CADTM aprovecha la publicación de la edición ampliada del libro Una lectura feminista de la deuda, para conversar con sus autoras, Verónica Gago y Luci Cavallero, investigadoras y docentes de la Universidad de Buenos Aires, activistas en el colectivo feminista argentino “Ni una menos” y dos referentes para mirar y leer la deuda desde el feminismo y desde la economía popular. La lectura sobre la deuda que proponen Verónica y Luci articula diagnóstico, teoría, prácticas y resistencias. Y agitando bien todos estos ingredientes desenmascaran a la deuda, la sacan del espacio privado para mostrarla como lo que es: un problema común frente al que tenemos que actuar organizadas.

La primera edición de vuestro libro ya desarrolla la idea de “sacar a la deuda del closet/armario” para quitarle su poder de abstracción y reflejar cómo se traduce en lo micro y cómo afecta a nuestras vidas, ¿cómo os surge inicialmente la idea de este libro? ¿Qué habéis sumado a esta edición ampliada, qué os ha motivado a hacerla?

Verónica: La primera edición del libro la publicamos en febrero de 2019 y la propuesta original era que fuese una herramienta, un artefacto político, para hacer talleres y abrir discusiones. Que fue efectivamente lo que hicimos con la primera edición. Estuvimos en ferias de productoras, en sindicatos, en escuelas, en universidades, en organizaciones feministas, en asambleas migrantes, etc. Fuimos con el libro armando talleres, presentaciones y discusiones en todos lados. Y fueron saliendo muchas cosas de ese ejercicio de pedagogía feminista contra la deuda, que es como lo llamamos nosotras, e íbamos escribiendo más cosas a partir del funcionamiento que tenía el libro, digamos que se le iban agregando capas.

Por otro lado, el año 2019 en Argentina fue también un año de fuerte discusión electoral en Argentina, ya que era el último año de gobierno de Macri (por suerte) y nosotras estábamos muy empeñadas, también como movimiento feminista, en derrocarlo. Ese año se tomó de nuevo endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional (FMI), un endeudamiento que fue explícitamente para apoyar la campaña de reelección de Macri. El FMI le prestó al gobierno, bajo orden directa de Trump. Fue un año muy agitado también con respecto a la moneda, porque hubo devaluación y una disparada de la inflación. Es decir, que todos los debates en los que el libro podía intervenir estaban a nivel de la discusión macroestructural. De hecho, en esta edición del libro también que retomamos una acción/intervención que hicimos con motivo del pacto “pacto de caballeros” entre gobierno y empresarios que propuso Macri para hacer frente a la inflación del precio de los alimentos que aceleró el empobrecimiento de la población.

Todas estas intervenciones, a caballo entre la coyuntura política y el resultado de nuestro trabajo micro político en talleres y debates con la publicación, expandieron y ensancharon el libro y cuando estábamos preparando la edición en inglés y en italiano decidimos incluir todos esos elementos en una edición ampliada porque sentimos que es un libro muy vivo. Todo lo que se produjo alrededor de la primera edición es lo que forma parte de la versión ampliada.

Nos pasó algo muy importante y es que el libro empezó a abrir una forma de leer el conflicto a partir de conflictos concretos.

Lucía: Yo agregaría algo a lo que ha dicho Verónica. Hay algo muy elocuente en la edición ampliada y es que aborda cómo el libro de Una lectura feminista de la deuda produjo todo este proceso de pedagogía, sobre todo a nivel de las organizaciones feministas. Nos pasó algo muy importante y es que el libro empezó a abrir una forma de leer el conflicto a partir de conflictos concretos. Por ejemplo, apareció en un conflicto que está llevando a cabo la Asamblea feminista de la villa 31, que nace de que la urbanización que les ofrece el gobierno, en concreto la titularización de viviendas en la villa, está basada en deudas. Es decir, les dan un título, pero tienen que pagar deudas y, además, son deudas que no van a poder pagar. Con lo cual es una manera de desalojar ese territorio, que es central en la ciudad de Buenos Aires. Nos convocaron desde la propia Asamblea de la villa 31 porque habían leído el libro y se habían dado cuenta de que les estaban endeudando, de que para acceder a la vivienda que merecen tienen que asumir una deuda que no pueden pagar y que, además, todo va a terminar a la larga en un desalojo. Esto también fue un motor para hacer esta edición ampliada que tiene que ver con cómo estos elementos de Una lectura feminista de la deuda empezaron a operar en conflictos concretos.

Verónica: Otro conflicto que está incluido en esta edición y que para nosotras fue muy importante es una discusión que hubo en torno a un intento del gobierno de Macri de cortar la posibilidad de moratoria de las pensiones para amas de casa. Hicimos una acción muy importante desde distintos colectivos, con la consigna «los aportes que me faltan los tiene el patriarcado». Es decir, también discutiendo de por qué no se podía endeudar a las amas de casa que no habían tenido aportes en sus pensiones (en sus jubilaciones) y que la respuesta tampoco era que ellas pagasen para poder jubilarse los aportes que no les habían hecho, digamos, sus patrones.

Lucía: Principalmente denunciamos que eso era una exigencia concreta del Fondo Monetario Internacional. La primera exigencia concreta que tuvo el FMI fue que se dejara de jubilar a las mujeres que habían trabajado de forma gratuita toda su vida. Entonces, eso es para nosotras un mensaje claro del modo en el que se nutre el endeudamiento externo, de que un montón de mujeres trabajen gratis durante toda su vida o que lo hagan mal pagadas o con trabajos precarizados.

Verónica: Entonces, bueno, la cuestión de las pensiones, la cuestión de los alimentos, de la urbanización. Empezaba de nuevo a tejerse lo que llamamos el aterrizaje del endeudamiento en conflictos y en territorios muy concretos y nos parecía que era parte de esa maquinaria política que queríamos que funcionara con el libro.

Entonces la primera edición del libro ha sido un éxito porque ha cumplido su objetivo de ser un artefacto político para identificar cómo se traducen las demandas del FMI y los ajustes que impone en la vida cotidiana de la gente. Más allá de todo esto, el libro asume un gran reto en cuanto a la pedagogía y el acercamiento, desde una lectura feminista, a la cuestión de la deuda en concreto y de las finanzas en general. Y, precisamente, al hilo de esto viene la siguiente pregunta: Uno de los grandes aportes (y retos) de le economía feminista es mostrar y desenmascarar la vinculación del universo financiero y de la macroeconomía con nuestras vidas cotidianas, con las microfinanzas, con los microcréditos, etc. En definitiva, poner sobre la mesa cómo se retroalimentan el capitalismo y el patriarcado. ¿Cómo se conectan e imbrican la violencia económica y las violencias machistas a través de la deuda? ¿Cómo mostrar la conexión y la extensión del endeudamiento privado de las mujeres (de los hogares) con la deuda social, la deuda reproductiva y la deuda de los cuidados?

Lucía: Pues, por ejemplo, con lo que comentábamos de las pensiones. Desde un nivel macro, el feminismo se preguntó, «¿Qué significa que la primera demanda del FMI sea terminar con la remuneración retroactiva de los trabajos no remunerados de las mujeres?». Ahí tenemos la primera vinculación: cuando hay endeudamiento externo, cuando hay toma de deuda por parte de los Estados, lo que se está prometiendo como garantía de pago de ese endeudamiento es la no remuneración de los trabajos de las mujeres, la intensificación de sus trabajos y, sobre todas las cosas, que el Estado deje de proveer servicios públicos. Lo que repercute directamente en una intensificación del trabajo que realizan las mujeres para proveer/cubrir esos servicios que el Estado no da. Entonces, ahí vemos una vinculación concreta en cómo la promesa del endeudamiento externo es más trabajo no remunerado de las mujeres. Se podría hasta formular así ese conflicto. Por eso es un problema que tiene que estar en el centro del feminismo y de la economía feminista.

Y, por otro lado, cuando nosotras pensamos la consiga «vivas, libres y desendeudadas», lo que estábamos también haciendo es una vinculación muy directa entre cómo ese endeudamiento externo (que supuso un proceso de empobrecimiento generalizado, de retirada del Estado en la provisión de servicios públicos) se tradujo además en más endeudamiento privado, en más endeudamiento de la economía doméstica. Y acá vemos cómo hubo también otro hecho muy elocuente y es que a partir del año 2017 (si bien el proceso de endeudamiento de los hogares no empieza en ese momento) el Estado empieza a dar préstamos a las mujeres que cobran subsidios para mantener a sus hijos e hijas, la llamada Asignación universal por hijo, que es un subsidio que el Estado da a las madres que están en hogares donde no tienen ingresos que provienen del trabajo formal. Es decir, el Estado toma como política central endeudar a las madres lanzando una línea de préstamos directamente para ellas. Nosotras lo que detectamos ahí es un cambio en el destino del endeudamiento ya que vemos que hay una crisis económica muy profunda, fruto del endeudamiento externo, y que lo que empieza a hacer el Estado es amortizar los costos de esa crisis endeudando a las madres. Justamente aprovechando que esas mujeres de sectores populares van a hacer cualquier cosa para poder pagar después esa deuda.

Ese endeudamiento, endeudarse para vivir, para comprar alimentos o medicamentos, en muchos casos actúa como una fijación de esas mujeres a hogares violentos. 

A esto nos referimos cuando hablamos de cómo se ensamblan los mandatos de género con la obligación financiera. Ese endeudamiento, endeudarse para vivir, para comprar alimentos o medicamentos, en muchos casos actúa como una fijación de esas mujeres a hogares violentos. Estar endeudada hace que dependas de los ingresos del hombre para pagar esa deuda a la vez que aceptas o desarrollas trabajos más precarizados. Lo que también son modos de vulnerabilizarte frente a la violencia porque muchas veces los trabajos más precarizados vienen acompañados de maltrato, de abusos, etc. Ahí nosotras empezamos a ver cómo ese ensamblaje entre la violencia financiera y la violencia machista se hace muy elocuente. Porque lo que decimos, básicamente, es que el endeudamiento es una guerra contra las autonomías de las mujeres. Y, en muchos casos, funciona fijándolas a situaciones de violencia machista.

Porque lo que decimos, básicamente, es que el endeudamiento es una guerra contra las autonomías de las mujeres. Y, en muchos casos, funciona fijándolas a situaciones de violencia machista. 

Qué es lo que exige el FMI, pues más trabajo no remunerado de las mujeres, menos servicios públicos y más endeudamiento privado. Eso es un atentado contra la autonomía económica. Además, el Estado da préstamos a tasas altísimas, de más del 40%, a madres que cobran subsidios para poder alimentar a sus hijos e hijas. Subsidios que en un contexto de empobrecimiento e inflación se transformaron sólo en una excusa para pedir deuda. Porque cada vez era mayor la proporción de la deuda con respecto al ingreso para poder acceder a las necesidades básicas. Esta es una vinculación muy concreta entre violencias financieras y violencias machistas.

Maurizio Lazzarato destaca de vuestro libro que muestra cómo se produce la integración y la explotación (la extracción de valor) del trabajo reproductivo de las mujeres, del trabajo precario (y del trabajo que ni siquiera está reconocido como tal) no a través del salario o del Estado, sino a través de la deuda. ¿Podéis darnos unas pinceladas sobre esto? ¿Cómo se relaciona esta transformación de los espacios de trabajo y la precarización con el aumento del endeudamiento doméstico y cómo se producen esos procesos de explotación financiera dentro del trabajo reproductivo? En resumen, ¿cómo la deuda ha colonizado la esfera de la reproducción social?

Verónica: El término «colonización» es muy fuerte y gráfico para pensar justamente cómo hay un despliegue de las finanzas como dispositivo de colonización de territorios porque eso da cuenta, por un lado, de una conexión en términos históricos (de cómo operan las dinámicas de colonización y de extracción de valor). Y, por otro, cómo el capital necesita actualizar esas formas (imperiales, coloniales y extractivistas) hacia nuevos límites con el fin de ampliarlos. Lo que vemos hoy es que gracias a las políticas de despojo que lleva a cabo el liberalismo, sobre todo impactando en las formas de la reproducción social, se han liberado esos territorios de la reproducción social para que sean colonizados por las finanzas. Entonces, nos parece que es una imagen que no es sólo metafórica, porque conecta en términos históricos con dinámicas de colonización que se renuevan una y otra vez, sino que también es importante para sacar de la abstracción a las finanzas y pensarlas como un dispositivo de colonización.

Gracias a las políticas de despojo que lleva a cabo el liberalismo, sobre todo impactando en las formas de la reproducción social, se han liberado esos territorios de la reproducción social para que sean colonizados por las finanzas

La colonización financiera toma hoy como motín de guerra los espacios de la reproducción social y, por lo tanto, los cuerpos que ponen su trabajo en esos espacios. Es una manera de precisar una caracterización del neoliberalismo, de cómo éste se desarrolla vaciando de recursos públicos y de recursos comunes los espacios de la reproducción social, hasta el punto de que ni siquiera un ingreso te garantiza la reproducción social. Hoy, tener ingresos (ya sean salariales, subsidios o pensiones) no es garantía de una reproducción social básica. Cuando el neoliberalismo llega a producir esa situación, en la que ya no alcanza el ingreso para la reproducción social, la deuda se convierte en obligatoria y compulsiva, como decimos nosotras. Y cuando la deuda se convierte en obligatoria y compulsiva, los salarios o ingresos pasan a ser una especie de excusa y garantía para el endeudamiento (como pasa acá en Argentina con los subsidios) y ahí vemos el despliegue completo de ese proceso de colonización. Vemos el vaciamiento y el saqueo, la colonización financiera y, por lo tanto, un relanzamiento de los modos de explotación del trabajo reproductivo. Esto es sobre lo que hemos trabajo en el año de pandemia (aunque que no entra en el libro porque la edición ampliada llega hasta la huelga feminista de 2020) en el que se ha dado la intensificación de esta situación paradoxal y dramática: más trabajo doméstico y más endeudamiento.

En el año de pandemia se ha dado la intensificación de esta situación paradoxal y dramática: más trabajo doméstico y más endeudamiento.

Partiendo de entrevistas y trabajos de investigación que hemos realizado, uno de los puntos que ha surgido como línea de investigación es pensar cuáles van a ser las nuevas deudas de la pandemia. Acá en Argentina, surgió un fuerte el endeudamiento para pagar teléfonos celulares a través de los cuales acceder a la conexión de internet, para así poder hacer la tarea de escolaridad de los hijos e hijas. Acá no todo el mundo tiene WIFI o computadora. Y, en general, la manera de acceder a las tareas escolares (en pandemia) era a través del teléfono. Lo que implica pagar datos extra, para tener conectividad, a corporaciones que sabemos que están dolarizadas y que cobran tarifas muy altas por la conexión. Las mujeres, además de hacer el trabajo de escolarización en el hogar, terminaron aún más endeudadas para poder cumplimentar esas tareas. Además, las compañías de teléfono se convierten en las mediadoras del acceso a la educación pública. Incluso, un derecho público como el acceso a las escuelas públicas terminan siendo mediado por corporaciones que tienen tarifas en dólares. A raíz de esto, hicimos una campaña muy grande contra el endeudamiento por celulares. Era claramente una cuestión de clase en qué lugares no había conectividad o no se tenían computadoras para las labores escolares, etc. Y, como eso se visibilizó mucho desde diferentes espacios feministas, a los dos meses de la pandemia el gobierno se hizo eco de este reclamo y decretó que todas las telecomunicaciones como servicios públicos.

Lucía: Está bien remarcar esta experiencia también para pensar que el movimiento de la colonización no es un despliegue en sí mismo inexorable si se confronta y se iluminan esas formas en las que la mediación financiera se mete en la vida. En este caso, iluminamos eso y, por lo menos, produjimos una respuesta. Si la conexión digital y a internet se está convirtiendo en el modo de acceder a la educación pública, no podemos permitir que sea colonizado financieramente. Entonces ahí obtuvimos una respuesta del Estado al declarar las telecomunicaciones como servicios públicos para desdolarizar esas tarifas. Porque acá, digamos, la colonización financiera viene de la mano de la dolarización de bienes y servicios. Lo que se devalúa del poder adquisitivo de la moneda nacional, se completa con deuda.

Incluso teniendo acceso a internet o computadora, las herramientas o aplicaciones que utilizamos también intermedian para poder acceder a esos servicios públicos. Al final todo está mediado por multinacionales y aplicaciones que no son de acceso público.

Lucía: Exacto. Esa es otra investigación que tenemos abierta y que todavía no hemos desarrollado del todo. Estamos empezando a estudiar los medios de pago electrónico, de crédito, las billeteras virtuales, etc. Cómo estas tecnologías tomaron un rol muy central en la pandemia, a partir de la medida de evitar el contacto físico con el billete. Y que ahí también se está dando una disputa porque justamente antes de la pandemia el Banco Central de Argentina había detectado que mucha gente se estaba empezando a endeudar mediante billeteras virtuales a tasas altísimas. Entonces, hubo un intento de regular de eso. Hay que mostrar también cómo esta colonización financiera viene cada vez más mediada por la digitalización de los medios de pago.

Siguiendo con el hilo del trabajo reproductivo. Cuando habláis de expansión de los territorios de la explotación, ¿cómo se han transformado los espacios clásicos en los que se daban los conflictos laborales? ¿cómo podemos identificarlos y denunciarlos cuando el conflicto ya no se localiza en una fábrica o una oficina sino en el hogar, en el espacio de la reproducción social?

Verónica: Bueno, por ejemplo, la cuestión del costo de las tarifas de los servicios es funda-mental. Es la manera en la que se expresa en el ámbito doméstico, de la casa, la intrusión directa de las corporaciones. Y, el segundo, que hemos trabajado muy fuerte este año tam-bién, es el precio de los alquileres. Es una vía muy directa de extracción de rentas. Estas son dos formas muy claras y concretas de introducción del capital transnacional en lo más íntimo y lo más cercano: nuestras casas.

Otro concepto que utilizamos nosotras es el del extractivismo financiero. Es decir, pensar la forma operativa de extracción como la forma para conceptualizar la valorización financiera. Y esto se ve en estas cuestiones cotidianas de las rentas inmobiliarias y la dolarización de los servicios. Y lo que suponen el costo de la renta y de los servicios en relación con el porcentaje del salario o de los ingresos que se destinan a ello. Es decir, cada vez tenemos que trabajar más. Como dicen acá en Argentina los compañeros y compañeras del sindicato de inquilinos, un sueldo da para pagar la renta y el otro sueldo para vivir. Con esa progresión, en la cual se tiene que trabajar un mes (obtener un salario) para poder sólo pagar la renta, ya te das cuenta de cómo hay una función de extracción incluso sobre el salario por parte directa del capital inmobiliario y de las corporaciones de luz, agua, teléfono, etc. Además, le podríamos sumar lo que significa la dolarización de la actividad, una transnacionalización vinculada al modelo agroindustrial del agronegocio de los alimentos. Son las cosas básicas de la repro-ducción social: alimentos, vivienda y servicios. Me parece que son imágenes que conectan el espacio de la cotidianidad, lo que necesitamos simplemente para vivir, y que está redetermi-nado por el capital transnacional en su forma financiera, inmobiliaria y del agronegocio, que son las tres cosas que podemos identificar en términos de extracción de renta.

Verónica describía en una formación organizada por Viento Sur y Sylone editorial sobre “Feminismos, trabajos y reproducción social”, que la crisis no llega a explotar hacia afuera pero sí a implosionar en los hogares y en los barrios, “una crisis que parece resolverse siempre mediante el endeudamiento privado individual”. Una imagen que ilustra muy bien la relación entre la deuda pública y la privada. En esta situación los hogares se encuentran atrapados en un círculo vicioso difícil de romper. ¿Cómo una mujer que recurre al endeudamiento para poder adquirir algo tan básico como alimentos, medicinas o pagar el alquiler de su vivienda puede hacer desobediencia financiera? ¿Cómo podemos hacer huelga a las finanzas y desacato a la deuda? ¿Cómo podemos combatir, lo que vosotras llamáis en el libro, “el terror financiero”?

Lucía: Me parece que el concepto que usa Verónica de implosión es muy importante. Retomando a Federici, tenemos que pensar la deuda como un instrumento de clase, cuyo rol es seguir politizando el endeudamiento. Haciendo una comparación de lo que fue el estallido de la crisis del 2001 y lo que fue el gobierno de Macri (que inclusive llegó a indicadores sociales peores que en los que había el 2001 y 2002) nos preguntábamos, ¿por qué no estalla?. Empezamos a estudiar ese fenómeno y entonces lo que vimos es que, por ejemplo, si en la crisis del 2001 hubo una explosión de los indicadores de desocupación, en 2017 y 2018 había más trabajo. Más mujeres trabajando, pero con peores trabajos, de más horas y peor remuneración. Entonces esto también es otra disponibilidad hacia la lucha. No es que no hay trabajo, es que hay peor trabajo y más deudas.

Entonces lo que se está dando acá es un proceso de privatización de los efectos económicos del ajuste en cada casa. Y ahí las herramientas de la economía feminista son fundamentales porque son las que empiezan a echar luz a esos modos de explotación y subordinación, desde las propias casas. Además, ahí se está dando el modo concreto en el cual se están aplacando los efectos del ajuste y se está neutralizando, al mismo tiempo, cualquier modo o disponibilidad de tiempo para la protesta social. Por esto nosotras empezamos a hablar de «sacar del closet a la deuda» en el sentido de hacerlo un problema público, colectivizarlo, salir de la privatización del endeudamiento en cada casa y poder narrarlo como un efecto de la crisis.

La consigna «vivas, libres y desendeudadas» saca al espacio público ese problema, lo pone en un lenguaje feminista y hace este movimiento de desprivatización de los costos de la crisis.

Creo que la respuesta a tu pregunta siempre es: más organización política, más organización política y más imaginación política. De ahí sale la consigna «vivas, libres y desendeudadas». Una consigna que saca al espacio público ese problema, lo pone en un lenguaje feminista y hace este movimiento de desprivatización de los costos de la crisis. La primera vez que pusimos esta consigna en las calles fue en la puerta del propio Banco Central, que no estaba identificado como un lugar de protesta. El movimiento de desprivatización es completamente inextinguible a los modos de protesta y politización del feminismo. Va en ese sentido, en cómo el feminismo empieza por una insubordinación desde los mismos gestos cotidianos a, por ejemplo, la forma en la que se distribuye el tiempo. Porque también podemos pensar que el endeudamiento es justamente una manera de gobernar el tiempo, el tiempo que tenemos para protestar, el tiempo que tenemos para juntarnos con otres, etc. Va en este sentido el movimiento de desprivatización, de ocupar las calles, de convertir el endeudamiento en un problema público, de poder narrar los modos en los que el endeudamiento gobierna el tiempo que tenemos para la militancia o para encontrar a otres y de cómo precariza los vínculos.

Justo terminamos de editar un libro nuevo, que hicimos junto a Silvia Federici y que se llama ¿Quién le debe a quién?

Verónica: Te vamos a hacer un adelanto, una primicia, en relación con esta pregunta. Justo terminamos de editar un libro nuevo, que hicimos junto a Silvia Federici y que se llama ¿Quién le debe a quién? En el libro recopilamos distintas experiencias (de hecho, hay un ar-tículo sobre los microcréditos escrito por Aziki Omar de ATTAC CADTM Marruecos) de distintos lugares sobre la desobediencia financiera: unas compañeras en Ecuador que han armado una caja de ahorros en una organización feminista, unos compañeros en Chile que hablan sobre la cuestión de la deuda educativa, todo lo que hemos trabajado este año con Inquilinos Agrupados diciendo que la casa no puede ser un lugar de deuda (de violencia económica) y de violencia machista, etc.

Para nosotras este libro va a funcionar un poco en bloque junto con Una lectura feminista de la deuda, porque en este libro ya hablábamos de la necesidad de hacer un archivo del «no pago», de las experiencias históricas de desobediencia financiera. Nos interesaba mucho seguir conversando con compañeres de distintos espacios y lugares del mundo sobre cómo podemos avanzar en esas prácticas y cómo esas prácticas van conceptualizando la desobe-diencia financiera. Estamos muy contentas porque vaya a salir también este libro, porque nos parece que sigue nutriendo un poco esta pedagogía contra las finanzas.

Lucía: En cuanto a la pregunta que hacías sobre cómo desprivatizar, una apuesta que tam-bién tenemos con el libro es la de multiplicar las imágenes de la desobediencia financiera. La idea del «no pago» desde lo macroestructural, por más que sea el horizonte, inclusive desta-cando el concepto de deuda odiosa, son maneras que no resultaron eficaces.

«Ni una menos», acción «Desendeudadas Nos Queremos»

Nosotras decimos, si la deuda implica esto que decíamos antes: privatizar en cada casa, go-bernar el tiempo disponible para la protesta o para encontrarnos con otras personas, de qué manera poder multiplicar el imaginario de la desobediencia financiera para, justamente, no quedarnos en una idea de impotencia. Porque hace 20 años que decimos que las deudas son ilegítimas, pero se siguen pagando… Entonces ¿cuáles son las luchas que implican desobe-diencias financieras? Por ejemplo, cuando nosotras nos opusimos a la restricción de las mo-ratorias para jubilar a las mujeres que habían tenido trabajos no remunerados durante toda su vida y conseguimos que efectivamente eso no sucediera, fue una forma de desobediencia financiera, desde el no pago, en el sentido de no comprometer trabajo a futuro.

Relacionado con lo que hemos abordado antes, también quería preguntaros sobre los paros feministas del 8 de marzo: ¿A quiénes convoca e interpela esta huelga feminista cuando una gran parte del trabajo que realizan las mujeres ni si quiera está reconocido como tal? ¿Cómo se ha bordado esto en Argentina? ¿Cómo esta gran diversidad de realidades puede ser incluida y sentirse interpelada por una huelga feminista?

Verónica: Desde el principio la huelga feminista en Argentina fue una herramienta para visibilizar un proceso, que ya se venía dando, de politización en el ámbito del conocido como trabajo informal, pero que tiene el término más político de «economía popular» o «trabajadoras de la economía popular”, porque reconoce un sujeto político y da cuenta de un proceso organizativo, incluso gremial. Por eso hacemos esta diferencia, que es importante, entre trabajo informal y trabajadores y trabajadoras de la economía popular. Desde el principio estas organizaciones fueron una parte fundamental en las asambleas de preparación de la huelga y también en la forma en que esa agenda permeó y organizó la agenda sindical. Cómo esas demandas, agendas y lenguajes fueron componiendo y ampliando la noción de trabajo de una manera muy práctica, desde quienes se reconocían como trabajadoras en las asambleas. De ahí surgió la consigna, que para nosotras es muy importante, de»trabajadoras somos todas«. Esta consigna sella esta alianza y esta coalición entre las distintas centrales trabajadoras, también con las trabajadoras de la economía popular, y permite un plano de convergencia y transversalidad que para nosotras es una marca muy clave del feminismo que nos interesa acá. La posibilidad de ir tramando estos distintos espacios, estas distintas trayectorias, estas distintas proveniencias, sin que eso aplane o diluya las diferencias.

Imagen del colectivo «Ni una menos», 8 de marzo de 2021
Imagen del colectivo «Ni una menos», 8 de marzo de 2021

Por supuesto, no es lo mismo una trabajadora sindicalizada y asalariada que una trabajadora vendedora ambulante de la calle, pero ese espacio de reconocimiento político al decir «trabajadoras somos todas», permite pasar un escalón en la demanda de derechos, de ingresos y de estrategia organizativa. Eso, desde el principio, acá fue muy importante y lo sigue siendo, ya que de nuevo vuelven a firmar todas las organizaciones sindicales junto con todas las organizaciones de base de economía popular y con organizaciones precarizadas de los distintos grupos de trabajo. Para nosotras lo que se produce gracias a la huelga es precisamente una lectura del trabajo en clave feminista. Es decir, iluminar y valorizar formas de trabajo y espacios laborales que, en general, no suelen ser reconocidos como tal y no son tenidos en cuenta a la hora de nombrarlos políticamente tampoco. Ese ha sido un trabajo político enorme, organizativo, de reuniones, de coordinaciones, de discusiones, etc. Muchas horas de trabajo para escribir consignas y documentos juntes. En estos cinco años le hemos dedicado mucho tiempo y trabajo político y, sin todo ese esfuerzo colectivo, creo que esas cosas quedarían sólo en un nivel analítico y podríamos decir «hoy el trabajo es una multiplicidad de formas de trabajo». Pero qué significa eso en términos organizativos. Creo que ese es el salto que ha permitido la huelga feminista, que esos análisis no sean sólo en términos teóricos, analíticos y de diagnóstico del capitalismo contemporáneo, sino que se traduzca en una potencia organizativa.
Para nosotras lo que se produce gracias a la huelga es precisamente una lectura del trabajo en clave feminista.

Entrevista a Verónica Gago y Luci Cavallero: “El endeudamiento es una guerra contra las autonomías de las mujeres”Lucía: completando lo último que dijo Verónica, me parece importante destacar que nosotras acá, antes de hablar de la agenda de los cuidados hablamos mucho de sindicalismo feminista, porque hacemos énfasis en justamente las formas en que empezamos a transformar los modos de organización. Nombrar el sindicalismo feminista también sirve para pensar que no hay una agenda de cuidados que pueda ser reconocida por el Estado, digamos, sin transformar los modos organizativos, tanto sindicales como de otro tipo. Tiene que haber una forma de organizar el conflicto y la confrontación para el reconocimiento de esos trabajos. Y también, cuando decimos sindicalismo feminista, estamos dando cuenta de los modos en que se organiza el conflicto contra la extracción de rentas.

Es decir, no solamente nos limitamos a esa agenda de trabajo no remunerado o de los cuidados, sino que también hablamos del sindicalismo que realizan las mujeres campesinas por los modos de producción agroecológicos y también el modo en que se organizan las inquilinas confrontando contra la extracción de renta del capital inmobiliario. Nos parece que el concepto de sindicalismo feminista es tal vez el que le hace más justicia a las maneras en que se transformaron los modos de organización y a la transversalidad y la conexión entre luchas que produjo la organización feminista a través de los paros internacionales.

La huelga feminista también ha hecho un gran trabajo para identificar y cartografiar los diferentes mecanismos de violencia y sus articulaciones. Ya no sólo identificamos como violencia los feminicidios o la violencia física contra las mujeres, sino también otras violencias del patriarcado y del sistema capitalista: la violencia laboral, la violencia económica, la violencia neoliberal, etc. ¿Podríamos decir que la huelga feminista, como herramienta de análisis, ha acelerado los procesos de politización de los espacios domésticos al mismo tiempo que la financiarización y la “expansión de los territorios de explotación” se han transformado enormemente? ¿A qué velocidades se han dado ambos procesos?

Verónica: creo que es importante pensar las finanzas yendo detrás, en términos temporales, de las luchas. Es decir, cuando hablamos de esa colonización financiera, de la financiarización de la vida cotidiana, también hay una dinámica de las finanzas que intentan ir detrás para capturar y codificar ciertos espacios que se politizan. Vemos que en la medida en que el feminismo y la huelga feminista han ido politizando esos espacios domésticos y han ido señalizando el endeudamiento como un problema, las finanzas responden intensificando las formas de empobrecimiento, pero también dirigiendo cada vez más los créditos hacia las mujeres. Eso lo hemos confrontado muy directamente con la agenda del G20. Cuando se hizo en Argentina en 2018, en un momento de extremo auge del movimiento feminista, la agenda del Women20 viene a la Argentina a plantear derechos financieros para campesinas, mujeres emprendedoras y trabajadoras informales. Está claro que cuando empieza a haber una serie de avances, de protestas y de visibilización de ciertas dinámicas, esta es una de las formas que tienen las finanzas de intentar capturar y convertir en clave neoliberal esas demandas y esos reclamos. Lo que nosotras trabajamos en particular en el libro es cómo se intenta producir esta figura de la emprendedora. En vez de hablar de trabajadoras precarizadas, en vez de reconocer estas figuras del trabajo en la clave que lo hacemos desde el movimiento feminista, las convierten en esta figura cerrada y neoliberal de la emprendedora, de la empresaria, que necesita crédito para poder progresar.

El lugar que nosotras estábamos nombrando, desde el que tiene que empezar la insubordinación, es el lugar en donde nos intentaron confinar.
Lucía: Por poner un ejemplo, situándolo en la pandemia, nosotras decíamos que para pensar los modos en que se intensificó la explotación y la extracción de rentas en la pandemia el lenguaje que teníamos disponible era el del feminismo. Fue muy marcado cómo, durante la pandemia, el único lenguaje que podía nombrar lo que estaba pasando, por la politización del ámbito doméstico, fue el feminismo. Frente al «quédate en casa» contestó con «no me quedo en mi casa, porque no es un lugar seguro» porque hay violencia machista, porque cada vez hay más deudas, porque cada vez aumenta más el alquiler y cada vez trabajo más… Entonces, me parece que sí, que como decía Verónica, nosotras vamos nombrando y politizando espacios y eso, a la vez, se contesta. En este caso, decíamos que en la pandemia lo que se produjo es una reestructuración de las relaciones de clase que toma el ámbito doméstico como el centro. El lugar que nosotras estábamos nombrando, desde el que tiene que empezar la insubordinación, es el lugar en donde nos intentaron confinar.

Y, para terminar, no puedo dejar de preguntaros esto, puesto que hacéis un gran ejercicio de reinvención del lenguaje y de elaboración semántica para hablar de la deuda desde el feminismo. Lo que también sirve para desacralizar la deuda. Tras la huelga/paro feminista de este año, si tuvierais que elegir una consigna, ¿cuál sería y por qué?

Lucía: La consigna que pensamos para abrir el escenario de después de la huelga: tras la legalización del aborto tiene que venir la «interrupción voluntaria de la deuda». Pensándolo, además, en clave de soberanía económica y de los cuerpos.

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