Manola Brunet
Catedrática de Geografía Física de la Universidad Rovira i Virgili


La comunidad científica ha calculado el incremento global de la temperatura del aire en superficie en 1ºC respecto al promedio preindustrial (1850-1900). Este incremento se ha producido en menos de 100 años, cuando el aumento similar más rápido estimado durante el periodo cálido interglaciar del Holoceno (de ~ -18.000 años atrás al presente) tomó más de 1000 años en producirse. Es lo que conocemos como el calentamiento global producido por el aumento en las concentraciones de gases con efecto invernadero derivadas principalmente del uso y quema masiva de carburantes fósiles. La comunidad científica no tiene duda alguna que tanto el calentamiento global como su origen humano son virtualmente ciertos, ya que no sólo el aumento de la temperatura del aire observado no tiene precedentes en el registro instrumental y paleoclimático ni en su intensidad ni en su velocidad, sino que además los modelos climáticos que la comunidad científica utiliza son incapaces de simularlo adecuadamente sí no se les introduce como factor de forzamiento el aumento en las concentraciones de gases con efecto invernadero, no habiendo podido identificar ninguna otra causa (ni asociada al forzamiento solar ni a la variabilidad interna del sistema climático) que provoque la deriva climática recientemente observada.

Una cascada de evidencias del calentamiento actual inducido por el hombre se está acumulando. El calentamiento del aire se observa tanto sobre la superficie terrestre como sobre la marina. Los cuatro últimos años han sido los más cálidos del registro instrumental y muy probablemente las temperaturas actuales sean las más elevadas de los últimos 8000 años. Además los océanos están acumulando en las capas de agua intermedias (de 0 a 2000 m de profundidad) el 90% del calor extra asociado al efecto invernadero intensificado antrópicamente, convirtiéndose en una bomba de relojería para el futuro. La mayor disponibilidad de calor en nuestra atmosfera lleva acarreado un incremento del vapor de agua, lo que conduce a una intensificación del ciclo hidrológico y de las precipitaciones, diferenciando aún más el mundo húmedo (latitudes medias extra-tropicales) del seco (latitudes subtropicales) en las que se encuentra la cuenca mediterránea.

Las superficies criosféricas se están reduciendo consecuentemente al elevarse la temperatura del aire y del agua, registrándose en los últimos años un fuerte declive en la cubierta de hielos y nieves del hemisferio norte, especialmente de los hielos marinos del ártico y la fusión del casquete groenlandés, observándose también en los últimos años una reducción del hielo marino antártico. El sobrecalentamiento oceánico, junto a la fusión de las masas de hielo, están determinando el incremento del nivel del mar a escala global, con unas tasas de cambio anual que sextuplican las estimadas durante el Holoceno, poniendo en riesgo a la mayor parte de islas coralinas del pacifico y al conjunto de costas bajas y a la población que las habitan.

Asimismo, el impacto del calentamiento global sobre la dinámica de los sistemas naturales y humanos se está notando ya y se acentuará aún más en los próximos años, poniendo en riesgo la viabilidad de algunos de ellos. Las nuevas condiciones climáticas están expandiendo en altitud y en latitud hacia los polos tanto a especies animales marinas y terrestres, como a las especies vegetales, expansión que favorece a aquellas especies más resistentes y con mejores estrategias de adaptación y desfavorece a las que tienen menor capacidad de adaptación o son menos resilientes, lo que está conllevando una pérdida de biodiversidad que se incrementará conforme el cambio climático se intensifique. Los impactos asociados al cambio climático pueden verse ya en un conjunto de recursos básicos para la subsistencia humana.

En regiones como la nuestra, en la que ya se ha observado un cambio térmico mayor que el estimado a escala global y en donde los patrones de precipitación son erráticos con una fuerte variabilidad espacial y temporal, siendo proclives a los episodios de sequía intensos y duraderos, es de esperar que se exacerben los problemas hídricos y disponibilidad de agua actual, incrementándose los conflictos por el uso del agua y requiriendo medidas drásticas que lleven a una gestión más eficaz y a la implantación de sistemas de reutilización del agua, cuando menos para los nuevos desarrollos urbanísticos, comerciales, industriales, agrícolas y de recreo que se prevean realizar. Asimismo, otro problema asociado al cambio de nuestro clima reside en la gestión forestal y de sus recursos, especialmente en el elevado riesgo de incendios de alta intensidad que conlleva el incremento de la evapotranspiración impulsado por las más altas temperaturas y el alargamiento del déficit hídrico fuera de los tradicionales meses estivales. Con ello, el riesgo de siniestralidad de los incendios forestales se eleva exponencialmente, afectando negativamente tanto a nuestro patrimonio natural, como poniendo en riesgo vidas y propiedades.

El cambio climático inducido por el hombre también estresa un amplio conjunto de sistemas y actividades humanas. Entre otros, los efectos sobre la salud de las cada vez más intensificadas olas de calor es un claro efecto negativo de las mayores temperaturas que afecta principalmente a viejos, enfermos y niños que viven en las ciudades, ya de per se más cálidas que sus entornos no urbanos. Asimismo, se potencia la llegada de vectores que transportan enfermedades tropicales, como el dengue, el zica o la malaria, ampliando su área de acción asociado a las condiciones térmicas más cálidas. Los efectos sobre los rendimientos y productividad agrícola y de las piscifactorías de un clima más cálido con una clara tendencia a la aridez, en nuestro caso, son otro de los impactos más indeseables a los que nos enfrentamos y nos enfrentaremos aún más en el futuro cercano.

Otra amenaza del cambio climático es la asociada con la agravación del problema migratorio, la denominada migración por razones climáticas. A las migraciones directas forzadas por el incremento del nivel del mar en las islas y atolones más bajos del Pacífico, se ha de sumar las ocasionadas por razones socio-económicas procedentes de países muy vulnerables al cambio climático de África o Sud América y Mesoamérica, en las cuales el cambio climático se suma exacerbando las condiciones locales que hacen migrar a sus habitantes para encontrar oportunidades de una vida mejor fuera de sus lugares de origen. Se cuentan ya en 25 millones los migrantes climáticos y se espera que se acelere en el futuro inmediato. Éste es un problema que afecta a la seguridad internacional y que tiene el potencial de desestabilizar política y socio-económicamente los gobiernos tanto de los países más vulnerables origen de los flujos migratorios, como de los de destino. Además, el cambio climático, que han producido los países más desarrollados, impacta más en los países en vías de desarrollo y en los menos desarrollados, pese a que sus tasas de emisión per cápita de gases con efecto invernadero han sido muchísimo menores. Ellos son los más vulnerables y menos resilientes a los impactos del cambio climático, por lo que son los más expuestos y los que tienen menos recursos para combatirlo. De ahí las campañas de justicia climática que colectivos diversos impulsan en cada una de las conferencias de las partes (COP) de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático.

Recientemente en el informe especial del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) acerca de mantener el calentamiento global por debajo de 1.5ºC de incremento respecto de los niveles preindustriales en vez de en los 2ºC previstos en el Acuerdo de Paris, se valoran los impactos asociados con uno y con otro objetivo, concluyendo que los riesgos para los sistemas naturales y humanos son más altos en el escenario de calentamiento global de 1.5 ° C que en la actualidad, pero más bajos que sí se alcanzan los 2 ° C de calentamiento. Para conseguir el umbral-objetivo de 1.5 ° C se requerirían transiciones rápidas y de gran alcance en los sistemas de energía, industriales, urbanos y de infraestructuras, incluido el transporte, urbanismo y edificaciones, en los usos del suelo y agricultura, implicando una gran reducción en las emisiones de gases con efecto invernadero en todos los sectores de actividad humana.

A escala global, se requerirá fortalecer la respuesta tendente a una ambiciosa reducción de emisiones en un contexto que impulse el desarrollo sostenible, los esfuerzos por erradicar la pobreza y las desigualdades. A escala nacional, se requerirán adoptar medidas de mitigación (reducción de emisiones) y adaptación específicas, teniendo en cuenta las condiciones y vulnerabilidad a los impactos del cambio climático de sus habitantes y socio-ecosistemas. Los gobiernos y gestores políticos a todos los niveles (del municipal al estatal) deberán dotarse de leyes e instrumentos para el cumplimiento de las reducciones de las emisiones sectoriales que se establezcan, así como de estímulo para desarrollar una economía de bajo consumo de carbono. Los ciudadanos tenemos la responsabilidad de exigir a nuestros representantes que adopten políticas de mitigación y fomenten la economía “verde” y tenemos el recurso para hacerlo: votando a aquellas opciones políticas que tengan en sus programas el compromiso de luchar contra el cambio climático. También, en cuanto que consumidores, podemos forzar a las grandes compañías comerciales a vender productos de proximidad, a la vez que cambiando nuestros hábitos de consumo y comportamiento.

Sólo la adopción conjunta de múltiples estrategias de reducción de emisiones que impliquen un aumento de las inversiones en mitigación y adaptación, la adopción de instrumentos políticos de obligado cumplimiento, la aceleración de la innovación tecnológica y los cambios de comportamiento, posibilitarán estabilizar el cambio climático y limitarlo a un aumento no superior al 1.5ºC en la temperatura global, reduciendo así los riesgos asociados a una transición climática desbocada.