Por Ricard Jiménez

Después de varias semanas con informaciones cruzadas sobre Afganistán y los periplos que ha llevado occidente en la retirada de sus tropas, aún queda por barrer el trasfondo que, oculto tras la inmediatez y la opinión, puede ayudar a comprender la situación.

Para tratar de desenmarañar el ovillo hemos hablado con Sergio García, Investigador de I-Communitas, Institute for Advanced Social Research, Universidad Pública de Navarra.

  • ¿Cuál ha sido el proceso de los talibán desde su surgimiento hasta ahora y qué papel ha jugado occidente en su desarrollo?

Los talibanes, inicialmente, se hicieron con el poder en Afganistán tras un año de batalla y el apoyo de Pakistán y Arabia Saudi. Durante 5 años (1996-2001) impusieron una suerte de Emirato Islámico, conocido como el Primer Emirato Islámico de Afganistán. Convencieron a los señores de la guerra, a los líderes tribales de Afganistán, de que debían superar sus diferencias y unificarse bajo el manto de un gobierno inspirado en el Corán. 

Aunque formalmente surgen en 1994, muchos de los cabecillas, durante la guerra fría, habían tenido relaciones con países occidentales que les apoyaban en su lucha con el comunismo soviético en general, y contra la invasión rusa en Afganistán en particular. Bin Laden también había estado en ese proceso, aunque su interés no era tanto Afganistán como organizar al mundo islámico para una yihad global. Los talibanes se centran en Afganistán. 

  • Tras el 11 de septiembre, aunque previamente Estados Unidos y Occidente, en general, apoyaran a estos grupos cambiaron sus posiciones frente a Afganistán, ¿a qué se debe?

EEUU y Occidente se dieron cuenta de quiénes eran verdaderamente los talibanes desde que impusieron su régimen en 1996. Su trato a las mujeres, a las minorías étnicas y religiosas, su mano dura y represión, su destrucción de monumentos históricos patrimonio de la humanidad,, la prohibición y quema de películas y música… recibieron el rechazo de la comunidad internacional. De hecho, solo tres países reconocieron el Emirato: Pakistán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos.

EEUU ya había bombardeado campos de entrenamiento en Afganistán en 1998, cuando se demostró, tras unos atentados terroristas a embajadas norteamericanas de algunos países de África, que grupos terroristas, como Al-Qaeda, se organizaban y entrenaban en Afganistán. El Consejo de Seguridad también había emitido resoluciones de condena e impuesto sanciones contra el país en 1999.

El atentado contra las Torres Gemelas fue un detonante, pero no el inicio de un cambio de actitud. La interpretación que se hizo tras ese acontecimiento es que el régimen de los talibanes debía desaparecer porque se había convertido en el oasis y centro de operaciones del terrorismo internacional. El supuesto era que, de no cambiar el régimen, estos grupos seguirían operando impunemente. 

  • Entonces el principal objetivo fue acabar con el terrorismo, pero ¿existían otros objetivos? 

Se pretendía, principalmente, acabar con el terrorismo internacional de Al-Qaeda. La intervención armada, por lo tanto, buscaba un cambio de régimen para que el nuevo se tomara en serio la necesidad de perseguir y combatir el terrorismo.

EEUU, además, declaró la guerra aludiendo a un principio del derecho internacional: la legítima defensa. No obstante, introdujo una noción que ha resultado ser muy problemática: la de guerra contra el terror. La legítima defensa, históricamente, solo se ha usado contra otro Estado.

El Consejo de Seguridad de la ONU, el organismo que determina cuestiones relacionadas con la paz y la seguridad internacionales, legitimó a intervención norteamericana mediante resoluciones y coordinó varias misiones internacionales para apoyar al nuevo gobierno afgano y ayudarle a cultivar competencias relacionadas con la seguridad. La primera misión, conocida como «Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad», fue de 2001 a 2014 y contó con más de 100.000 soldados de cerca de 50 países; y la segunda, de 2015 hasta 2021, denominada «Misión de Apoyo Decidido», contó con cerca de 16.000. Su efectividad parece que no ha sido muy alta a pesar de los años, los recursos y las bajas. 

  • ¿Qué relación y diferencias guarda Afganistán con las actuaciones llevadas a cabo en otros países como Líbia, Síria o Irak?

La guerra contra Irak difiere un poco de la Afganistán, aunque también haya puntos en común. En el marco de la guerra contra el terror, EE UU, en 2003, decide, con el apoyo de algunos países, como Reino Unido, España y Portugal, intervenir en Irak, basándose en un informe que ha resultado ser falso y que justificaba una intervención por dos motivos: la conexión entre Al-Qaeda y el gobierno de Irak de Sadam Hussein, por un lado, y un supuesto programa de enriquecimiento de uranio con fines bélicos. El Consejo de Seguridad también tuvo que montar una operación para la reconstrucción del país, un objetivo que ha sido complicadísimo. 

En Libia, durante las revueltas de la primavera árabe y debido al uso de fuerzas armadas contra la población civil, el Consejo de Seguridad emitió una resolución para lanzar una intervención internacional que creará una zona de exclusión aérea que protegiera a los civiles. La intervención, finalmente, inspiró el cambio de régimen y el resultado ha sido terrible: un vacío de poder y una guerra de grupos que compiten por el control del territorio. 

Estas experiencias, pero especialmente la de Libia, hicieron que Rusia y China, que habían sido aliados de Al Asad, se opusieran a una intervención internacional para proteger civiles, tras la represión del gobierno contra sus ciudadanos y la certificación del uso de armas químicas en este proceso. La lógica era que una intervención podría ser incluso peor, como en los casos anteriores. 

Por todas estas razones y, muy especialmente por el vacío de poder en Irak y Siria, una facción de Al-Qaeda, que abogaba por otra estrategia militar, surge como el «Estado Islámico de Irak y Siria», el Daesh. Ellos abogan por extender su territorio desde un punto central, para conformar, paulatinamente, la gran mancomunidad islámica o la Umma. Al-Qaeda, por el contrario, sigue prefiriendo la guerra descentralizada con el mismo objetivo de lograr constituir con el tiempo la Umma, pero sin un espacio central que se amplía, sino a través de múltiples satélites que, una vez triunfen, se unan en esa gran comunidad internacional de países islámicos.

  • ¿Estas experiencias dan alguna lección sobre el éxito o fracaso de las intervenciones extranjeras a la hora de promover, desde el exterior, cambios de régimen?

Cambiar un régimen desde afuera siempre ha sido muy problemático, especialmente si no hay un consenso total de la comunidad internacional y de los países circundantes. No obstante, el problema es real: ¿qué hace la comunidad internacional cuando observa, cuando se certifica que dentro de un territorio un gobierno usa el aparato del Estado, sus recursos y sus fuerzas armadas, para reprimir, matar no solo a personas sino a veces a grupos enteros, por el mero hecho de pertenecer a otra etnia, religión, minoría lingüística y cultural u otro grupo que se considera una amenaza interna sin justificación? Las violaciones masivas de derechos humanos dentro de territorios son también reales y la comunidad internacional ha asumido la responsabilidad de proteger dichas violaciones.

Para mí, el problema está en que la arquitectura política internacional no ha logrado configurarse de forma racional, sino que los intereses de los más poderosos son los que han contribuido a moldear, junto con principios humanitarios e innovadores como el de seguridad colectiva. Esto le quita legitimidad, por un lado, y eficacia, por el otro. Si el derecho humanitario, el interés de las personas, el bien común, la seguridad colectiva, la federalización de las relaciones, fueran los principios de articulación de la comunidad política internacional, resolver el problema de las excepcionales intervenciones sería más fácil, aunque siempre conlleva complejidad. 

  •  ¿Por qué se ha producido la masiva retirada de tropas tras 20 años?

Porque se ha visto que la vía armada, la vía militar, no estaba logrando los objetivos esperados. Obama ya se dio cuenta de esto y Trump también. Pero para los talibanes la vía armada sí les ha resultado efectiva.  

  • ¿Qué papel deberá jugar occidente ahora?

Esta es la clave. Occidente en general, y los países que lo conforman, en particular, deberían priorizar las siguientes líneas de acción a fin de contribuir a la mejora de vida en Afganistán. Pero hay que tener en cuenta que tanto el pueblo como el gobierno de Afganistán son los principales responsables de que la sociedad pueda progresar. 

Lo principal es que Occidente se tome en serio la necesidad de reformar la institución que representa los intereses de la humanidad: las Naciones Unidas. Sin un organismo internacional fuerte, legítimo, democrático y efectivo, que realmente encarna el compromiso con los derechos humanos, el desarrollo, el bien común y que se vertebre en torno a la noción de seguridad colectiva, poco se puede hacer, puesto que la legitimidad de toda acción internacional será baja.

Habría que establecer relaciones diplomáticas e intentar hacer acuerdos para que los derechos humanos dentro del país se respeten. A pesar del riesgo que encierra, hay que dar una oportunidad al nuevo régimen y seguir los enfoques prevalentes de las relaciones entre los Estados: la diplomacia, las relaciones comerciales, el intercambio, parece que son también efectivos para transmitir valores y generar cambios. Además, Occidente tiene relaciones con otros países como Arabia Saudí, Qatar, Emiratos… donde los derechos humanos, desde luego, no adoptan la forma en la que se entienden en Occidente. Por último, los talibanes llegan al poder tras una guerra civil de partes, por lo que se necesita un tiempo para ver cómo cuaja un proceso que, aunque ha sido influenciado por fuerzas externas a Afganistán, puede considerarse interno.

Si hay estas relaciones basadas en algo de confianza, y si la ONU gana legitimidad, será más sencillo poder introducir programas de educación y desarrollo, de empoderamiento, auspiciados por las Naciones Unidas. Existen muchos programas.

Habría que apoyar especialmente a las mujeres y a los grupos dentro de Afganistán que estén trabajando sin mayor ambición que mejorar su país, libres de luchas políticas y de ambición. Es cierto que los talibanes pueden seguir la línea de su primer emirato, que coartaba a educación de mujeres y atacaba a las minorías, pero esta situación exige otra línea de acción que detallo a continuación.

La comunidad internacional debe ser sensible a todas las violaciones de derechos humanos y a la transgresión de la normativa internacional por parte de cualquier Estado. En el caso de Afganistán, si se constata que rompe de manera flagrante estos principios, se pueden aplicar sanciones: económicas, de movilidad, de congelación de fondos… Estas medidas, que han de ser las excepcionales, también son efectivas, antes de cualquier acción armada internacional. Sin embargo, las sanciones y los embargos deben imponerse con cuidado, para que no sea la población civil la que paga el precio, como ocurre en muchos países que sufren embargos por parte de las grandes potencias.

Por último, no se puede descartar, como en ningún caso, y Afganistán no debe ser algo diferente, el hecho de que, si cualquier Estado se convierte en una amenaza para la comunidad internacional, porque emprende acciones armadas contra otros, porque auspicia terrorismo internacional o crimen a gran escala con la connivencia de las autoridades gubernamentales, porque hay riesgo claro de genocidio…, se llevarán a cabo intervenciones internacionales puntuales para restaurar el orden. Obviamente, nadie quiere hablar de esto y esto no puede ser el primer punto de la agenda internacional. Es lo último. Y, si se llegara ahí, seguiría siendo un problema cómo gestionarlo.

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