Empleo en el siglo XXI

Carlos Serra
Jurista y Máster en Política Económica y Economía Pública
Miembro de Joves Verds Equo de Valencia y Red Equo Joven


Se acercan los comicios. En mayo, se celebran elecciones locales, autonómicas y europeas. Interesantísimas y hasta festivas como a veces son, las elecciones tienen varios hándicaps, algunos de los cuales afloran meses antes de las mismas: entre ellos está el que muchos de los partidos que se autodenominan como progresistas tienen que someterse a determinados corsés por mor de ser reconocibles y entendibles por parte de los votantes.

Esto se puede apreciar claramente en el ámbito de la economía y de las políticas laborales. El paro ha sido, es y seguirá siendo la preocupación más importante de los españoles[1], y el trabajo (ausente y precario) es un engranaje que hace girar nuestras vidas casi sin quererlo. Tanto es así que, sobre todo después de “salir” de una recesión, al ecologismo político le está siendo complicado poner sobre la mesa cuestiones vitales como pudiera ser el decrecimiento, o que determinados trabajos son perjudiciales para el bienestar social y para la salud de nuestro planeta. Tan inevitable como es esto, no debemos olvidar nunca que debemos escapar de los conceptos de producción y de trabajo heredados por el sistema capitalista.

Tendemos a aceptar la noción usual de trabajo, así como las de crecimiento económico, producción, etc., dentro del corsé del sistema económico, como si se trataran de verdades universales, cuando en realidad no son más que ingenios de la mente humana que subrayan determinados aspectos de la realidad y desdeñan otros. Un ejemplo de esto es que la especulación financiera continúa siendo una de las actividades laborales mejor valoradas económicamente, mientras que las labores de cuidados, como son atender a los hijos, ancianos y personas dependientes, vitales para asegurar la reproducción y la perpetuación de los seres humanos (y tradicionalmente llevadas a cabo por mujeres), no se consideran trabajo en el sentido mercantil del término, ya que no reciben contraprestación y no se contabilizan como tal trabajo en las estadísticas laborales nacionales.

Todavía más grave es el hecho de que los postulados que sostienen a los conceptos actuales de trabajo ni siquiera se cumplen: la idea de que el mercado laboral es justo porque hace que a cada trabajo le corresponda el fruto de su esfuerzo no se sostiene. Hoy en día, los grandes negocios no se apoyan en la compraventa de bienes y servicios, sino en la creación de activos financieros que se compran y se venden de forma especulativa. Tampoco es posible un crecimiento económico indefinido tal y como se entiende hoy en día en un planeta cuyos recursos finitos y límites ya han sido superados ya.

Por todo ello es tan necesario un cambio de paradigma en las nociones de trabajo y de actividad económica, por muy impopular electoralmente que pudiera suponer una propuesta de este tipo.

No estoy seguro de en qué orden, pero el panorama invita a cambios de dos tipos: por una parte, es necesaria una remodelación del concepto de trabajo que nos aleje de la equiparación de trabajo con el mero trabajo asalariado. Necesitamos pensar, en el ámbito de la economía, qué, cómo y cuánto se produce, para lo cual debería llevarse a cabo un análisis sistémico acerca del tiempo que las personas dedicamos a cada tarea durante el día en términos de cómo de gratificantes/penosas son, de su carácter más libre o dependiente y su utilidad social (donde debería incluirse, por ejemplo, la huella ecológica de la actividad). Ello nos permitiría llegar a un consenso acerca, por una parte, de la existencia de determinadas labores fatigosas y que son imprescindibles para la vida sociedad (y que no se consideran como trabajo de forma oficial), y de otra, la existencia de labores parasitarias que sí tienen consideración de trabajo.

Por otra parte, necesitamos una ética ecológica del trabajo: los patrones humanos en el uso del tiempo influyen de forma fundamental en las repercusiones ecológicas de nuestra actividad. Parece comúnmente aceptado, que los países con una jornada laboral media más reducida tienen menor huella ecológica, teniendo en cuenta factores como la renta[2]. También es hoy una cuestión pacífica que el aumento de los ingresos tiene un efecto muy beneficioso para la gente que vive en la pobreza, pero el bienestar adicional derivado de un aumento de los ingresos cuando ya se ha alcanzado un determinado nivel económico es limitadísimo[3]. En la transición, por tanto, a un estilo de vida en armonía con el planeta y con nuestra salud, deberemos sustituir los horarios laborales prolongados por unos patrones más sostenibles de utilización del tiempo.

De sobra sabemos que el monstruo de la sociedad de consumo hace que plantear estas ideas transmita un cierto halo de ingenuidad y candidez. Sin embargo, muchos integrantes de esta misma sociedad materialista intuyen el arma de doble filo que supone vivir en un sistema económico que nos provee de una inmensidad de recursos, pero que nos priva de la sensación de tener suficiente, creando necesidades de diferenciación que se satisfacen a través de gastos superfluos que aceleran el proceso de degradación del planeta.

Parece irrealizable, pero el cambio está en nosotros. La tarea primordial del ecologismo político debe ser convencer mediante el ejemplo y la gestión, creando redes de cultura sostenible y expandiéndolas, demostrando que cambiar nuestra forma de vida y escapar de esquemas tradicionales no solo nos evitará males mayores, sino que, además, a través de ello podemos aspirar a un verdadero bienestar. Abandonemos, pues, la vorágine de maximizar nuestros recursos y empecemos a maximizar nuestra felicidad con los recursos de que disponemos.


[1] Enlace al barómetro del CIs de diciembre de 2018: http://www.cis.es/cis/export/sites/default/-Archivos/Marginales/3220_3239/3234/es3234mar.pdf
[2] David Rosnick y Mark Weisbrot: Are shorter work hours good for the Environment? A comparison of U.S. and European Energy Consumption (Washington, DC: Center for Economic and Policy Research, 2006):
[3] Juliet B. Schor: Plenitude: The New Economics of True Wealth (capítulo 4)

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