Asamblea Abolicionista de Madrid


El verano que ahora llega a su fin ha estado marcado por la brutalidad de las violencias machistas. Hemos asistido con estupor y rabia a una realidad que conocemos pero que se recrudece, pese a que el feminismo se ha asentado en la conciencia de cada vez más mujeres y hombres, en España y en el resto del mundo. Parece que lo logrado hasta ahora ha recibido una reacción en forma de violencia machista, y es manifiesto que queda mucho por hacer. En lo que va de año más de 40 mujeres han sido asesinadas y las agresiones sexuales han aumentado. Preocupan especialmente las violaciones en grupo y el aumento de los casos de violencia sexual en menores. La Fiscalía General del Estado ha alertado en su memoria anual de la relación entre el consumo de pornografía y las agresiones sexuales entre menores, algo que las feministas siempre hemos denunciado.

Uno de los representantes de esta reacción es la ultraderecha, que ha dado presencia (aunque reciben mayor atención mediática del alcance que realmente tienen) en las instituciones y en la opinión pública a un discurso negacionista y machista que encarnan aquellos que niegan la opresión que sufren las mujeres. En Andalucía se ha dado un paso atrás en la lucha contra la violencia machista y se ha vuelto al punto de partida. La violencia contra las mujeres vuelve a considerarse “doméstica” o “intrafamiliar” (término utilizado para abrir una nueva línea telefónica en la comunidad andaluza) e invisibilizar el machismo que sin embargo las cifras evidencian.

En España todavía no se contabilizan como asesinatos machistas aquellos en los que no existe una relación sentimental entre el agresor y la víctima. Por ello, los asesinatos de Diana Quer o Laura Luelmo no son parte de esa violencia en las estadísticas oficiales, aunque son parte del terrorismo machista que mata y violenta a las mujeres por el hecho de serlo. Si todavía queda un largo camino que recorrer, las decisiones políticas tomadas desde la ignorancia o la misoginia refuerzan aún más el sistema patriarcal y la violencia contra las mujeres. Asegurar a estas alturas que la violencia no tiene género es normalizar una sociedad donde las mujeres son ciudadanas de segunda.

Pese a la existencia de estas voces, la mayor parte de la sociedad denuncia esta violencia y se horroriza ante ella. Sin embargo, cuando se trata de la prostitución hay quien cambia el gesto y dice hablar de algo diferente. Se ha intentado dar cabida en la Universidade da Coruña a unas jornadas de lo que se ha denominado “trabajo sexual”. Porque cuando se trata de la prostitución, una parte de la izquierda y quien se dice “feminista” ya no ve la violencia, la explotación, la desigualdad, el racismo, el sistema de opresión que brinda a los hombres el privilegio de, por un precio determinado, abusar de mujeres, a las que eligen por catálogo, troceadas en partes y cosificadas sobre el parabrisas de un coche por cualquier barrio de este país.

Sorprendentemente, el feminismo encuentra en su propio seno un aliado de la explotación. Mientras, la realidad sigue su curso. Mujeres y niñas son violadas en una sociedad que mira para otro lado. Se exige la igualdad mientras se promueve que los niños y niñas crezcan con modelos que les dicen que ellos podrán disfrutar de aquella mujer a la que puedan pagar, que no les debe importarle sus derechos, lo que ella desee o si ha llegado allí forzada, por violencia o por precariedad. A ellas las obligan, para poder satisfacer ese modelo masculino, a olvidarse de sí mismas y convertirse en simples objetos al servicio de los deseos de los hombres. Y no se puede disociar la trata de la prostitución, ambas nutren a un mismo sistema que explota a las mujeres para lucrarse.

¿Cómo se puede exigir el fin de la violencia a la par que se defiende el sistema de explotación sexual? Luchar contra las violencias machistas es hacerlo contra todas, quedarse a medias es perpetuar el sistema patriarcal, ser cómplice. Si se lucha y se reclama la igualdad entre los sexos y el fin de la jerarquización que desemboca en asesinatos y violaciones el análisis debe ser completo, y no dejar fuera la explotación sexual que sufren miles de mujeres (según la ONU el 80% de la trata mundial de personas lo engloban las destinadas a fines de explotación sexual, y el 90% de ellas son del sexo femenino).

La violencia y las injusticias contra las mujeres continúan a la orden del día en todo el planeta, pero la fuerza del feminismo es imparable. En agosto, las compañeras mexicanas salieron a las calles a denunciar la extrema violencia que sufren las mujeres y la impasividad de los cargos públicos. Su hartazgo desembocó en una furia que tomó las calles y demostró que las feministas no se rinden. En Irán varias mujeres han sido encarceladas por salir a las calles el 8 de marzo con la cabeza descubierta para oponerse a las leyes que las obligan a cubrirse. Son solo dos ejemplos de cómo el feminismo se rebela en todo el mundo, allí donde el patriarcado oprime a las mujeres con unas condiciones de vida inhumanas.

 En España, tampoco debe comenzar un nuevo curso sin que el feminismo salga a la calle a protestar contra las violencias que las mujeres sufren. La Plataforma Feminista de Alicante convocó por ello la Noche Violeta del 20 septiembre. Más de 120 asociaciones de toda España se han sumado a ella. En Madrid, la Asamblea Abolicionista de Madrid se unirá a más de 40 colectivos que teñirán Sol de violeta el próximo viernes para denunciar las violencias machistas, para pedir un verdadero compromiso por parte de la clase política. El feminismo no es una “moda” a la que agarrarse para lograr votos, es la lucha por los derechos de la mitad de la población, las mujeres, y en la actualidad ser mujer continúa siendo un factor de riesgo. Es necesaria una verdadera educación feminista que elimine las diferencias sociales entre los sexos y no construya una sociedad basada en la opresión de la mitad de la humanidad. Solo un compromiso firme con el feminismo, que no se quede en leyes y pactos incumplidos  y que llegue a la realidad, puede poner fin al terrorismo machista. Hasta entonces, se declara la Emergencia Feminista.

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