerla en cuenta como causa principal. En este sentido, hemos de resaltar que, en 2012, el abanico parlamentario quedó compuesto por solo 3 fuerzas políticas:

PSOE, IU y PP, concentrando así el voto de la derecha clásica en un solo partido. En estas elecciones de 2012, el PP consiguió 50 escaños, siendo el partido más votado, pero sin alcanzar la mayoría absoluta necesaria, dejando así en el poder, de nuevo, al PSOE en coalición con IU.

En las siguientes elecciones, las de 2015, son las primeras en las que ya aparecen notablemente los nuevos actores políticos, emanados al fragor de la crisis y tras el movimiento 15M, y de la descomposición de los partidos clásicos, PP, PSOE e IU. Así, por la izquierda, se desmiembra el partido PODEMOS y por la derecha entra el partido CIUDADANOS –aunque anteriormente ya había participado testimonialmente en las elecciones de 2008, con apenas 7852 votos y en 2012 con unos míseros 753 votos–. Así, Podemos irrumpe en el Parlamento Andaluz con 15 escaños, fruto de casi 600.000 votos, y Ciudadanos con 9 escaños y 370.000 votos. En este sentido, IU+PSOE pierden casi 300.000 votos respecto a 2012, con un aumento de la abstención en términos globales de 150.000 votantes menos (sin tener en cuenta el aumento exponencial del voto en blanco y el nulo, doblando al de 4 años antes).

Por el otro lado, el PP pierde la friolera de medio millón de votos que, evidentemente, no todos han ido a la formación naranja. Esto muestra a las claras que, en 2015, a quien más afectó la abstención fue a la derecha, con un PP salpicado por numerosos casos de corrupción (Gürtel, caso Bárcenas, etc.). Sin embargo, en las elecciones de 2018 ha ocurrido un caso contrario, elecciones en las que la derecha se ha movilizado ampliamente, siendo el votante de izquierda quien se ha desmovilizado en masa, registrándose así la participación más baja de la historia de Andalucía, con apenas un 58% del electorado (todo ello sin contar, de nuevo, con que el voto en blanco y el nulo se vuelve a duplicar a números superiores a los 130.000). También hemos de tener en cuenta en este análisis que no todo el electorado de Ciudadanos se nutre del PP, sino que también proviene del ala más derechista y reaccionaria del PSOE, descontento, a su vez, con la creciente corrupción del PSOE en Andalucía.

Análisis de los resultados electorales de 2018

El primer dato que debemos destacar de estas recientes elecciones es el hecho de que se ha producido el mayor índice de abstención en unas elecciones andaluzas de la historia de la democracia, con un 58% de participación del que, si descontamos el voto en blanco y nulo, se queda en apenas un 55%. Es decir, estamos hablando de que ¡Apenas la mitad del electorado ha votado a algún partido!

En este sentido, si analizamos la participación por zonas, en los barrios tradicionalmente obreros y en el entorno rural –históricamente de izquierdas– se ha producido una abstención mayor que hace cuatro años, mientras que los barrios más ricos se han movilizado ampliamente. A modo de ejemplo, en el distrito Cerro-Amate, paradigma de distrito obrero en Sevilla, la abstención rozó el 48%, mientras que, en distritos acomodados de la capital andaluza –como Nervión o Los Remedios–, la participación rondaba el 75%, es decir, solamente un 25% de abstención. Por lo tanto, se podría decir entonces que la abstención ha sido principalmente de izquierdas, al contrario que ocurrió cuatro años antes, en los que afectó más a la derecha. De esta manera, comparamos los resultados, en nº total de votos, con los de 2015:

2015 2018 Diferencia
PSOE 1.409.042 1.009.243 – 399.799
PP 1.064.168 749.275 – 314.893
IU+PODEMOS (*) 863.938 584.040 – 279.898
CIUDADANOS 368.988 659.631 + 290.643
VOX 18.017 395.978 + 377.961

Fuente: http://www.resultadoseleccionesparlamentoandalucia2018.es (Página oficial de la Junta de Andalucía)

(*) En 2015, IU y PODEMOS concurrieron por separado y en 2018 bajo la coalición Adelante Andalucía.

Así, todos los partidos que pierden votos suman en total casi un millón de votos menos (994.590 votos), frente a los 668.604 votos más que ganan Cs y Vox. Por otro lado, la diferencia entre lo que ganan unos y lo que pierden otros, 325.986 votos, coincide prácticamente con el número de votos asociados a la abstención respecto a las elecciones de 2015, es decir, 326.053 abstenciones más que en 2018.

Otro dato a destacar, en contra de los bulos que inicialmente circulaban por las redes sociales (y retroalimentados por sectores reaccionarios de la prensa), es el de que, en esos barrios obreros y en el mundo rural, la clase obrera y el campesinado no ha votado más a los partidos de derecha. Esa es una falacia. Así, a pesar de no haber variado sustancialmente el reparto del voto en la derecha (metiendo en este saco, inicialmente, solo a PP, Cs y VOX), la baja participación ha provocado que esto se haya traducido en un mayor número de escaños en el parlamento andaluz.

Un análisis de clase de las posibles causas de este escenario

Es un hecho contrastado que la (supuesta) izquierda reaccionaria, concentrada principalmente en el PSOE, y la socialdemocracia representada en la coalición Adelante Andalucía (IU + PODEMOS), han abandonado el trabajo en los barrios obreros. Pero no ya en la propia campaña electoral sino en todos estos años de crisis, en los que la clase obrera ha sufrido las políticas reaccionarias del gobierno central e incluso de las del gobierno andaluz sin que se les ofreciera una alternativa desde la izquierda. En este sentido, la socialdemocracia ha caído en el diversionismo ideológico, abandonando los problemas esenciales e inmediatos de la clase obrera (paro, precariedad, recortes en sanidad y educación, etc.) en pos de otras “luchas” y reivindicaciones (ecologismo, feminismo, animalismo, la cuestión nacional, etc.), de manera aislada y fraccionaria, que se alejan de la raíz misma de esos problemas. Todo para no reconocer que todos esos problemas tienen un mismo origen, el capitalismo.

Por el contrario, la extrema derecha y el fascismo se afanan por ocupar esos huecos, aún hoy sin éxito, a tenor del análisis profundo de los resultados por colegio, localidad y/o barrio. Como decimos, a día de hoy, la clase obrera no se deja engatusar por esas ideas y no les sigue en masa, pero de seguir abandonándola de esta manera, el oportunismo de derechas y el fascismo acabará por asentar su ideario reaccionario.

Por otro lado, desde el PSOE –asociado erróneamente a la izquierda–, se ha ido enarbolando un discurso cada vez más reaccionario, asumiendo en parte el discurso de la defensa de la patria (de la unidad nacional, más bien), del enfrentamiento territorial, a la par que ha ido aplicando, progresivamente, políticas de recorte contra las clases trabajadoras, tendiéndole la mano a las multinacionales, dándole facilidades para enriquecerse, mientras empobrecía aún más al pueblo trabajador.

Así, el centro de gravedad ideológico en los partidos ha ido virando hacia la derecha. Ante esto, el pueblo tiene claro que es preferible el original a una mala copia y, en un momento de crisis, las clases medias y la pequeña burguesía, cada vez más empobrecidas, se decantan más por el discurso decidido de la derecha, cada vez más extremista, que el mensaje impostado de un PSOE cada vez más escorado a la derecha o de un mensaje pusilánime de la socialdemocracia, en este caso encarnados por el binomio IU-PODEMOS.

Pero debemos tener claro que la clase obrera ni es tonta ni es reaccionaria. Los hechos lo demuestran. Detecta con nitidez que esos discursos no defienden sus intereses y no los hace suyos. Sin embargo, no ha encontrado una alternativa que afronte sus problemas reales, que son problemas que sufre por su condición de clase, no por la de género, identidad nacional u otras identidades estrafalarias.

Por otro lado, mientras a la clase obrera se le envía al paro, se le desahucia, no llega a fin de mes, sufre los recortes en educación y en la sanidad, la socialdemocracia le habla de huertos ecológicos, de modificar el lenguaje para que sea inclusivo o de luchar contra el maltrato animal.

Sin embargo, un análisis completo no debe centrarse en la responsabilidad del “otro” y dejar fuera una parte de autocrítica desde todas las organizaciones obreras, entre las que nos incluimos. Y con esto no solo nos debemos referir a los partidos políticos, sino también el resto de organizaciones con influencia en la clase obrera (sindicatos de clase, asociaciones de vecinos, plataformas ciudadanas, etc.). En este sentido, debemos reflexionar que, a pesar de que la clase obrera ha incrementado su apoyo en forma de voto, dentro de un contexto de creciente absentismo electoral, en partidos comunistas y revolucionarios que representan y defienden los intereses de la clase obrera, no es más cierto que estos partidos y organizaciones sindicales no hemos estado en nuestro lugar y no hemos tenido, no hemos podido o no hemos sabido hacer un trabajo eficaz en los barrios, ofreciendo alternativas, fortaleciendo ideológicamente a la clase, etc.

Conclusiones y alternativas desde un punto de vista de clase.

Como ya hemos indicado, las elecciones son simplemente un termómetro del nivel de conciencia de la clase obrera y, por tanto, cabe resaltar que, si bien la clase obrera no ha virado a la derecha, tampoco se le ha ofrecido una alternativa, con lo que se ha desmovilizado masivamente, sin haber sido conscientes de que su desmovilización ha chocado con una movilización masiva de la derecha, lo que ha provocado una mayor representación de esta última en el Parlamento andaluz. Así, de un censo total de 6.294.405 votantes, la suma de votos de PP + Cs + VOX, ha conseguido 1.804.884 votos, que se traduce en que, con apenas un 28,67% sobre el censo total, la suma de estos tres partidos ha conseguido una representación en la cámara del 54,12%, traducido en 59 escaños de un total de 109.

Pero si esta (mala) experiencia ha servido para algo es para que las distintas organizaciones obreras dejemos de mirarnos el ombligo a nosotros mismos, por un lado y, por otro, que pongamos todos nuestros sentidos en recuperar espacios en los barrios obreros y en la Andalucía rural, con un mensaje claro y de clase, sin desviarles la atención a otras cuestiones que, en realidad, son simplemente manifestaciones de la raíz del problema, de un capitalismo en clara descomposición, crisis tras crisis, pero que no caerá si no se le empuja. Para ello, las organizaciones de clase –cada una en su ámbito, pero en estrecha colaboración– debe fortalecer ideológicamente al pueblo trabajador y hacer que comprenda y asimile su papel transformador en la sociedad, no solo participando activamente sino también comprendiendo que, con nuestra pasividad, dejamos el camino expedito a nuestros enemigos de clase.

En este sentido, y en el ámbito sindical que nos compete, debemos mirar cómo ha reaccionado la clase obrera (y sus organizaciones) en los países en los que más ha aumentado la presencia del fascismo: Grecia, Italia y Francia. En los dos primeros casos, con un movimiento sindical totalmente dividido y atomizado, se ha construido un polo sindical de clase, fomentado desde la Federación Sindical Mundial, que engloba a más de 95 millones de trabajadores del mundo. Si en primer lugar, en Grecia, se creó el PAME, que ha estado en la vanguardia de la reorganización y reagrupamiento de la clase obrera griega, en Italia se ha seguido su ejemplo, con un movimiento clasista unificado y efervescente en la llamada Unione Sindacale di Base (USB). Ambas confederaciones sindicales surgen al aglutinar el movimiento clasista, frente a un movimiento sindical entregado al capitalismo y a sus monopolios, en los sindicatos que pertenecen a la Confederación Europea de Sindicatos (CES). Si en Francia no se ha dado un movimiento similar es porque una parte del sindicato más representativo de Francia, la CGT, ya está organizado en la FSM con lo que, de por sí, ya representa un polo sindical masivo.

De esta manera, desde la Federación Sindical Mundial se ha tomado nota y, el pasado 10 de julio de 2018, el secretario general George Mavrikos visitó Madrid para instar a las distintas organizaciones afiliadas y simpatizantes de la FSM a fortalecer el sindicalismo de clase, creando en un frente común, al igual que se hizo en su momento en Grecia con el PAME y en Italia con la USB –salvando las diferencias coyunturales en ambos países respecto a la realidad legal, sindical y cultural del Estado Español–.

Desde la Coordinadora Sindical de Clase somos conscientes del momento histórico en el que nos encontramos y nos tomamos muy en serio esta cuestión. Como consecuencia de ello, apostamos fuertemente por este proceso y respaldamos la decisión del compañero Mavrikos, a la par que hacemos un llamamiento al resto de organizaciones de clase del estado para que se sumen y fortalezcan este proceso.

Vistos los resultados electorales en Andalucía, una de las regiones más empobrecidas de Europa, y tras los augurios de un crecimiento aún mayor del fascismo en el resto del Estado, no podemos demorar más esta tarea. Sería una irresponsabilidad por parte de todas las organizaciones que dicen denominarse de clase dejar que la extrema derecha, el fascismo, avance como respuesta a las sucesivas crisis de un capitalismo ya en descomposición. Está en nuestras manos organizar a la clase obrera para hacer frente a este fascismo incipiente.